El "peligroso" gesto de "Los juegos del hambre" y otros gestos de películas, que han sido adoptados en la vida real.

Un gesto de la película de «Los juegos del hambre» se ha convertido en el símbolo de las protestas contra el golpe de Estado en Tailandia de mayo de 2014. En la cinta, el signo es una muestra de desafío a las autoridades del estado ficticio de Panem, que organizan cada año un torneo a muerte televisado para todo el país. 

Sin embargo, los opositores lo están utilizando para representar el lema oficial de Francia: «Libertad, igualdad y fraternidad». Resulta tan subversivo para la nueva junta militar, que esta se plantea ilegalizar.

La saga «Star trek» tiene legiones de seguidores que conocen cada uno de los detalles de la serie. Sin embargo, un gesto ha sido capaz de traspasar los muros de su cofradía de devotos para universalizarse y llegar al común de los mortales. Se trata del característico saludo vulcaniano, con la palma abierta, los dedos juntos, separando en amplia ?V los dedos corazón y anular. Es el saludo típico de la raza de los vulcanos, caracterizados opr vivir según la razón y la lógica. «Larga vida y prosperidad».

¿Sería posible que el régimen nazi, o cualquier otra forma de totalitarismo, volviera a cautivar a la sociedad alemana como en los años 30? Un profesor germano se propuso hacer este experimento con sus alumnos y su clase se le acabó yendo de las manos. Este hecho es el que reproduce la película «La ola», en la que, poco a poco, los estudiantes van siguiendo a su profesor hasta el fanatismo. El gesto del grupo no era el saludo romano, sino la mano derecha simulando una ondulación como la marítima.

El clásico de Steven Spielberg, «E.T. El extraterrestre», ha dejado pra el imaginario colectivo multitud de frases y gestos. Desde «mi casa», «teléfono» hasta el «estaré aquí». Uno de los más inolvidables, que muchos han repetido de niños, o jugando con ellos, ha sido su dedo mágico. Aquella falange prodigiosa recuerda a algunas de las más bellas obras de arte de la historia. Que el lector recuerde la mano de Dios Padre, y su falanage extendida a punto de tocar al primer hombre del mundo en «La creación de Adán» de la Capilla Sixtina; y la mano de Cristo, en la «Conversión de san Mateo» de Caravaggio, eligiendo al recaudador de impuestos como nuevo apóstol.

Muchos recordarán el anuncio de Martini en el que un seductor deslizaba, de derecha a izquierda, su dedo meñique por sus labios, consiguiendo desmayar de emoción a la guapa de turno. Sin embargo, el gesto no proviene de la marca de bebidas, sino del actor francés Jean-Paul Belmondo, muy aficionado a repetirlo en sus películas. Si alguna vez alguien ha deslizado su meñique por sus labios, se lo debe a Belmondo, un gran seductor en la vida real.

La película de Quentin Tarantino es rica en ingenio y en escenas inolvidables, pero, de «Pulp Fiction», es su baile lo que ha conseguido trasncender la pantalla y llegar a las pistas de medio mundo, donde, ya sea en bromeando o en serio, ebrios o sobrios, se ha reproducido con indisimulada alegría.

El Dr. Maligno, archienemigo del espía Austin Powers, nunca pudo vencer al héroe británico en la gran pantalla, pero, fuera de ella, consiguió que miles de personas se llevasen el meñique a la comisura de sus labios. Aquella fue su victoria, traspasar la ficción para crear tendencia. Quizá, algunos prefieran olvidar esa parte de su pasado. Peor para ellos. Cada uno tiene que aprender a aceptar su historia, e aunque eso incluya haber sido un esbirro de un villano irrisorio.

Will Smith en «El Príncipe de Be Air» ha dado incontables escenas de gloria a la televisión muundial, ayudando a forjar el imaginairo colectivo de toda una generación. El baile de Carlton a ritmo de Tom Jones no ha podido ser imitado más que por unos pocos fervorosos y atléticos (requiere buena forma física) seguidores. Sin embargo, el saludo de Will a su amigo Jazz sí pudo ser imitado por los seguidores de la serie sin ningún tipo de quebranto. La alegría del encuentro entre ambos se expresaba en un movimiento rapero que se acabó por ser universal.





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