Rastreando a sus presas en la profundidad del bosque, los delfines de río sacan el máximo partido de la prodigiosa inundación anual de la Amazonia.
Parecen de color naranja por el limo y la vegetación en descomposición que tiñen las aguas de la cuenca del río Amazonas, pero fuera del agua son gris pálido, y algunos presentan una coloración rosada. Estos delfines, a los que en Brasil llaman botos, emiten ultrasonidos a modo de sónar para producir una ecografía tridimensional de su mundo tenebroso.
Una madre y su cría permanecen juntas entre la vegetación sumergida. La lactancia dura más de un año. Las hembras paren una sola cría cada dos o tres años.
De marzo a julio, los diluvios de la estación lluviosa expanden el territorio de los delfines a las llanuras inundadas y al bosque lluvioso del archipiélago de las Anavilhanas, una vasta cadena de islas en el río Negro.
Muchos pescadores, como éste del río Ariaú, en Brasil, pescan con esparaveles lastrados. Estos métodos tradicionales a pequeña escala son mucho menos perjudiciales para los delfines que el uso cada vez más frecuente de redes de arrastre, donde los animales pueden enredarse y morir ahogados.