Caminar es un ejemplo natural de la intrincada conexión entre el movimiento y el equilibrio. Y cualquier persona que utilice el metro o las escaleras mecánicas de los centros comerciales habrá notado un misterioso efecto que acontece cuando están paradas.
Subir o bajar un tramo de escalera mecánica debe ser tan simple como poner un pie delante del otro. Pero cuando esa escalera mecánica está detenida, parece que nos concentramos mucho más en los pasos que damos. Las personas a menudo explican que se sienten como si hubieran sido “chupadas” por la escalera mecánica, adaptandola velocidad de los pasos y la postura del cuerpo hacia delante como si realmente estuviera funcionando.
Es el “fenómeno de la escalera mecánica rota”, la sensación de perder el equilibrio, incluso de sentir mareos, que sufren algunas personas de modo intenso al entrar en una escalera mecánica parada. Se dice que los que lo experimentan tienenuna extraña sensación de desequilibrio que les hace agarrar el pasamanos con fuerza, a pesar de tener la plena conciencia de que la escalera no se va a mover.
Y se ha demostrado que este efecto provoca que las personas anden más rápido sobre una escalera que ya no está en movimiento que sobre una que sí lo está, incluso cuando es evidente para la persona que la escalera no se mueve.
Todo tiene que ver con un proceso de disociación entre el conocimiento consciente y el control por parte del cerebro de nuestras acciones, como descubrieron unos neurocientíficos británicos del Colegio de Medicina del Imperial College de Londres en 2004.
A menos que hayamos vivido nuestra existencia en el desierto, la mayoría de nosotros se ha encontrado alguna vez con escaleras mecánicas en movimiento. Y cuando lo hemos hecho, nuestro cerebro ha aprendido a adaptarse a la pérdida del equilibrio causado por ese movimiento.
Pero, según los investigadores Adolfo Bronstein y Richard Reynolds, a pesar de que el sujeto podría ser plenamente consciente de que la escalera no se mueve, una parte de su cerebro envía señales a las piernas y al movimiento del tronco basándose en la experiencia anterior cuando sí que funcionaba, creando esta especie de “cortocircuito” entre lo que vemos y lo que hace nuestro aparato motor.
A menos que hayamos vivido nuestra existencia en el desierto, la mayoría de nosotros se ha encontrado alguna vez con escaleras mecánicas en movimiento. Y cuando lo hemos hecho, nuestro cerebro ha aprendido a adaptarse a la pérdida del equilibrio causado por ese movimiento.
Pero, según los investigadores Adolfo Bronstein y Richard Reynolds, a pesar de que el sujeto podría ser plenamente consciente de que la escalera no se mueve, una parte de su cerebro envía señales a las piernas y al movimiento del tronco basándose en la experiencia anterior cuando sí que funcionaba, creando esta especie de “cortocircuito” entre lo que vemos y lo que hace nuestro aparato motor.

















































