jueves, 27 de julio de 2017

Crear petroleo en un laboratorio, y otras curiosidades

¿Cómo se mide la velocidad de la luz?
Después de que por mucho tiempo se pensó que la luz viajaba infinitamente rápido, astrónomos del siglo XVII comprobaron que aunque su velocidad era muy alta, también era finita.

Notaron que las lunas de Júpiter parecían moverse más lentamente cuando la Tierra estaba más lejos del planeta y dedujeron que debía ser debido a la diferencia en el tiempo que tenía que viajar la luz desde las lunas.

La velocidad de la luz fue estimada entonces como más de 200.000 kilómetros por segundo, tan alta que dificultaba medidas precisas.
No fue sino hasta el XIX que los físicos dieron con las técnicas de laboratorio apropiadas para medir la velocidad de la luz.

Durante muchos años tuvieron que valerse del hecho de que la velocidad de la luz puede ser calculada a través de las mediciones de otras propiedades.

Por ejemplo, si se sabe cuál es la frecuencia de la luz, entonces se puede estimar su velocidad con las medidas de su longitud de onda, lo que se puede hacer con mucha precisión usando una técnica relativamente simple conocida como interferometría.

No obstante, ya para los años '60 los científicos podían usar unos relojes atómicos increíblemente precisos para medir el tiempo del viaje de los rayos láser.


Los científicos han logrado medir la velocidad de la luz con tal precisión que ya no se mide sino que se define exactamente como 229.792.458 km por segundo.

¿Podríamos crear petróleo en un laboratorio?

Sí, y ya se está haciendo en muchos laboratorios del mundo.

El truco está en encontrar la manera de convertir materia biológica rica en energía en petróleo líquido.

Se han encontrado varias maneras, por ejemplo, la compañía basada en California LS9 está investigando el uso de la bacteria que se come la caña de azúcar.

El problema es aumentar la escala del proceso para que llegue a ser una alternativa económicamente viable al billón de galones de petróleo convencional que se usan globalmente al año. 

El sentido del gusto, ¿es genético?


Sí. En 1931 un químico, Arthur Fox, accidentalmente descubrió que la gente reacciona de distintas maneras al químico feniltiocarbamida (PTC).

A algunos les sabe amargo mientras que a otros no les sabe a nada, y la diferencia es hereditaria: todo depende del genoma del que lo pruebe. 
Más precisamente, de un sólo gen. 

Una versión produce la proteína normal para los receptores de amargura en la lengua mientras que la otra hace una proteína distinta que evita que el receptor reaccione.

Algunas personas reaccionan aún con más fuerza a muchos sabores y eso también tiene una base genética.

Las diferencias en el sentido del gusto afecta las dietas de la gente y podría incluso explicar por qué hay quienes odian la col, a algunos les gustan mucho los dulces, a otros las bebidas alcohólicas y muchos no se aguantan el sabor de los endulzantes artificiales. 

¿Por qué cuando los niños están enfermos se mejoran más pronto que los adultos?

Es una ilusión causada por sesgo muestral.

Debido a que los niños tienen sus sistemas inmunológicos menos desarrollados que los adultos y una masa corpórea más baja, son más vulnerables a enfermedades infecciosas.

Eso significa que los síntomas son más evidentes, incluso cuando se trata de infecciones menores.

Se recuperan de ellas en un día o dos y por ello parecen mejorarse más rápido.

Pero lo que realmente sucede es que en la mayoría de los casos esa misma infección nunca afectaría siquiera a los padres.
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