lunes, 28 de noviembre de 2016

El vegetarianismo nació para reprimir la masturbación y el exceso de sexo

Sylvester Graham era un ministro presbiteriano que pertenecía a los movimientos por la templanza del primer tercio del siglo XIX en EEUU -aquellos que en 1920 consiguieron que se aprobase la Ley Seca-. Mientras que sus compañeros reformadores trataban de cuestiones sociales y humanitarias, como el consumo de alcohol, los derechos de la mujer o la esclavitud, Graham se centró en la salud y el sexo. La sociedad estadounidense estaba en plena decadencia y los estadounidense enfermos, y los síntomas eran muy claros: la masturbación de sus jóvenes (ya sabes, por aquello de la ceguera y el peligro para la salud por la inmadurez de los órganos sexuales), las relaciones sexuales sin el propósito de procrear (más de una vez al mes era de depravados) y el consumo de carne, especias y alcohol que corrompía el cuerpo. De hecho, encontraba un relación directa entre el consumo de carne y los impulsos carnales ¿?

Inspirado por su ardor religioso para salvar a la humanidad y su magnífica oratoria -propia de los telepredicadores de hoy en día-, Graham animó a la gente a tomar el control de su salud mediante la represión de sus impulsos carnales y un cambio drástico en sus comidas… la dieta Graham. Esta dieta consistía principalmente en frutas y verduras frescas, pan integral y cereales, y de ella se excluían la carne y las especias; algunos alimentos como la leche, el queso, la mantequilla y los huevos se permitían siempre que se consumiesen con moderación. Es verdad que introdujo otra serie de medidas que no lo vinieron nada mal a la sociedad estadounidense, como bañarse con regularidad, limpiarse los dientes, tomar el aire fresco y hacer ejercicio todos los días.

Todavía habría otro alimento que sufriría los ataques de este visionario, el pan. En su Tratado sobre el pan y su fabricación (1830) , Graham denunciaba la baja calidad del pan que se consumía. La rápida industrialización y la urbanización habían provocado que las familias cambiasen sus hábitos alimenticios; no por el tipo de alimentos, sino por su procedencia: las fábricas y no las propias cocinas. Y el pan blanco era el peor de ellos. Al ser producido en cadena por las fábricas -un negocio, recordaba Graham- se cortaba (adulteraba) la harina con tiza y, además, el ser tan blanco era una prueba inequívoca del uso de aditivos nocivos para la salud. Así que, Graham desarrolló su propio proceso para la fabricación de harina de trigo integral, que utilizó para el pan Graham -hoy en día se comercializan los Graham crackers, galletas que se elaboran con la Graham flour (harina Graham).

¿Y qué opinaban los estadounidenses de este visionario? A pesar de que la mayoría lo ignoró -bueno, los carniceros y panaderos intentaron lincharlo en más de una ocasión-, alrededor de este personaje se creó una especie de fanáticos seguidores que seguían sus directrices al pie de la letra… los grahamitas. Sin embargo, la harina de Graham sí que tuvo éxito, incluso algunos establecimientos, como restaurantes o casas de huéspedes, hacían constar en sus escaparates que utilizaban la harina Graham como si fuese una estrella Michelín. Graham siempre pensó que lo suyo era una misión divina, y por ello nunca quiso patentar su harina ni sacar provecho económico. De hecho, los problemas financieros fueron una constante en su vida. A finales de los años cuarenta su radicalismo fue apartando a muchos grahamitas de su lado y decidió retirarse de circulación. Solo, moría en 1851 a la edad de 57 años.

Si hoy levantase la cabeza, Graham tendría un sabor agridulce: dulce por ser el precursor del vegetarianismo (no por los motivos que a él le habría gustado) y, muy amargo, porque su harina se utiliza para elaborar unas galletas producidas en masa y con aditivos. Eso sí, en 1878 el médico John Harvey Kellogg, un discípulo de Graham, creó un cereal grahamita que llamó Granola. Tras su éxito, Kellogg formuló su receta para los corn flakes (copos de maíz) y por lo tanto puso en marcha la industria del desayuno americano.

Kellogg dirigía un sanatario en Battle Creek (Michigan, EEUU) en el que seguía al pie de la letra las directrices de su maestro. De hecho, elaboró los corn flakes para el desayuno de niños porque les ayudaría a combatir los impulsos de “auto-abuso” (así llamaba él la masturbación). Kellogg trabajó en la rehabilitación de los masturbadores, a menudo empleando medidas extremas: la circuncisión, atar las manos, cubrir sus genitales con jaulas, descargas eléctricas: Un recurso que casi siempre es efectivo en los niños pequeños es la circuncisión, especialmente cuando hay algún grado de fimosis. La operación debe ser realizada por un cirujano sin administrar un anestésico, como el dolor de la operación es breve tendrá un efecto saludable sobre la mente, sobre todo si se puede conectar con la idea de castigo. El dolor que continúa durante varias semanas interrumpe la práctica, y si no se había convertido en un hábito, podía ser olvidado[…] Otro tratamiento que hemos empleado satisfactoriamente consiste en la aplicación de una o más suturas de hilo de plata de tal manera que se evite la erección.
Y para las mujeres: La aplicación de ácido carbólico puro (fenol) u otros irritantes en el clítoris son un excelente medio para evitar la excitación, así como la mutilación genital…








Publicar un comentario en la entrada