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308 JUEGOS

viernes, 6 de mayo de 2011

Doodles de Google dibujados por niños

Los famosos Doodles Google, que el buscador coloca en su página principal cuando se produce el aniversario de algún evento importante, se han popularizado hasta tal punto que la compañía ha realizado un concurso escolar para encontrar los mejores diseños. Niños de entre 7 y 17 años han enviado más de 100.000 dibujos, de los que 40 han sido seleccionados como finalistas.
El concurso Doodle 4 Google está dirigido a los estudiantes de entre 7 y 17 años de Estados Unidos. Los participantes tenían que realizar una de estas creaciones a las que el buscador nos tiene acostumbrados cada vez que conmemora alguna fecha histórica o simbólica.
Los mejores Doodles Google se han hecho famosos – aparte de por ser la imagen de una página que muchos millones de personas ven a diario – por su carácter oportuno y muchas veces imaginativo. Con el objetivo de animar la creatividad entre los estudiantes escolares, además de obtener cierta autopromoción, Google ha convocado este concurso del que ya se conocen los 40 finalistas.
Los mejores Doodles del concurso están separados por categorías dependiendo de la edad de sus creadores. El primer segmento tiene entre 7 y 9 años, el segundo de 10 a 12 años, mientras que el tercero de 13 a 15 años, quedando en el último grupo los de 16 y 17 años.

El mejor, el 20 de mayo

Al concurso se presentaron más de 107.000 Doodles. El 19 de mayo se conocerá al ganador, que recibirá 15.000 dólares para gastos de educación y 25.000 dólares para una nueva sala de informática en su colegio. Además, el mejor diseño, que se imponga al resto, aparecerá en Google.com el próximo 20 de mayo.
Los mejores Doodles de Google hechos por niños, 40 finalistas, se pueden ver en esta página.


La tarde en la que terminó el mundo (Cuento)



La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás. 

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban. 

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día. 

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos. 

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz.




FUENTE

Los gatos de la guerra

El grupo comando que dió muerte a Osama Bin Laden, según los informes, llevaba consigo un perro.
Los animales han sido usados durante mucho tiempo en operaciones miltares o de guerra. Lo que se ignoraba era un proyecto secreto del pentágono, para la utilización de gatos en diversas operaciones.
A continuación presentamos pruebas de estos entrenamientos.




La utilización de los gatos como soldados comenzó en la segunda guerra mundial y se sabe que participaron en el desembarco de Normandía.

Fotografías en movimiento (GIF's diferentes)

La fotógrafo de moda Jamie Beck en colaboración con Kevin Burg (diseñador web con experiencia en video y animación) han creado estos gifs, que muestran escenas cotidianas, las que al tener un sutil toque de movimiento, adquieren un impactante efecto.

PaperPhone: Teléfono Celular, de papel.

En una industria donde lo irrompible y lo más pequeño es lo mejor, el primer teléfono interactivo de papel,  parece que va a dominar en los próximos años.

El PaperPhone tiene una pantalla electrónica flexible. Extremadamente ligero y hecho de una película delgada, el prototipo puede hacer todo lo que hace un teléfono inteligente.

Puede almacenar libros, música, enviar mensajes de texto,  y, por supuesto, hacer llamadas telefónicas. Más impresionante aún, el PaperPhone no consume energía cuando nadie está interactuando con él.

Su inventor es Roel Vertegaal,  director de la Universidad  en Kingston, Ontario.














FUENTE

Gira la cabeza 180!

Este joven, que nada tiene que ver con la protagonista de El Exorcista, tiene la capacidad de girar su cabeza en 180 grados y quedarse mirando literalmente para atrás, con el resto del cuerpo apuntando hacia adelante.
Según se explica el joven tiene un problema en las vertebras que le permiten tal proeza.
Impresionante, sin dudas.

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