sábado, 6 de mayo de 2017

Pasos en el techo (Cuento)

TODAS LAS noches se sienten pasos extraños en el piso de arriba. Al principio no le di mayor importancia. Había llegado recién, el departamento me pareció confortable y, salvo una pequeña filtración de agua a la altura del baño, el resto no ofrecía ningún inconveniente. Cuando el encargado me hizo entrega oficial del inmueble me dijo en tono de broma que arriba penaban. -No sabemos por qué los arrendatarios lo entregan de inmediato-. Me aseguró que nadie lo había ocupado por más de dos semanas. Tampoco le tomé demasiado asunto. Me preocupaba trasladarme lo antes posible. Durante meses esperé la oportunidad y ahora estaba aquí, instalado al fin, y unos cuantos pasos en el techo no invalidaban mi buen ánimo. La verdad es que nunca fui muy supersticioso. A menudo había escuchado historias de ánimas y aparecidos por boca de mi padre, pero siendo niño la imaginación se desborda y después me resultó medio nebuloso recobrar el sentido de los relatos. Así y todo, las primeras dos semanas fueron normales. Me acostumbré a mirar por la ventana a la hora del crepúsculo. Cada día la misma furtiva pareja se amaba en el mismo rincón del edificio de enfrente. Un viejo gato gris procuraba trepar por las enredaderas y el anciano del tercer piso dormitaba quieto en el balcón. Entrando a la cuarta semana un hecho se me antojó inusual. Alrededor de las diez de la noche sentí pasos vacilantes en el techo de mi cuarto. 

Inicialmente lo atribuí a mi fantasía. Me entretuve con algún nerviosismo en un texto de poesía. Pero, al poco rato los pasos se renovaron. Los trancos largos y vacilantes se hacían cortos y rápidos. En el silencio de la noche el ruido de las pisadas tenía algo de sonido atemorizante. Como un eco persistente los pasos golpeaban mi cerebro y ya no pude concentrarme en la lectura. Para aquietar mi manifiesta intranquilidad pensé al instante que debieron arrendar el piso superior. Eso era. Lo habían arrendado como el resto del edificio. Lo demás caía por su propio peso. Sumido en mi proceso de autoconvencimiento, me dormí. En los días siguientes los pasos se reiteraron y en igual sentido reafirmaba mi convicción hasta conciliar el sueño entrada la noche. Con lo que no contaba fue con el casual encuentro que tuve hace unos días con el encargado de los arriendos. Cuando le pregunté por los nuevos ocupantes del departamento me miró intrigado. -No hemos podido arrendarlo- me manifestó como midiendo mi reacción. Para no parecerle sospechoso le dije que me pareció escuchar pasos la noche del sábado. Sonrió. -Le dije que penaban, ¿no lo recuerda?- y se alejó prolongando aún más la sonrisa. Ese mismo día regresé más tarde que lo acostumbrado. Sin embargo, alcancé a ver lo de cada día: la pareja, el gato gris y el anciano dormitando en el balcón. A eso de las once y treinta intenté dormir. Sabía que apenas decidiera hacerlo el ruido del techo se haría sostenido. Al comienzo nada ocurría para mi asombro. Pero cuando creí habituarme a la normalidad, sucedió. Primero fue un ruido sigiloso, como algo tenue saltando a intermitencias. Luego me pareció que alguien gateaba rasguñando el cielo raso intentando transmitir un mensaje. No se trataba de una caminata como las veces anteriores. No eran trancos largos ni pasos cortos y directos. Una mezcla rara de un cuerpo pesado que se arrastra, se levanta, camina y vuelve a arrastrarse. Me erguí en la cama con cierta lentitud y constaté que ya era de madrugada al mirar por la ventana. Mis acompañantes habituales no se divisaban. Sentí esa especie de vahído violento que precede a la soledad. El mundo se había detenido en la ventana. El farol del antejardín comunitario daba una luz tenue y cansada. Descorrí levemente las cortinas para ampliar el ángulo de la visión. Apenas emergieron los árboles de la avenida mecidos por la brisa nocturna. Arriba el sonido inmaterial del peso arrastrándose se prolongaba con una cadencia sobrenatural. No sé bien cómo describirlo. Lo cierto es que ese ruido persistente procuraba deslizarse hasta mi pieza. Me pareció una locura, un contrasentido imaginar siquiera que un sonido trivial tuviera visos de existencia, de algo que palpita, que deambula con particular autonomía. Lo real es que ese deslizamiento invisible bajó por la filtración de la puerta del baño y se internó en mi cuarto. Lo último que recuerdo fue una especie de sopor asfixiante penetrándolo todo. Después las cosas se han vuelto rutinarias. Todas las noches camino por el piso que ahora habito. Abajo retiraron mis cosas, los muebles y mi ropa. Hoy llegó un nuevo arrendatario que sonrió displicente cuando el administrador le hizo el viejo comentario. Vi cómo miraba la pareja furtiva, el gato gris y el anciano dormitando en el balcón. Luego se durmió creyendo oír pasos en el techo de su habitación.


El autor


NACIDO en Punta Arenas (Chile) en 1951, Juan Mihovilovich es abogado, y ejerce como juez rural en Curepto, una ciudad del Maule. Entre sus libros se cuentan La última Condena, Extraños Elementos, El Clasificador, El ventanal de la desolación, Sus desnudos pies sobre la nieve, Restos mortales, El contagio de la locura y Desencierro. Entre otros recibió el Premio Pedro de Oña, el Gabriela Mistral, el Premio Julio Cortázar, el Antonio Pigafetta y el Premio Derechos Humanos del Arzobispado de Santiago.
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