lunes, 23 de enero de 2017

Cuando todos eran viciados en "vino con cocaína"

El químico parisino Angelo Mariani tenía una afición / adicción un tanto peculiar. Mezclar un buen vino de Burdeos con cocaína pura. La sedosa mezcla de estimulantes dentro del organismo creaba cocaetileno en sangre. O lo que es lo mismo, una falsa euforia desmesurada con la suficiente potencia como para querer resolver el mundo con un sorbo.

Como buen científico, el doctor Mariani era curioso y decidió crear una bebida que mezclara extractos de hoja de coca y alcohol dentro de una botella. Era 1863 y, por extraño que parezca, el alcohol estaba peor visto que la cocaína, pero nada ni nadie impedía el invento de un nuevo producto. Así fue como el químico se puso manos a la obra haciendo lo que mejor sabía hacer: química. El Vin Mariani fue su extraña creación, un bombazo de alcohol y cocaína que se vendía como la pólvora.

Evidentemente, no se podía vender poniendo el acento en el cóctel adictivo que provocaba en cuerpo y mente, así que se apostó por una decisión inteligente: la gran cantidad de propiedades terapéuticas. Mariani siempre insistió en la diferencia entre coca y cocaína. Según decía, las propiedades de la coca se desvirtuaban cuando se reducía al alcaloide de la cocaína.

Lo que está claro es que la mezcla de alcohol etílico y cocaína producía un efecto estimulador del sistema nervioso central similar al de la cocaína sola, pero que se veía potenciado por la generación en el hígado de un tercer compuesto llamado etilencoca, producto de la reacción entre un metabolito de la cocaína y el etanol. En definitiva, no sólo los enfermos notaban las ventajas del elixiir.


Existían muchos vinos medicinales a finales del siglo XiX, pero ninguno gozaba del agrado de ricos y pobres. La popularidad del Vin Mariani explosionó con sus nuevos y fervientes seguidores. Grandes escritores probaron este brebaje antes de viajar al centro de la Tierra o inventar detectives con pipa. Nada más y nada menos que Jules Verne, Alexandre Dumas y Arthur Conan Doyle estaban entre las figuras literarias que se dice que la usaban para imaginar historias en el centro de la tierra y asesinatos con detectives más listos que la media.


Incluso entres las figuras religiosas de referencia había adeptos enganchados. El principal rabino de Francia alabó las propiedades del Vin Mariani en sus discursos y el Papa León XIII concedió una medalla al químico parisino y llegó a ceder su imagen para promocionar el vino espirituoso. Y si el Papa decía que era bueno para el alma, ¿qué mortal se atrevía a llevar la contraria a su Santidad?

Viendo el éxito comercial, un excombatiente de la Guerra Civil norteamericana creó su propia versión de vino y cocaína. Era el doctor John Stith Pemberton de Atlanta y su producto se llamó French Wine Coca. Cuando la nueves leyes antialcohol entraron en vigor, el doctor reemplazó el vino por el jarabe de azúcar para crear una formula mágica que propulsó a la Cola a otra dimensión conocida por todos.

Angelo Mariani tal vez no fue el primero en concebir la combinación de la coca y el vino, pero sí fue el primero en llevarla a la práctica como éxito comercial gracias a “ese gusto particular y ese aroma delicioso”.



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