jueves, 1 de diciembre de 2016

En 2030 no tendremos casi sexo "por el cansancio"

Recientemente, David Spiegelhalter, experto en estadísticas de la Universidad de Cambridge, observó cómo diversos estudios corroboran la tesis de que la frecuencia en la actividad sexual ha disminuido notablemente en el Reino Unido.

Según Natsal, National Survey of Sexual Attitudes and Lifestyles, en 1990 las parejas de entre 16 y 64 años hacían el amor cinco veces al mes, porcentaje que disminuyó hasta cuatro veces, en el año 2000, y tres en el 2010 para el mismo período de tiempo. Es decir, en 20 años la frecuencia ha bajado un 40%. De seguir así, comentaba Spiegelhalter, en el 2030 las parejas no van a tener ningún encuentro sexual.

Claro que no hay que dejarse llevar por este determinismo estadístico. Siempre pueden pasar cosas. Y, de hecho, pasan. Mientras este profesor de Cambridge investigaba en las encuestas y estudios sexuales, descubrió que la línea descendente de la sexualidad inglesa mostraba un inesperado pico en 1973, que este experto achaca a la crisis del petróleo, cuando el gobierno de Edward Heath instauró en el Reino Unido la semana de tres días para ahorrar combustible y los cortes de electricidad eran comunes.

Así pues, Spiegelhalter culpa de todo esto a la tecnología. Décadas atrás la televisión acababa a las 23 horas y no disponíamos de tablets, móviles, redes sociales ni demás entretenimientos. La gente se iba a la cama temprano y, claro, pasaba lo que pasaba.

Algunos empiezan a preguntarse sobre el impacto de la falta de sexo en la salud de la población; ya que, como todos sabemos, revolcarse en las sábanas acompañado tiene notables beneficios para nuestro bienestar físico y psicológico, como ya ha reconocido hasta la Organización Mundial de la Salud. La práctica del sexo beneficia la salud cardiovascular, nos ayuda a no engordar, nos hace dormir mejor, mejora el sistema inmunitario y es un excelente antidepresivo, pero la abstinencia y, sobre todo, la no deseada, aumenta el riesgo de padecer todo lo contrario.

Lo más preocupante e inusual es que los más jóvenes, que deberían estar explorando su recién descubierta faceta sexual, estén más interesados en cazar pokémones. Lo cierto es que los millennials tienen menos sexo del que tenían sus padres a su misma edad, según apunta un estudio de la Universidad de San Diego (EEUU), publicado en Archives of Sexual Behavior.

El trabajo analizó los datos de 26.707 personas, encuestadas por la General Social Survey, de diferentes edades. Los resultados mostraron que el 15% de los jóvenes de entre 20 y 24 años nacidos en la década del 90 afirmó no haber tenido ninguna pareja sexual desde los 18, mientras que entre los de la Generación X -es decir, sus padres, nacidos en los años 60 y 70- ese mismo porcentaje era sólo del 6% cuando tenían la misma edad.

El libro Generation Me, de la psicóloga Jean M. Twenge, principal investigadora del estudio, ahonda en la psicología de las nuevas generaciones, cuyo rasgo característico es el individualismo y el culto al yo. La tecnología ha propiciado un ocio unipersonal, no compartido, en el que las relaciones con los otros son cada vez más difíciles, a pesar de las innumerables facilidades que brindan las redes sociales para conectar y conocer gente. Twenge también explica la falta de sexo debido al hecho de que los más jóvenes retrasan, cada vez más, su edad de emancipación y matrimonio. Vivir con los padres nunca ha sido un buen punto de partida para las aventuras sexuales.

La sociedad del cansancio, como la denomina en el libro del mismo nombre el filósofo alemán de origen coreano, Byung-Chul Han, deja poco espacio para los juegos de cama tras las, cada vez más agotadoras y mal pagas, jornadas laborales. “Nuestros padres y abuelos tenían la actividad sexual incorporada en su día a día”, explica la ginecóloga Francisca Molero, “hoy debemos buscar espacios para ella, hacerle un hueco en la agenda porque no surge espontáneamente. Hemos domesticado el deseo”.

Ciertos períodos difíciles pueden ser un acicate para la libido, al igual que las situaciones extremas en las que le vemos las orejas al lobo. Es el mecanismo que se activaba con los bombardeos alemanes sobre Londres durante la Segunda Guerra Mundial y que disparó la tasa de natalidad entre los atemorizados ciudadanos que, sin calefacción, luz eléctrica, ni comida, veían caer las bombas a su alrededor y todavía tenían ganas de fiesta. La explicación científica es muy simple: el cuerpo segrega adrenalina ante situaciones estresantes, y esta hormona que nos pone alerta y nos predispone a la lucha puede subir también nuestra libido.

Esta regla, sin embargo, no se aplica en las nuevas “sociedades del malestar”, en la que los individuos no son totalmente desdichados pero tampoco felices; en las que los jóvenes pueden aspirar a todo, pero no tienen futuro y en las que las guerras, conflictos y miedos se vuelven crónicos. La libido no experimenta un subidón, sino todo lo contrario, se vuelve cada vez más insignificante ante los innumerables incordios y problemas a los que hay que atender. “La falta de deseo es el trastorno más planteado en las consultas de sexología, tanto por hombres como por mujeres”, concluye Molero.



Publicar un comentario en la entrada