domingo, 25 de diciembre de 2016

Si quieres, puedes escapar de la Matrix

Al principio la historia avanzó lenta y después avanzó rápida. 

Durante siglos, la historia fue despacio como un oso perezoso. Para lo grande y lo pequeño. Entre el taparrabos y los calzoncillos pasaron miles de años: de los primeros hombres que cubrieron los genitales en la Prehistoria a los que usaron pantaloncitos en una Edad Media tardía.

En el siglo XX, la historia fue deprisa. De la diligencia al tren bala. Parecía que quería acabar de golpe los asuntos pendientes. Cuando corrientes de pensamiento, de arte y tendencias sociales apenas balbuceaban, otras aparecían arrasando a las anteriores. Las reinvenciones de Picasso y Madonna —cada uno en lo suyo— son ejemplos de la aceleración de la historia.

Después, con los 90, llegó el estancamiento de las ideas. De las grandes y las pequeñas. Parece que la historia se cansó y está tomando unas largas vacaciones. Creemos que avanzamos porque la tecnología evoluciona, aunque las novedades consisten en más-pequeño-más-compacto o más-grande-pero-más-ligero. El teléfono inteligente más corriente contiene tecnología e información que décadas atrás ocupaban habitaciones.

Sin embargo, la historia parece un caserón maquillado. En la entrada hay un porterillo con vídeo en lugar de aldaba. Dentro están los últimos electrodomésticos del mercado comprados en internet, pero de noche la casa cruje y en invierno huele a humedad. Tiene manchas: ideas antiguas y chirriantes.

¿Qué o quiénes son culpables del estancamiento de la historia? Quizá el negocio de la nostalgia tenga parte de culpa. Un negocio que, como el acertijo del huevo y la gallina, (¿qué fue lo primero?) es una causa y una consecuencia de la chatez de ideas. Parece que estamos anclados en los 90 como en Matrix, con continuos homenajes a décadas pasadas.

El Renacimiento miró a la antigüedad tras 16 siglos de oscuridad. Ahora lo nuevo es lo que cinco años atrás fue viejo. No hay deseo por superar lo anterior, sino interés por copiarlo.

Ahora tocan los 80 otra vez: la imitación de películas con niños y extraterrestres; juguetes infantiles sobre guerras de una lejana galaxia; cacao y pastelitos edición clásica... Votamos a partidos viejos que hacen viejas promesas enarbolando viejos argumentos. Los que ponen las caras en los partidos salen del mismo molde, como esos muñecos en los que cambias el pelo, la boca y otras partes del cuerpo. Los partidos nuevos tienen un algo de errores de programación como el gato del déjà vu de Neo.

Todo lo que parece nuevo ya fue hecho antes. La diferencia está en la difusión. El loco y el tonto y el charlatán y el ruidoso y el que considera que tiene la obligación moral de instruir a los demás es ahora conocido fuera de la familia y el barrio. Usan Youtube y Twitter e Instagram. Los que pregonan «no somos como los demás» visten como alguna de las versiones de Madonna.

Hay una diferencia importante con Matrix: las máquinas no son responsables de que vivamos en un bucle de ideas. Tampoco hay una conspiración para que permanezcamos estancados. Matrix somos todos. Pagamos por la nostalgia, la preferimos a lo nuevo. Quizás algunos sean conscientes de que hay otros mundos y de que para acceder a ellos no necesitan pastillas de colores. La cuestión es si se quiere permanecer paralizado o romper la barrera invisible. Bastan gestos simples. Oponerse a ver, consumir y comprar toda obra grande y pequeña etiquetada como «homenaje», «inspirada en los 60, los 70, los 80», «vuelve a estar de moda», «regresa el clásico de tu infancia». ¡Adelante!




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