sábado, 17 de junio de 2017

Corea del Norte "La capital del infierno"

Miras por la ventana y lo único que alcanzas a ver es el rostro sobrehumano, etéreo y casi irreal del Gran Líder. Su mirada, vigilante, es de una severidad implacable.

Tu hijo, cuando lo ve, se pone a llorar.

La primera vez te hizo gracia. En esa ocasión se trataba de un retrato de Karl Marx. A muchos niños les aterrorizan los barbudos, y el semblante deformado por la inmensidad del cartel no hacía sino exacerbar la monstruosidad de una figura que se proyectaba amenazante ante la diminuta figura de tu hijo.

Te ríes, claro, limitándote a correr las cortinas para evitar que tu niño tenga que enfrentarse cada mañana a la exaltación publicitaria del Sistema.

Te ríes hasta que la responsable del Partido está gritando irritada ante la puerta de tu casa porque ha recibido una denuncia.

¿Qué son esas sospechosas cortinas azules?
¿Por qué os negáis contemplar el rostro del Gran Líder?
¿Tu hijo? ¿Qué pasa con tu hijo?
¿Qué ideas le están transmitiendo para que al ver a Kim Il-Sung le salten las lágrimas?


No es alardeo o intimidación. Es una condena. Tu marido llega a casa y lo confirma: van a ser deportados. Vuestra traición es evidente como las lágrimas de tu hijo. Que te parezca ridículo no sirve para nada, pues llega un camión para recogeros y llevarlos donde sea que los vayan a llevar.

El comunismo es un mundo de luz
Esta historia quizá no ocurrió exactamente así. Quizá sea, como muchos otros cuentos, la fabulación de un individuo. Pero este individuo se hace llamar Bandi –seudónimo que significa, literalmente, “luciérnaga” –y es el primer escritor de Corea del Norte que, sin desertar de su país, ha conseguido publicar sus textos en el extranjero.

“Aquel viejo barbudo europeo
proclamó que el capitalismo es un mundo de oscuridad
mientras que el comunismo es un mundo de luz.
Yo, la Luciérnaga, que vivo en el mundo de la luz,
estoy destinado a brillar en el mundo de la oscuridad
y denuncio que esta luz
es, en realidad, una noche sin luna,
negra como un río de tinta
surcando el fondo de la tierra.”


Con este poema, incluido en el manuscrito original, Bandi abre La acusación, un libro de relatos que explora la cotidianidad del totalitarismo norcoreano, y no lo hace presentado una caricatura grotesca de un régimen aterrador, sino que sus historian surcan las ambigüedades que experimentan quienes, como él mismo, viven sometidos a él.

Para nosotros, espectadores distantes, Corea del Norte es un centro penitenciario dirigido por un payaso atroz, un circo diabólico organizado en torno a la arbitrariedad de un poder absoluto. La dominación ejercida sobre los ciudadanos-esclavos nos recuerda a Orwell y a tantas otras distopías que pueblan nuestro imaginario.

El libro, como bien dice su título, es también una acusación. No hay compasión alguna, ni voluntad de matizar lo innombrable del régimen. Sin embargo, Bandi, que sigue en el otro lado, habitando “la capital del infierno”, nos voltea la perspectiva, obligandónos a pensar cómo lo viven los norcoreanos.

Presentando escenas ordinarias –un hijo que quiere visitar a su madre enferma, un marido celoso–, Bandi consigue retratar los mecanismos sociales y psicológicos del terror. La cita de Solzhenitsin que cierra la edición de Libros del Asterioide es un resumen bastante exacto del funcionamiento de esta servidumbre: “La persona que no está interiormente preparada para la violencia es siempre más débil que el opresor”.

Para la mayoría de los personajes que pueblan estos cuentos, la consciencia de su sometimiento es un oso gigante hibernando en su cabeza. Un oso que va despertándose poco a poco, removiéndose en su fuero interno, que va provocándoles arcadas hasta que finalmente son capaces de vomitarlo:

“Aquella visión fue la que sin duda le recordó a Kyeong-hui las frases con las que se inicia ‘El manifiesto comunista’, y que ella había leído cuando era estudiante en la universidad: ‘Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo’. ¿Había escrito Marx, en realidad, una autobiografía? Aquella palabra, ‘fantasma’, encajaba perfectamente con su retrato en aquel momento. No se trataba de la imagen de un ser humano, sino de la efigie de un espectro terrorífico.”
A pesar de todo, La acusación es un libro imperfecto. La fuerza de su denuncia, y la habilidad con que presenta las recurrentes catarsis que sufren sus personajes, contrasta con una exposición muy plana y una simbología demasiado evidente.

Las tramoyas están a la vista: no hay margen para la complejidad. Las ideas que vertebran los cuentos tienen tanta fuerza que su latir impide que a su alrededor pueda erigirse un mundo consistente. El mismo autor es consciente de ello y en esta apelación al lector, con la que se cierra el libro, parece estar pidiéndonos que dejemos a un lado nuestro uniforme de críticos literarios, de refinados sommeliers, para escucharlo:

“Cincuenta años en esta tierra del Norte
viviendo como un autómata
como un humano sometido al yugo
he escrito estas historias
no animado por el talento
sino por la pura indignación
no con tinta y plumas
sino con los huesos calados de sangre y lágrimas."


Para entender el valor del libro de Bandi, basta atender al que quizá sea el cuento más aterrador del libro, 'La capital del infierno'. Es un texto que terminó de escribir en 1995, justo después de la muerte de Kim Il-Sung. En él, destapa la perversión y la crueldad con que se construye, de puertas adentro, la imagen del líder: expone la existencia de una estructura publicitaria destinada a presentarlo como un ser benevolente, la fuente última de toda prosperidad.

Pero no solo esto: en Corea del Norte, la felicidad es una imposición entre los ciudadanos. Las lágrimas, o cualquier otro gesto de disconformidad, se tornan una afrenta al régimen.

“ Solo una fuerza mágica y cruel podía convertir los alaridos del tormento en aquella ‘sonrisa de la felicidad’”

Por ello, Bandi no solo escribe con los huesos calados de la sangre de las víctimas del régimen, sino también con todas las lágrimas –las suyas y las de aquellos que no ha podido verterlas–. Su libro es demasiado evidente porque el llanto siempre lo es: afectado, excesivo, poco subtil.

Los sollozos de La acusación son un campaña de contrapropaganda, un acto violentamente político que nos obliga a pensar desde que perspectiva estética apreciamos o desdeñamos emociones: esas lágrimas que para nostros serían un exhibicionismo algo cursi, una falta de exquisitez expresiva, para Bandi son una peligrosa revuelta.




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