domingo, 25 de junio de 2017

¿Por qué son tan deprimentes las tardes de domingo?

La tarde de los domingos duele. Guardamos un luto inconsciente a cada fin de semana que se acaba. Algo viscoso nos invade y nos quita las ganas de vivir. Una encuesta de 2015 elevaba el número de sufrientes domingueros al 76% de los estadounidenses. Es un fenómeno poco estudiado, pero basta con hacer un sondeo rudimentario preguntando a amigos y a familiares para comprobar que pocos quedan libres de ese brote de tristeza.

Se manifiesta de muchas formas. Los síntomas fluctúan de una sensación a otra. Asco, melancolía, rabia, desazón, vacío, bloqueo, ansiedad, desesperación. Resumiendo: una urticaria emocional. La sacudida se disipa, como muy tarde, después de la incorporación el lunes al puesto de trabajo. La opinión generalizada localiza la causa en la amenaza de una nueva semana. La anticipación de las tareas levantaría una ola de agobio en mitad de las horas que debemos dedicar a la desconexión y al descanso.

Pero, ¿cómo puede la anticipación de algo deprimir más que el hecho en sí? El bajón nos inyecta un nivel de inhabilitación que, si nos atacara en plena jornada, seríamos incapaces de emprender una sola actividad. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿Se trata de distribuir de manera eficiente la tristeza adelantándola a un día en el que no nos impide cumplir con nuestras obligaciones? ¿O es, más bien, una frustración producto de un tiempo de descanso que no ha conseguido saciarnos?

Resultaría útil remontarnos a la historia del fin de semana para entender qué hay en sus tripas. Katrina Onstad, en su libro The Weekend Effect, reivindica la utilidad de los días de descanso que la precariedad y la flexibilidad del mercado están echando al sumidero, y para ello recorre la evolución de la implantación de las 48 horas libres.

Según cuenta, a finales del siglo XVIII, los propios trabajadores, de manera tácita, se quedaban en casa los lunes para guardar el «lunes santo»: en realidad, estaban durmiendo la resaca de la religiosa borrachera que se pillaban cada domingo después de misa.

Los trabajadores quemaban el dinero y el agotamiento físico y mental de las cadenas de montaje en bebida, peleas de perros o combates de boxeo. Recuerda Onstad que fue Henry Ford, en 1926, quien decidió implantar la jornada de cinco días. No es que el magnate industrial recibiera una iluminadora visita Lenin en mitad del sueño; lo hizo con una estrategia de consumo. A más tiempo libre, la gente disfrutaría de más tiempo libre para comprar, hacer circular el dinero y estimular las necesidades de producción.

Se trazó el círculo perfecto del capitalismo. Los explotados compensan su propio malestar de maltratados financiando el sistema que los somete. La publicidad, el marketing, poco a poco, década a década, fue tejiendo en la sombra y anexando al consumo una filosofía vital, un humo imposible.

El fin de semana se convirtió en la luz al final del túnel; una luz que deslumbra y estimula y llama, que hace imaginar paraísos, y los paraísos, ya se sabe, los suponemos eternos. Se implantó la idea de un deseo (que no podía satisfacerse —o que solo se conseguía mediante formas de la ilusión como la religión—) y se escribió un itinerario de llegada basado en la compra de objetos o servicios. ¿Podría ser el síndrome del domingo por la tarde un resultado de esta insatisfacción?

El fenómeno, retornando a Onstad, se complica más. El fin de semana se encuentra en peligro de extinción. Hoy, la flexibilidad de horarios, las demandas de producción y servicios, la hiperconectividad y la competencia a todos los niveles han borrado los límites entre la vida personal y la laboral. Así, aumenta la incapacidad del fin de semana para ayudarte a desconectar y borrar los estreses y las inercias del trabajo.

Por esta vía, aparece una nueva negrura en el maremagno de tristezas del domingo: la culpa. Hemos traicionado las aspiraciones del tiempo de descanso. Y si el paraíso, en forma positiva es imposible de palpar, no ocurre lo mismo en su negatividad: la ausencia del edén, cuando creemos no merecerlo, pesa como una losa.

Se barajan otros motivos como causantes del síndrome del domingo. En una nota publicada en CNN, aludían a los sentimientos de la niñez. La ansiedad a separarse de los padres, argumentan algunos expertos, se mantiene hasta la edad adulta en ciertos casos. El miedo a que nos abandonen: quizás una rémora de esa época de recién nacidos en que todo es líquido y pensamos que lo que no se ve no existe. Según esto, todos seríamos un poco más niños en domingo.

Para subsanar ese estado, los psicólogos recomiendan programar actividades divertidas en esas horas para estimular la mente. Sin embargo, la tristeza dominical contiene un punto de alerta: se percibe una amenaza en todas las cosas y, por eso, en el fondo, no queremos desoír la depresión. Una depresión solo es exitosa cuando te convence de que puede conspirar en la sombra.

Uno puede dedicarse a tomar cañas y a contar chistes con sus amigos. Pero el bicho sigue debajo, asoma en los silencios y, sobre todo, al pagar la cuenta, al caminar hasta casa, al lavarte los dientes, al tumbarte en la cama. En los casos más graves, los domingos no se duerme.

Toda esta historia sería fácil de resolver si el mal solo afectase a quienes detestan su oficio, pero nada más lejos; quienes desempeñan trabajos vocacionales también lo sufren con fuerza. ¿Y si se trata de miedo? ¿Y si el domingo, con sus silencios, sus carreteras limpias y sus persianas bajadas nos susurra que lo único necesario para estar en paz es respirar y alimentarnos? ¿Nos aterra tomar perspectiva y percatarnos de que no deseamos ningún trabajo y sospechar, en consecuencia, que nos estamos sacrificando para nada?



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