domingo, 2 de abril de 2017

Rompe tu reloj (antes que sea tarde)

Las tres grandes preguntas que nos hacemos antes de actuar suelen ser siempre las mismas: qué, dónde y cuándo. Pero, curiosamente, la más difícil de sopesar y donde más errores se cometen es en la tercera. La razón es que cuando pensamos en el qué y en el dónde, somos capaces de imaginarlo con facilidad (por ejemplo, tomar copas con los amigos en un bar). Pero el tiempo carece de representación gráfica y exige, por tanto, un nivel de abstracción mucho mayor.

Veámoslo con un juego sencillo. Si tenemos dos cubos de diferente tamaño, cualquier persona normal será capaz de distinguir que se trata de dos cubos y que uno es mayor que el otro. Pero si ponemos el cubo grande delante del pequeño, este último quedará oculto.

Entonces sólo las personas más inteligentes alcanzarán a imaginar que, aunque sólo vean un cubo, puede que exista otro menor detrás de él. En cambio, si retiramos el cubo pequeño y nos lo llevamos a otro lugar, sólo las personas sabias serán capaces de discernir que aunque ahora no haya un cubo pequeño oculto tras el grande, tal vez lo hubo antes o lo habrá después. Es decir, habrán considerado también la dimensión del tiempo.

Las personas que carecemos de ese nivel de conciencia solemos cometer dos errores en nuestra relación con el tiempo: creemos controlarlo y creemos percibirlo. Y todo porque un día inventamos el reloj. Una herramienta realmente práctica para marcar un encuenrtro con amigos en el bar sin que nadie tenga que esperar demasiado al resto. Pero esa misma herramienta, que nos permite parcelar el tiempo en horas, minutos y segundos, puede a la vez confundirnos al sobreestimarla.

El pueblo afgano lo explica muy bien con uno de sus dichos: «Ustedes tienen relojes, pero nosotros tenemos el tiempo». Son conscientes de que esa ventaja competitiva les ha permitido ganar todas las guerras contra los países más poderosos y las armas más sofisticadas.

Porque ellos sí saben ver el cubo pequeño que estuvo antes o que estará después. Y gracias a ello, comprender que el tiempo verdadero carece de demarcaciones y que, por tanto, no se mide en segundos sino en sucesos. Y que son esos sucesos los que hacen que un día sea más largo o más corto que el anterior, aunque ambos tengan la misma cantidad de horas.

Cronometramos a Chronos para poder manejarlo olvidando que se trata de un dios vengativo. Y su desquite consiste en ocultar su inmenso poder hasta que de repente nos arrolla con él. Una noticia atroz, irreversible, como la irrupción de una muerte súbita lo descabala todo.

En ese instante que ningún reloj mecánico o digital será capaz de marcar, la intensidad del momento hará que el tiempo se apelmace convirtiéndose en una masa amorfa sin pasado, presente ni futuro. Entonces, el único tic-tac válido será el que marque nuestro propio cuerpo. Un tic-tac que se acelera, se calma o se detiene para siempre desde la arrítmica fluidez que señala el presente.

En el pasado sabíamos esto, luego lo olvidamos y ahora comenzamos a recordarlo de nuevo. Por eso cada vez hay más gente interesada en el yoga, la meditación o el Vipassana. En esas técnicas que intentan devolverle a la mente la conciencia del tiempo a través del único reloj fiable: su propio cuerpo.

Y al parecer estas técnicas funcionan, cosa que no debe sorprendernos. Pues es un conocimiento que, como muchos otros, no se adquiere aprendiendo algo nuevo, sino desaprendiendo algo viejo que, de hecho, nunca se llegó a saber.





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