domingo, 28 de mayo de 2017

Nadie besa carne vieja

La sociedad de consumo tiene bastante facilidad para superar todos los tabúes del pasado. Lógico, su misión es seducir al consumidor y, para ello, no duda en ensalzar la homosexualidad, el lesbianismo o cualquier otra forma de relación que le resulte rentable. Por eso, mientras que en lo ideológico las fuerzas conservadoras mantienen un obsesivo combate contra la libertad sexual, en lo mercantil nadie cuestiona dichas libertades. Más aún, las utilizan para promocionar toda clase de productos y servicios en su propio beneficio.

Pero hay un tema que sigue sin aparecer en la comunicación comercial. Me refiero al sexo en la tercera edad. Todavía es demasiada la gente que encontraría desagradable la imagen de dos ancianos manifestándose excesivamente afectuosos. Prueba de ello es que pese a ser en la actualidad un grupo de población con un importante nivel adquisitivo, los anuncios no recurren a ese tipo de iconos para vender sus mercancías.

En este tabú actúan varias fuerzas convergentes. Una de ellas es la creencia de que el sexo tiene una función exclusivamente reproductora. Por eso, una vez que dicha función se amortiza, la relación sexual queda deslegitimada.

A estas alturas de la vida ese planteamiento, por sí solo, resultaría insostenible. Pero hay otro elemento que acude a reforzarlo: la resistencia de las generaciones más jóvenes a aceptar la exhibición, a través de otros, de su futura vejez. Más aún, si los protagonistas de dicha vejez intentan compartir con ellos un modelo de vida que consideran exclusivo de su privilegiada edad.

Y es bajo el yugo de ese tabú donde viven los ancianos. Con sus sueños, sus deseos, sus amores y sus carencias. Pero incapaces en muchos casos de manifestarlos besándose apasionadamente en la barra de un bar por miedo al escarnio. Y no digamos ya si encima esa pareja no responde al modelo heterosexual impuesto en nuestra cultura.

Hace años visité Benidorm en invierno. Es sus calles, en sus tiendas, en sus terrazas, tan solo se veían grupos de jubilados. La imagen resultaba bastante insólita. Pero lo más llamativo era ver a esas personas cogidas de la mano, o ligando, o haciendo las mismas cosas que hacían en el pasado hasta que la sociedad les expulsó de la cotidianeidad.

Desde un punto de vista literario pudiera parecer que esas personas se hubieran atrincherado en aquel lugar declarando la república independiente de la tercera edad. Pensé en ello y lo encontré hermoso. Una república en permanente combate contra la abdicación, el hastío o la melancolía. Y, sobre todo, una reivindicación de todos los placeres, incluido el sexual, frente a una sociedad que admite mejor la pornografía en internet que la pasión en la ancianidad.

Así de absurdos somos. Le negamos a la vejez el derecho al disfrute sin caer en la cuenta de que, tarde o temprano, esa negación nos alcanzará a todos.




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