martes, 8 de agosto de 2017

Los "penes voladores de la buena suerte" de la antigua Roma

Hace siglos, el arte de la sanación quedaba en manos de chamanes y curas que trataban las heridas, según dictaba su fe, mediante ungüentos u oraciones. A falta de ciencia abundaba lo místico, y las personas enfermas se aferraban a lo que fuera. Incluso penes con alas.


Los ciudadanos de la Antigua Roma recurrieron a un amuleto sexual para protegerse de la enfermedad. Era el fascinus, una figura con forma de falo gigante y alado que, según se creía, servía para atraer la protección divina.

Durante las primeras etapas de la incipiente sociedad romana los niños eran especialmente vulnerables a las enfermedades, con hasta la mitad de los niños muriendo antes de llegar a los cinco años –según datos del Journal of Interdisciplinary History–. No extraña por tanto que las familias tuvieran remedios mágicos para proteger a su descendencia.

No obstante, como señaló Plinio el Viejo en su Historia Natural, la protección del pene tuvo mayor recorrido: "Los infantes están bajo tutela especial del dios Fascino, el protector de los niños, pero también de los generales”.

Así, cuando los generales desfilaban por el empedrado romano seguramente pendían de sus carros estos amuletos alados. Como decía Plinio: “La imagen de esta divinidad está unida al carro del general victorioso, protegiéndolo, como un médico, de los daños de la envidia ajena”.

Como resultado de su efectividad, Plinio pidió que su adoración entrara a formar parte del ritual romano. Según los historiadores, su culto fue entregado a las Vírgenes Vestales, la casta de sacerdotisas de la diosa Vesta.


Quizás parezca un movimiento extraño, pero las Vírgenes Vestales en realidad eran consideradas eminencias de la fertilidad. Según refería la historiadora Mary Beard en un artículo de 1980, “en este caso las vírgenes no estaban relacionadas con la abstinencia, sino con una capacidad de mediar entre la energía almacenada y el potencial procreativo”.

Muchos siglos después, nuestro potencial procreativo, como la fuerza de la salud, se apoya sobre los robustos pilares de la ciencia. De aquello ha quedado la palabra "fascinar" y todas sus derivaciones, una medalla en el pecho de la cultura falocéntrica.




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