jueves, 4 de mayo de 2017

La despedida

– ¡Hay un monstruo mami!- Grité llorando.

Ella vino corriendo, como siempre, dispuesta a tranquilizarme.

– ¿Dónde hija? Preguntó con una sonrisa consoladora.
– En el placard, se asoma y me mira – Contesté.

Y se quedó toda la noche acariciándome y diciéndome que los monstruos sólo vivían en las pesadillas y que ella se quedaría conmigo para que mis sueños fuesen lindos y el monstruo no volviese.

Ahora me pregunto si estará soñando ella con algún monstruo. Ya casi no abre los ojos y es poco lo que dice. De vez en cuando, una lágrima cae por su rostro y estoy segura que algún monstruo también ella ve, pero que no es parte de una pesadilla, sino de una realidad.

“Sólo es cuestión de tiempo” Dijeron los médicos. A pesar de su edad, su corazón parece resistir los embates del tiempo y no quiere detenerse.

– Creo que estoy enamorada –Le dije un día.

Y ella se sentó a escucharme y contarme de qué se trataba el amor.

– No me quiere, mamá, sé que no me quiere –Le conté otro día llorando.

Y ella se sentó a escucharme y contarme de qué se trataba el desamor.

Ahora soy yo la que está sentada a su lado, tratando de entender de qué se trata la vida o mejor dicho la muerte. Ahora sostengo yo su mano, como tantas otras veces ella sostuvo la mía. Pero su mano ya casi no tiene vida.

No es aquella que cocinaba para mí, que cocía mis disfraces, que me peinaba cada mañana y me acariciaba con ternura.

– No me siento bien, hoy no quiero ir al colegio –Vuelvo a recordar.
– ¿Duele la panza o el corazón? –Preguntaba con una sonrisa cómplice.

Ahora es ella la que no está bien y aunque sé que ya es anciana y está muy enferma, presumo que también le duele el corazón, aunque no sea éste el motivo de su enfermedad. Infinitas fueron las veces que trató con dulzura y paciencia de entender cómo y qué sentía. Cómo estaba y qué me pasaba.

Ahora soy yo, quien intento comprender qué pasará por su mente en esta antesala de la muerte ¿Sufrirá mucho? Me pregunto, como ella debe haberse preguntado tantas veces respecto de mí.

Sin embargo, a diferencia de entonces, yo no tengo el amoroso poder de sanar sus heridas, como ella sanaba las mías, o al menos las atenuaba. Dormita, a veces despierta un poco, balbucea.

No quiere tomar los remedios y como ella hacía conmigo, se los doy igual. Sé que es el final y no puedo hacer nada más que tomar su mano y esperar para darle su beso de despedida que no será igual a los otros besos que le daba cuando me iba al colegio, al trabajo o de viaje. Será el último y el que más me duela darle.

– Estoy aquí mamá, contigo, aquí me quedo – Le repito una y otra vez.

Ahora los roles se han invertido y me quedo con ella para que no tenga miedo. Tomo su mano para que sepa que no está sola y que sola no partirá porque una parte de mi se irá con ella. Así como ella siempre estuvo conmigo sabiendo que algún día yo haría mi vida, ahora yo estoy con ella, sabiendo que sólo la espera la muerte.

No se los días que llevo tomando su mano, tampoco sé cuántos más quedarán. Algunas veces quisiera detener el tiempo, seguramente como ella deseó más de una vez cuando yo era pequeña. Otras muchas, deseo que parta ya porque algunas son leyes de la vida y otras son leyes de la muerte y ambas son las leyes que nos rigen.

No quiero que sufra, pero no puedo evitarlo. Parece extraño cómo todo se parece, como el pasado y el presente pueden tener puntos en común.

Ella sostuvo mi mano toda la vida para que yo aprendiese a vivir, para que me equivoque y vuelva al camino correcto, para que jamás me sintiese sola aún cuando sola quisiera estar.

Hoy estoy yo aquí con mi mano en la suya, tal vez con la esperanza de que aprenda a morir, que no tenga miedo, que sienta que no está sola, que sepa que los monstruos no existen.

Cuando la muerte la alcance, cuando su corazón se canse de batallar, cuando la última lágrima corra por su rostro, quiero estar ahí dándole la mano, devolviéndole si fuese posible, una ínfima parte de lo que ella me dio y que parta en paz.




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