martes, 6 de diciembre de 2016

Cómo el trabajo de los premios Nobel influye en lo que utilizas a diario

Cada 10 de diciembre, Suecia homenajea a los mejores científicos y entrega, una vez más, sus conocidos y prestigiosos premios Nobel. Una nueva tanda de galardonados se une a la larga lista de figuras cuyos descubrimientos han configurado la tecnología que usamos día a día, aunque de primeras no seamos capaces de reconocer el sello de un Nobel en los aparatos que nos rodean.

Ordenadores, teléfonos móviles, procesadores, microscopios electrónicos, relojes atómicos, impresoras y aparatos de resonancia magnética son sólo algunos ejemplos de las utilidades prácticas que se han derivado de descubrimientos teóricos revolucionarios que un día se llevaron la medalla de la Academia Sueca.

Rosa María Medina Doménech, profesora de Historia de la Ciencia en la Universidad de Granada, se atreve a asegurar que cada idea científica premiada, con toda probabilidad, puede rastraerse en muchas de las tecnologías y conocimientos que hoy usamos en nuestras vidas cotidianas. «Un ejemplo simple: la neurona», explica. «Toda la inteligencia artificial que hoy usamos tiene mucho de la metáfora en la que se basaba la idea original que planteó Ramón y Cajal y desde la que construyó la idea de neurona. En aquel momento la idea que había detrás era eléctrica».

Muchos de los descubrimientos que resultan premiados están conectados entre sí, y juntos desembocan en aplicaciones que a menudo no asociamos con un trabajo teórico. En 1913, el doctor Heike Kamerlingh Onnes recibía el Nobel de Física por sus investigaciones sobre las propiedades de la materia a bajas temperaturas, que llevaron, entre otras cosas, a la obtención de helio líquido y, posteriormente, al descubrimiento de la superconductividad.

La teoría BCS, enunciada en 1957 por John Bardeen, Leon Cooper y John Robert Schrieffer, intentaba explicar dicho fenómeno y fue merecedora del galardón en 1972. En 1986, Johannes Georg Bednorz y Karl Alexander Müller, en unos laboratorios de IBM en Suiza, descubrieron los materiales superconductores cerámicos, y se llevaron el premio un año después.

Pese al desconocimiento general de estas teorías, una visita al médico en la que tengamos que someternos a una resonancia magnética nos mostrará una de las aplicaciones ya desarrolladas de estos materiales superconductores. Si, en cambio, nuestro viaje al hospital obedece a la necesidad de pasar por los rayos X, podremos acordarnos de su descubridor, Wilhelm Conrad Röntgen, que se llevó el galardón de Física en 1901.

«Si tomas la lista de galardonados, especialmente los Premios Nobel de Física, y eliges uno, su trabajo tendrá una un reflejo en la tecnología que nos rodea», explica Xavier Roqué, profesor de Historia de La Ciencia de la Universidad Autónoma de Barcelona y experto en Historia de la Física Contemporánea. «Podría ser un buen ejercicio», bromea.

Tal y como recuerda este experto, el desarrollo de la industria electrónica y de la informática en la segunda mitad del siglo XX no hubiera sido posible sin la teoría cuántica que explica el comportamiento de los materiales semiconductores como el silicio, uno de los componentes esenciales de los ordenadores. Abundan los premios relacionados con este campo y, aunque la mecánica cuántica nos pueda sonar extremadamente complicada, incluso con el experimento del gato de Schrödinger de por medio, algunas de sus manifestaciones como el láser, los imanes, o los procesadores son tremendamente familiares.

El sello de los Nobel
En el año 2000, la Academia Sueca premiaba por su trabajo a Zhorés Alfiórov, Jack S. Kilby y Herbert Kroemer por a sus aportaciones al desarrollo de la tecnología de la información. En concreto, Jack S. Kilby se llevaba el galardón por su participación en el desarrollo de circuitos integrados que llevaron a la creación de microprocesadores que hoy forman parte de casi todos los aparatos digitales, desde las televisiones hasta los ordenadores, pasando por los hornos microondas.

La lista sigue. Los leds azules que ahora vemos combinados con los verdes y rojos en móviles, televisores y ordenadores fueron un día un descubrimiento esquivo para los científicos. En 2014, sus tres descubridores se llevaban, veinte años después de haber desarrollado el diodo emisor de luz led azul, el Nobel (de Física, por supuesto). Bombillas eficientes y de larga duración son sólo uno de los derivados de su hallazgo. Estamos rodeados de sellos Nobel.

Sin embargo, la gran pregunta es si la aplicación práctica proviene realmente de ahí. «Que la ciencia fundamental precede a la aplicación tecnológica es una idea que ha gozado de una gran acogida pero no es real», explica Roqué. «Los Nobel nos dan grandes materiales para hacer historias, pero no son infalibles. Examinar a los nominados y a los premios para distinguir la mejor ciencia tiene un eco que quizá no merece porque la investigación y sus aplicaciones van mucho más allá de ellos y tienen un largo recorrido más allá de ese momento puntual».

Medina Doménech también cree que es muy difícil separar el conocimiento de su aplicación «porque todo conocimiento es resultado de una tecnología que lo genera y de un contexto histórico, social y cultural». Así, «la división tradicional entre ciencia pura y ciencia aplicada hoy en día no funciona y es probable que nunca haya funcionado».

De hecho, la mayor parte de los descubrimientos mencionados son el resultado de carreras en las que varios equipos de científicos trabajaron simultáneamente, de esfuerzos e inversiones provenientes de la industria interesada en conseguir nuevos avances, de ingenieros que acabaron haciendo grandes descubrimientos teóricos y de las fronteras difusas entre la ciencia y su aplicación.

A pesar de ello, buscar la marca de un Nobel en la tecnología que nos rodea es más que posible. Basta con coger la lista de premiados, elegir uno al azar y pensar en todas las aplicaciones en las que está presente ese descubrimiento. O, incluso, investigar sobre todas las que aún pueden estar por llegar.




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