Disparatadas teorías de conspiración, con personajes de dibujos animados.

Los Pitufos, una oda al racismo y al antisemitismo. El mito indica que con sus gorros blancos emulaban a los miembros del temible Ku Klux Klan, la organización xenófoba que promovía la supremacía blanca en Estados Unidos. El villano, Gargamel, era un anciano avaro, de nariz puntiaguda y pelo negro -muy similar a la forma en la que los antisemitas representaban a los judíos-, con un gato llamado Azrael, nombre del Ángel de la Muerte en la religión judía.

Tom y Jerry, propaganda nazi. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados británicos eran llamados "Tommies" y los alemanes, "Jerries", lo que habilitó muchas sospechas sobre el nombre de los protagonistas de la serie. Lo más escalofriante es que Tom es más grande y fuerte que Jerry y siempre busca atacarlo para comérselo. Pero el otro siempre vence porque es más inteligente.

Los Ositos Cariñositos, apología vudú. Care Bears, su nombre en inglés, es muy similar a Carefours, el distrito de Puerto Príncipe, Haití, donde nació la religión vudú. Además, algunos consideran que las insignias que portan los osos en el pecho son similares a las de los dioses vudú.

El Dr. Claw es el verdadero Inspector Gadget. ¿Por qué nunca se muestra el rostro del archienemigo del robótico Inspector Gadget? El mito indica que el motivo es que el verdadero Inspector era el Dr. Claw, que tras un accidente se volvió malvado. El robot estaría inspirado, entonces, en el policía que alguna vez fue Claw. Por eso, cuando al final de la presentación Gadget da vuelta la silla de Claw esperando encontrarlo, sólo ve su brazo y una bomba que le explota encima.

El Pato Donald, alegoría de las consecuencias de la guerra. La razón de su comportamiento errático y obsesivo sería la conmoción causada por su participación en la Segunda Guerra Mundial. Los síntomas que padece son muchos: visiones continuas sobre su vida pasada, dificultad por comportarse como su entorno social espera y una intensa irritabilidad.

Toy Story 3, una alegoría del Holocausto. Según esta particular interpretación, los juguetes abandonados serían los judíos perseguidos por la Alemania nazi. El punto de comparación sería la permanente sensación que tienen los muñecos de que, a pesar de ya no ser queridos, jamás podrían ser completamente desechados, ya que se consideran útiles. Pero, aunque no puedan creerlo, son encerrados en un jardín de infantes donde son obligados a "trabajar" por los juguetes que controlan el lugar, que deciden quién va hacia un seguro exterminio y quién sigue siendo útil. Cuando intentan escapar, son echados a la basura, que los conduce a un gigantesco horno que funde todos los objetos, pero a último momento son rescatados y encuentran un nuevo hogar, un lugar de ensueño en el que son queridos y están juntos.

Los niños de El Autobús mágico son los planetarios de El Capitán Planeta de grandes. Basta ver las dos fotos para sospecharlo: en ambos casos son cinco jóvenes estudiosos, ecologistas y comprometidos, con las mismas características físicas: una chica rubia, un chico pelirrojo, uno negro, otro indoamericano y una asiática (con el mismo corte de pelo).




Comentarios