¿De qué te sirve saber, todo lo que sabes?

Si paras a pensarlo, sabes un montón de cosas. Muchas de ellas, en algún momento de tu vida, tuviste que aprenderlas. Desde abrir una lata hasta pulsar el botón del ascensor. Hay cosas que las aprendemos de memoria, otras que las sabemos desde que nacemos y otras que sencillamente incorporamos a nuestra vida. Pero ¿de verdad nos sirve todo lo que aprendemos?

Tomemos el ejemplo de conducir. Al principio es una sucesión de pasos, como si fuera un baile de salón. Punto muerto, agitar palanca de cambios, comprobar espejos, abrochar cinturón, meter la llave y rodarla, soltarla, embrague, primera, soltar embrague a la vez que giras el volante y empiezas a acelerar… Leído así parece un proceso complejísimo y en realidad lo es, a tenor de la cara que debemos tener todos la primera vez que nos subimos a un coche, normalmente en la autoescuela.

Lo que pasa es que cuando llevas un tiempo conduciendo no necesitas reproducir todos esos pasos: los incorporas a la rutina de movimientos y los haces de forma casi inconsciente. Sencillamente, lo haces, y a la vez puedes hacer otras muchas cosas. ¿O es que a nadie le ha pasado eso de tener que bajar el volumen de la música para concentrarse en estacionar?

Hay otras cosas mucho más naturales, como el sexo, que sabemos hacer desde que nacemos. De hecho, ensayamos desde bien pequeños. Aquí Freud vería un filón, pero no vamos por ahí. Con el tiempo y la práctica, como en casi todo en la vida, se conseguirá tener más o menos pericia o, por el contrario, adquirir vicios que hagan que nuestras acciones vayan empeorando. Porque no todo el aprendizaje tiene por qué ser positivo.

Pero hay un montón de cosas que aprendemos de memoria, y en gran medida en la escuela. Hay algunas cosas que acaban siendo de vital importancia en nuestra vida y que, como pasa con conducir, se incorporan a la lógica de nuestro día a día y olvidamos que las aprendimos de memoria. La sucesión de los meses, los nombres de los días de la semana, las estaciones, incluso los colores o los propios números. Vivimos tan estrechamente con ellos que dejan de ser algo ‘de memoria’ y nos parecen naturales, como el respirar, que nunca lo aprendimos y ni siquiera nos acordamos de hacer. Bendito diafragma.

Pasó lo mismo con las provincias, ríos, montañas, países, banderas, capitales y accidentes geográficos varios. Da miedo salir a la calle a preguntar algo de geografía por lo que puedas encontrar, precisamente porque normalmente esto no lo usamos a diario. A no ser, claro, que seas fan de los autodefinidos y sepas el nombre de la capital de Mongolia gracias a eso, o que ese juego de tu móvil tan entretenido te haya enseñado que Eritrea o Trinidad y Tobago tienen banderas preciosas.

¿Y qué pasa con los versos? De pequeños todos aprendemos eso del olmo seco, o la del barco con «Asia a un lado, al otro Europa», o el tributo de Jorge Manrique al bueno de su padre. Hay adolescentes que pasan de frenada y deciden aprenderse -y apropiarse de- versos dulzones de Bécquer para intentar triunfar en sus conquistas amorosas, pero esa ya es otra historia. Aparte de para eso -que tampoco-, ¿sirve para algo aprender de memoria versos que otros pensaron y escribieron y que muchas veces somos incapaces de entender en verdad?
En el mundo de los números también hay aprendizaje de memoria. Porque las tablas de multiplicar son posiblemente el primer gran reto intelectual al que un niño en edad escolar se enfrenta. Con el tiempo, si sueles multiplicar de cabeza, las interiorizas como algo natural… pero mejor no hagamos la prueba de salir a la calle a preguntar, vistos los resultados de nuestra educación a nivel internacional.

Por complicarlo un poco más: todas esas fórmulas matemáticas y químicas que una vez aprendimos, eso de «pi cuadrado…» ¿Te suena? Yo, por ejemplo, creo que nunca olvidaré una fórmula bastante horrorosa: la de las ecuaciones de segundo grado:


Recuerdo que el profesor que nos la metió en la cabeza a mí y a mis compañeros insistió mucho en que teníamos que recordarla para siempre, y pasadas dos décadas de aquello ahí sigue. Lo que no sé es cuándo necesitaré resolver una ecuación de segundo grado, ni para qué.

¿Qué es esto? ¿Una crítica preventiva a la enseñanza de áreas de conocimiento? En absoluto: en aquel momento de la vida y con ese desarrollo intelectual es oportuno entender cierto tipo de operaciones numéricas y lógicas. Luego yo me dediqué a escribir y las ecuaciones de segundo grado, derivadas o matrices dejaron de ser importantes en mi vida. Tampoco creo que nunca tenga que calcular en qué punto se encontrarán dos trenes, uno salido de aquí y otro desde allá, que salieron cada uno a las… ¿Recuerdas?

Luego hay cosas que uno aprende y, aunque no maneja, se quedan ahí, a fuego. Como los nombres de los planetas o la escala musical. Y prodigios de la memoria, como esos abogados que son capaces de decirte qué artículo de qué reglamentación dice qué sobre tal cosa, o quienes conocen los nombres de miles de personajes (futbolistas, políticos, famosos…). Y vuelta a lo mismo: aquello que usas frecuentemente -por afición o dedicación- acaba por no ser ‘de memoria’, y lo que no usas… sencillamente dejas de recordarlo.
Salvo la fórmula de las ecuaciones de segundo grado. Esa no se olvida.



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