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domingo, 9 de diciembre de 2012

El niño de la bicicleta (Una historia de vida)

Trabaja con la energía y la intensidad, sino la habilidad, de un mecánico que le doblara la edad. Mantiene la cabeza agachada, concentrado en su tarea, hablando consigo mismo... y colocando pedales engrasados en una de las 120 bicicletas sólidas y resistentes que estamos aquí para armar y donar a una organización caritativa de Ruanda, con el objeto de que las personas puedan transportarse a su trabajo, a la escuela, a un pozo con agua limpia.

Parece tener la misma edad que mis gemelos, que cursan el tercer grado. Hemos estado trabajando juntos durante una hora en las afueras de Kigali. Aunque no habla inglés ni yo hablo kinyarwanda, usamos las señales universales de pulgares arriba, asentimientos con la cabeza y “no hay problema”. El chico tiene una sonrisa como ninguna que haya visto en más de seis años de trabajar con agencias africanas de auxilio para andar y donar bicicletas. He visto a muchas personas muy trabajadoras, increíbles. Pero hay algo en este que, inesperadamente, me atrapa el corazón, más que los otros chicos que trabajan con voluntarios en el complejo.

A lo largo de esta húmeda semana armaremos unas 15 bicicletas, la mitad de lo que yo podría lograr trabajando solo. Cada vez que nos detenemos para que yo pueda explicarle algo, me toma de la mano. Cuando hacemos una pausa para tomar té, vuelve a tomarme de la mano y yo le deslizo unos caramelos de fruta. Una mujer ataviada con un vestido tradicional se acerca, sin mirarme, y le habla bruscamente; luego le pega en la mano. Me quedo atónito, pero los métodos de crianza son distintos en el África central de los que empleamos en Nueva Jersey, así que me quedo callado mientras él se esfuerza por contener la lágrimas.

A la hora del almuerzo, le digo a Jules Shell, la directora de Fundación Ruanda, el grupo con el que estamos trabajando, que tenemos entre manos a un gran trabajador. Pregunto de nuevo cómo se llama. Ella me responde: —Bueno, le decimos Jean-Paul. Pero en realidad no tiene nombre. Debo de haber puesto cara de perplejidad.

—¿Cuántos años crees que tiene? —me pregunta.

—Nueve, tal vez diez —respondo. Me mira con los ojos cansados de una trabajadora de ayuda humanitaria exhausta de explicar lo inexplicable.

—Tiene 16 —dice. Le digo que no puede ser; es chico.

—Dieciséis. Todos estos niños tienen esa edad. El genocidio fue en 1994. Haz las cuentas. El chico, como los demás de aquí, nació de una violación. Su madre, miembro de la tribu tutsi, fue violada durante el genocidio perpetrado por los hutus en 1994, que acabó con casi un millón de ruandeses. Violada
por una banda de milicianos que asesinaron a sus tres hermanos, pensó en abortar, pero finalmente tuvo al niño. Sin embargo, en la tribal Ruanda llevó el nacimiento como un estigma, victimizada dos veces cuando sufrió la brutal violación, y después cuando fue rechazada por su propia familia, profundamente conservadora. ¿Es de sorprender que no haya podido ni darle un nombre? Ya era suficientemente malo que tuviera el recordatorio diario del horror que sufrió. “Lo cuido, pero no puedo amarlo”, le dijo a Jonathan Torgovnik en 2007, cuando él y Jules establecieron la Fundación Ruanda. “No me interesa la familia. No me interesa el amor. Estoy lisiada por las golpizas que tuve que soportar; no puedo cargar nada. No puedo trabajar. Qué bueno que no maté a ese muchacho, porque ahora me trae el agua”.

Es difícil reconciliar el horror de la concepción y su vida, totalmente desprovista de amor, con su semblante risueño y su disposición dulce. Este niño tiene muchas razones para odiar, sin embargo se enfrenta al mundo con amor. Se aplica al armado de las bicicletas con la misma intensidad de toda la mañana; con cada uno aumenta la calidad y la rapidez de su trabajo.

Alrededor de las 5 p.m. lo llevo afuera con una bicicleta que sé que se ha armado correctamente y le hago señas de que se suba y dé una vuelta. Las señas no funcionan, así que le pido a un traductor que le diga que se dé una vuelta. Al oír la noticia adquiere un gesto solemne, y aunque la bicicleta está hecha para una persona por lo menos una vez y media más alta que él, con decisión y sin dudarlo lanza una pierna por encima del asiento y va bamboleándose por un callejón hasta dar vuelta en la esquina.

Tal vez sea el jetlag, o tal vez me esté pasando el efecto del té, pero se me llenan los ojos de lágrimas. Me los seco y miro el callejón, esperándolo. Pero no se ve nada. No está allí. Lo imagino dirigiéndose a un lugar donde su amor sea correspondido, y su calidez, valorada. Yéndose para siempre. De pronto una bicicleta choca contra mi pierna derecha; dejo caer la llave. Allí está, después de haber rodeado el edificio, el complejo. Riendo en voz alta, con los pies plantados en el suelo, me toma de la mano y me dedica una sonrisa radiante.


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