Mayo de 1933, New York. La policía ordena abrir una fosa común para los sin techo del cementerio de Ferncliff, en el condado de Westchester. Sepultado tras casi cuatro metros de arena, encuentran el cuerpo que han venido a buscar. Mike Malloy, un pobre diablo al que su adicción al alcohol y una neumonía lobular acabaron arrastrándolo a la tumba; al menos eso es lo que dice el certificado de defunción.
Pero el fiscal del distrito del Bronx, Samuel Foley, no acostumbra a investigar muertes de vulgares borrachos. Sospecha que la muerte de Malloy oculta sin embargo una historia mucho más turbia… la de la peor banda de criminales de New York y el hombre con el hígado más resistente del planeta.

Corrían los últimos días de la Ley Seca, cuando el consumo de alcohol estaba prohibido; la mafia y los bares clandestinos proliferaban en rincones oscuros y respetables tiendas por toda la ciudad. Antonio Marino era precisamente propietario de uno de esos bares, situado en el barrio del Bronx.
También eran los últimos coletazos de la Gran Depresión. La tasa de paro rondando el 50% y la falta de oportunidades ocasionaron que muchos desesperados recurrieran a cualquier método al alcance para llenar sus bolsillos. Fue el caso de Marino, que junto a su camarero, Joe Murphy, un empleado de una funeraria llamado Frank Pasquay su amigo Dan Kriesberg, diseñaron un plan consistente en hacer firmar suculentos seguros de vida a alcohólicos indigentes para luego asesinarlos en los etílicos vapores de Baco.
Pero la abyecta banda no contaba con Mike Malloy. En principio parecía la víctima perfecta: irlandés, cincuenta años, ex-bombero y ex-ingeniero, vagabundo y alcohólico de actual profesión; mataba las horas calentando sillas en tugurios clandestinos como los de Antonio Marino.
Empezaron invitándole a tragos, le engañaron para hacerle firmar tres seguros de vida por un valor total de 1.800 dólares y hasta le colocaron una almohada en la calle para dormir las resacas. El pobre Malloy, acostumbrado a no tener blanca ni para empinar el codo, no podía estar más agradecido.
Pasaban las semanas y la salud del irlandés no parecía especialmente afectada, así que Marino y comparsa decidieron acelerar el proceso. Empezaron mezclándole la bebida con anticongelante. Tras un primer trago, en que Malloy alabó la suavidad del nuevo brebaje, se desplomó en el suelo del bar para volver a levantarse declarando tener una sed de mil demonios.