Se trata de una disciplina científica tan nueva como el siglo XXI.
Impulsan este campo de investigación biólogos, bioquímicos, neurobiólogos, físicos y arquitectos, quienes se inspiran en los sistemas vivos o naturales para resolver problemas humanos. Ellos parten de la idea de que el universo le lleva miles de millones de años de ventaja —y de permanencia exitosa— al cerebro humano. Y que, en muchos casos, es mejor imitar que intentar superar el original.
Así, tenemos 3 curiosos, e interesantes ejemplos:
Dos estudiantes del Instituto Politécnico de la Universidad de Nueva York crearon una réplica de un pez Notemigonus crysoleucas, más conocido como carpita dorada. En la última edición del Journal of the Royal Society, Stefano Marras y Maurizio Porfiri explican que, cuando colocaron la sardina biomimética en un túnel de agua que simula la correntada de un río, el cardumen se alineó mansamente alrededor del robot. La mayoría de los peces acompañó el ritmo y la velocidad del falso pez, un comportamiento coherente con lo que sucede en el mundo real, ya que los peces forman bancos para reducir la resistencia del agua y avanzar más rápido. Curiosamente, sus compañeros "de escamas y cartílago" no advirtieron el engaño, pese a que el robopez es dos veces más grande que otro real. Tal vez, lo creyeron "un par" porque tiene su misma forma e imita bien el movimiento de la cola. "Los peces se mostraron más atraídos hacia el robot cuando movía la cola", escriben Marras y Porfiri en el artículo. El experimento, continúan los investigadores, es una oportunidad para comprender, e incluso controlar, el comportamiento social de los peces, y aprender más sobre cómo buscan sustento, pareja y contraen ciertas enfermedades. Un robopez manejado desde un telecomando podría desviar a los peces durante derrames de petróleo, enseñarles nuevos rumbos o… conducirlos fácilmente a una red de pesca (¿cuántos lectores se negarán a deleitarse con un buen salmón a la plancha con brocheta de langostinos?).
Un pez robótico convertido en el flautista de Hamelin, capaz de liderar un cardumen que pondrá a los pececitos a salvo de la extinción o los llevará directo a las redes que tiende en los océanos la industria del pescado.
Dos estudiantes del Instituto Politécnico de la Universidad de Nueva York crearon una réplica de un pez Notemigonus crysoleucas, más conocido como carpita dorada. En la última edición del Journal of the Royal Society, Stefano Marras y Maurizio Porfiri explican que, cuando colocaron la sardina biomimética en un túnel de agua que simula la correntada de un río, el cardumen se alineó mansamente alrededor del robot. La mayoría de los peces acompañó el ritmo y la velocidad del falso pez, un comportamiento coherente con lo que sucede en el mundo real, ya que los peces forman bancos para reducir la resistencia del agua y avanzar más rápido. Curiosamente, sus compañeros "de escamas y cartílago" no advirtieron el engaño, pese a que el robopez es dos veces más grande que otro real. Tal vez, lo creyeron "un par" porque tiene su misma forma e imita bien el movimiento de la cola. "Los peces se mostraron más atraídos hacia el robot cuando movía la cola", escriben Marras y Porfiri en el artículo. El experimento, continúan los investigadores, es una oportunidad para comprender, e incluso controlar, el comportamiento social de los peces, y aprender más sobre cómo buscan sustento, pareja y contraen ciertas enfermedades. Un robopez manejado desde un telecomando podría desviar a los peces durante derrames de petróleo, enseñarles nuevos rumbos o… conducirlos fácilmente a una red de pesca (¿cuántos lectores se negarán a deleitarse con un buen salmón a la plancha con brocheta de langostinos?).


















































