sábado, 7 de enero de 2017

El olor axilar y la historia del desodorante

Indagar en un tema como este es complicado, ya que es muy difícil determinar como un problema de percepción ha evolucionado en las sociedades a través de la historia. No obstante, algunos datos interesantes sobre el tratamiento que se le da al "fétido" olor desde el punto de vista social indican que tenemos que remontarnos inexorablemente a la historia de los productos desodorantes, ya que estos jugaron un papel importante en la forma en que lidiamos con este olor hoy en día.

Todo comenzó a principios del siglo XX, cuando una estudiante de secundaria de Cincinnati trató de promover un antiperspirante que su padre había inventado para disminuir la sudoración de las manos y usarlo mientras trabajaba como cirujano. Entre 1910 y 1912, Edna Murphy trató de promover el producto pero no tuvo ningún éxito.

Claro que la sociedad norteamericana en ese momento todavía conservaba muchas normas del período Victoriano, donde no era común ventilar temas delicados de índole personal. Hasta ese momento, las personas se limitaban a controlar el mal olor de los sobacos aplicando lavados regularmente, cubriendo el área con varias capas de tela o enmascarando la peste con perfume.

Esto nos da la medida de que hasta cierto punto ya existía algún tipo de desdén natural por este olor. Sin embargo lo que Murphy hizo después para promover los desodorantes también confirma que la repugnancia con que tratamos este olor en parte es producto de una conducta inducida con fines mercadológicos.

El producto, dirigido a las mujeres jóvenes, fue lanzado en una feria en el verano de 1912. El desodorante tuvo relativa aceptación bajo el nombre de Odorno (la abreviatura de odor-or-no) pero le fue muy difícil despegar al principio. No fue hasta que Murphy contrató al vendedor James Young que los desodorantes ganaron popularidad.

Young condujo una encuesta entre las consumidoras, la cual reveló que la gran mayoría de las mujeres ya conocía el producto, pero solo ⅓ de estas lo usaba. Dos tercios de las mujeres consideraba que el desodorante era totalmente innecesario y antinatural. Fue ahí cuando los comerciantes decidieron que había que hacerle creer a las mujeres que el mal olor no solo era algo que se podía prevenir, sino que también era algo repugnante e inaceptable. El proceso tomó varios años y se valió de toda clase de tretas para convencer a los consumidores de que había que exterminar el olor en las axilas.

La campaña publicitaria en el Ladies Home Journal de 1919 parecía más una obra de beneficio social que el anuncio de un producto.

Algunos anuncios presentaban al mal olor de las axilas como algo que degrada socialmente al individuo.

Y también se despertó la polémica sobre un tema que hasta entonces era un tabú.

Muchas féminas de la época se sintieron ofendidas por la forma en que se presentaba el mal olor de las mujeres como algo repulsivo. Pero la realidad es que la estrategia de venta fue un éxito rotundo. La mayoría de estas adoptó la costumbre de usar desodorante poco tiempo después, algo que se extendería también a los hombres.

En 1920, Odorno se acercó al medio millón de dólares en ventas y en 1927 la compañía reportó un millón en ganancias, una cifra despampanante para la época.

Ya para los años 30, cuando el uso del desodorante se había generalizado, el tono de los anunciantes se volvió mucho menos agresivo y radical. No obstante, todavía hoy se puede observar la explotación del mal olor como estigma social en muchos comerciales de esos productos. Actualmente se estima que el valor neto de la industria de los desodorantes es de $18,000 millones.



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