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jueves, 5 de septiembre de 2013

3 científicos que, pese a todo, se ganaron el respeto y la admiración de la humanidad.

Probablemente, a lo largo del día, necesitarás ir al supermercado a comprar las últimas verduras frescas para la dieta postvacacional o tal vez decidas hacer esa misma compra por internet o, simplemente, matar el tiempo en compañía de tu viejo televisor.

Ninguna de las tres cosas podrías hacerla en este preciso instante de la historia sin el apasionante y poco reconocido trabajo de tres grandes científicos anónimos para una gran mayoría: el químico Fritz Haber, la matemática Ada Lovelace y el ingeniero eléctrico Philo T. Farnsworth.

De villano a héroe

Si hay una historia de redención científica de postguerra es la protagonizada por el químico alemán Friz Haber (1868-1934). Pocos científicos tan polémicos han logrado redimirse y equilibrar su 'karma solidario' con la humanidad. Este asquenazí reconvertido a cristiano por el régimen se formó en lo que es hoy la Universidad de Berlín y participó “intelectualmente” (muy entrecomillado) en la elaboración de nuevos gases letales para armar al ejército alemán, iniciando una industria que 'explotaría' con el exterminio de 6.000.000 de sus compatriotas un par de décadas más tarde.

Haber sintetizó el gas dicloro usado más tarde en la guerra de trincheras de 1915 contra soldados marroquíes y argelinos, provocando muertes agónicas casi instantáneas debidas al colapso respiratorio y al ahogamiento bañado en sangre y bilis.

Hasta ahí la parte vomitiva de un científico vendido al régimen que lo explotaba. Su parte más admirada comenzó a despertar al formar el equipo que diseñó filtros de máscaras antigás contra sus propios venenos ¿Paradójico o un mercenario más de la ciencia?

La mujer de Frizt se suicidó al enterarse de que los inventos de su marido habían sido probados con éxito en primera línea de guerra. Probablemente este hecho y el trato del régimen alemán a sus compañeros judíos hizo que Haber emigrara a Inglaterra y recondujera sus trabajos científicos hacia la industria de fertilizantes.
¿Pero qué es lo que logró Frizt Haber para que algunos hayan calculado que ya ha salvado 2.720 millones de vidas con las consecuencias de su trabajo? Simplemente logró un método barato para la producción de nitrógeno, el principal y más extendido fertilizante para cultivos y producciones agrícolas.

Hasta principios del siglo XX los científicos intentaron —sin éxito— sintetizar nitrógeno de manera artificial. A pesar de ser un compuesto tan común en la atmósfera, es complicado extraerlo de ella. El estiércol y el nitrato de sodio eran las principales fuentes de nitrógeno hasta entonces, clave en la eficiencia productiva y crecimiento de la labranza, pero ambas eran limitadas. Una única mina en Chile, controlada por los británicos, centralizaba la producción mundial con los consiguientes problemas geopolíticos asociados.

El 3 de julio de 1909 Haber consiguió en su laboratorio la síntesis del amoniaco -la mejor fuente de nitrógeno- en condiciones de alta temperatura y presión. En un tubo de 75 cm de altura sometido a altísimas presiones logró sintetizar la sustancia durante 5 horas, demostrando que la producción comercial era posible. Junto a Carl Bosch diseñó el 'Proceso de Haber', la síntesis catalítica y comercial del amoniaco, galardonada con el premio Nobel de Química en 1918.

De ahí a tus lechugas de invernadero hay muy poca tecnología de diferencia.

La aprendiz que eclipsó al maestro

Nos vamos a 1843. Imagina que eres un gran inventor, que patentas la primera calculadora mecánica de la historia y desarrollas el primer ordenador programable —la llamada máquina analítica—, un aparato que genera cálculos matemáticos mediante la automatización de pasos mecánicos.

Imagina que buscas a una colaboradora para traducir manuales y los trabajos de uso y presentación de tu espectacular diseño. Tan espectacular que nadie se atreve -o puede- construirla en una época donde el uso de la electricidad no era todavía ni un hipotético sueño.

Imagina que esa colaboradora, encargada de interpretar tus textos, desarrolla en notas a pie de página un lenguaje mejorado para manejar y aprovechar mejor tu propio desarrollo: un sistema de tabletas perforadas para dar instrucciones a la máquina o un algoritmo adaptado específicamente para la primera computadora mecánica que se conoce. Imagina que esas notas se consideran, un siglo y medio después, los primeros programas informáticos de la historia.

Así se dio a conocer la primera programadora de la que hay constancia. Ada Lovelace (1815-1852), hija de Lord Byron, aprendiz del gran Charles Babbage —el inventor de aquella máquina analítica— e inspiración de futuros genios de la computación como Alan Turing. La única mujer que da nombre a un lenguaje de programación (el ADA) y cuyo rostro aparece en tropocientos millones de ordenadores vestidos de azul con el software de Microsoft.
[[DEST:“Nadie sabe el potencial que encierra este poderoso sistema; algún día podrá llegar a ejecutar música, componer sinfonías y complejos diseños gráficos” Ada Lovelace.]]
La base de los trabajos de Ada, y la idea sobre la que se asienta el desarrollo de toda la computación posterior, está en considerar a los ordenadores como máquinas que no son capaces de generar por sí mismas conocimiento sino de disponer, lo más rápidamente posible, información ya conocida.

Esas lechugas están esperando que las compres por internet, pero nunca sin una orden generada voluntariamente desde tu ordenador.

Cuando te roban el mejor invento de la historia

La historia ha sido tremendamente injusta con Philo Taylor Farnsworth (1906-1971), el auténtico inventor de la televisión. Una vida marcada por la pobreza, el ingenio, el robo de su talento, la locura... y culminada con un gran palo a su memoria. Porque no todo el mundo le considera el auténtico creador del invento con más impacto social de la historia.

Philo era autodidacta. No estudió en la mejor universidad del mundo, sino que abandonó los estudios universitarios para sacar adelante a su familia. Aprendió electrónica leyendo viejas revistas y construyendo pequeños cachivaches electrónicos con piezas de maquinaria encontradas en la granja de Idaho donde trabajaba con su familia.

Tampoco tuvo el mejor laboratorio del momento, ni siquiera contó con el apoyo industrial necesario para el desarrollo de un invento tan complejo como el suyo. Como las grandes gestas de la historia, su trabajo prosperó sólo gracias a su titánico esfuerzo y tras la apuesta de George Everson, un pequeño mecenas que creyó en su gran sueño.

En síntesis, la base del invento de la televisión consiste en transformar la luz en electricidad para poder mandar la señal de un punto a otro. La ventaja competitiva de la propuesta de Philo era intentar hacerlo pero sin componentes mecánicos móviles, como ya estaban desarrollando el escocés John Logie Baird y los técnicos de la RCA (Radio Corporation of America).

Pero su desgracia fue que la gigantesca compañía logró 'inspirarse' en su sistema totalmente electrónico a través de un empleado que pasó tres días en su laboratorio haciéndose pasar por colega. Para cuando Philo ganó el juicio, el antiguo responsable de la RCA estaba ya arruinado y la compañía vendiendo televisores como churros.

El crack del 29 y la guerra hicieron el resto: Philo abandonó todo lo relacionado con el proyecto de su vida y acabó olvidado, deprimido y sometido a la tiranía del alcohol.

Recuerda estas historias cuando estés disfrutando de tu ensalada, tecleando en tu ordenador o viendo tu serie favorita en la tele. Detrás de todo invento hay seguro un científico que ha dado su vida por él y que no se ha llevado el suficiente reconocimiento. ¡Respeto y admiración!



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