martes, 13 de junio de 2017

Cuando ser tuberculosa era el ideal de belleza

Pálidas, lánguidas y moribundas. Pero sorprendentemente bellas según la moda.

A mediados del siglo XIX, la tuberculosis alcanzó la categoría de epidemia en Europa y Estados Unidos. Esta enfermedad infecciosa que se transmite a través del aire y puede afectar a varios órganos, en especial los pulmones, mataba a sus víctimas muy lentamente justo antes de consumirlas.

La Inglaterra victoriana idealizó esta enfermedad y los síntomas que originaba. Durante décadas, muchos estándares de belleza quedaron fijados a partir de patrones básicos de delgadez y palidez. El ideal romántico llevaba a muchas mujeres a seguir estrictas dietas de vinagre y agua, con objeto de provocarse anemias hemolíticas para empalidecer su semblante. Cuando la ciencia avanzó en la investigación de la enfermedad la tendencia no cambió demasiado, ya que la llamada ‘peste blanca’ siguió marcando el paso de la moda.

“Entre 1780 y 1850 hay una estetización de la tuberculosis que se entreteje con la belleza femenina”, apunta Carolyn Day, autora de Tuberculosas Chic: Una Historia de Moda, Belleza y Enfermedad, que analiza cómo la tuberculosis cambió la moda británica de principios del siglo XIX y la percepción de la belleza femenina.

En aquellos días se pensaba que las afectadas se consumían -empleaban este término para definir los estragos del bacilo- por culpa de “malos aires” en el ambiente. Las clases pudientes consideraban además que las mujeres más expuestas a contraer la enfermedad eran aquellas que destacaban por su atractivo: “Era así porque la tuberculosis acentuaba los rasgos que ya estaban definidos como bellos en las mujeres”, explica Days a Smithsonian.

No era la primera vez que se hablaba del tema. En 1909 un grupo de autores publicaron un tratado de semiología, pronóstico y prevención confirmando la noción victoriana: “Un número importante de pacientes han tenido durante años ojos espumosos, mejillas sonrosadas y labios rojos; síntomas que ahora podemos decir que eran provocados por fiebres frecuentes”.

Por entonces la moda ya había convertido la tuberculosis en una tendencia a seguir. A mediados del XIX estrecharon las cinturas y le dieron vuelo a faldas voluminosas para acentuar la extrema delgadez. Además, el maquillaje claro y las mejillas rosadas abundaba entre aquellas que querían emular a las enfermas más chic.

Años después, en 1882, el microbiólogo alemán Robert Koch cambió el destino de la humanidad al encontrar y aislar las bacterias causantes de la epidemia. El padre de la bateriología convenció a los expertos en salud pública de que ciertos microorganismos podían provocar enfermedades contagiosas a partir de un germen anómalo, distinto del original.

Aquel hallazgo alentó a la comunidad médica, que se volcó contra la ‘peste blanca’. A ambos lados del Atlántico, la campaña de prevención de la tuberculosis intentó ‘higienizar’ la moda femenina, ya que, según algunos médicos, la falda larga de las mujeres era uno de los vehículos transmisores del brote. Estas telas, decían, barrían los gérmenes de la calle para llevárselos a casa. Asimismo fueron atacados los corsés con la excusa de que intensificaban la afección por limitar el movimiento de los pulmones y la circulación de la sangre. A cambio fueron introducidos “corsés sanitarios” de tela elástica, completamente distintos a los victorianos.

La tuberculosis chic no ha sobrevivido hasta la actualidad, pero algunos de sus efectos han arraigado profundamente en la moda femenina. A partir de que la falda dejó de caer sobre el suelo, los zapatos empezaron a cobrar mayor protagonismo. También a comienzos del siglo XX los médicos comenzaron a prescribir baños de sol contra la enfermedad, siendo éste uno de los orígenes del bronceado actual.




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