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martes, 3 de febrero de 2015

6 históricos experimentos científicos que fueron una verdadera locura.

Hacerse pasar por loco
¿Irías a un psiquiátrico para hacerte pasar por loco? Esto es lo que propuso en 1971 el psicólogo David Rosenhan a varios amigos. Debían acudir a diferentes hospitales y decir que unas voces les decían: “vacío”, “hueco” y “ruido”. Todos fueron recluidos. Siete de ellos con diagnóstico de esquizofrenia y otro como maniaco-depresivo. Las instrucciones de Rosenhan eran: dentro del hospital debían comportarse de forma normal y decir que ya no oían voces.

La lógica indica que una vez que los médicos descubren que el comportamiento del voluntario es normal, dejarían que se fuera a casa. Pues no fue ese el resultado. En promedio, quienes participaron en el experimento estuvieron ingresados 19 días. Uno de ellos llegó a estar 52 (menudo amigo resultó ser Rosenhan). Los psiquiatras evaluaban continuamente a estos pacientes, que aseguraban estar sanos. Pero no les creían. El objetivo de Rosenhan era poner a prueba las técnicas de diagnóstico de los psiquiatras. En su opinión, cuando etiquetaban a alguien como enfermo mental, los médicos ya no veían a la persona, sino a la etiqueta.

Manipular a las masas.
Ron Jones, profesor en un instituto de California, Estados Unidos, dejó patas arriba las normas de su clase para poner a prueba a sus alumnos. Cuando un estudiante hablaba, se ponía de pie en posición de firmes al lado de su pupitre. Los alumnos de su clase y él tenían un saludo secreto, un gesto con la mano como si imitaran el movimiento de una ola. Y empezaron a crear eslóganes, como “La fuerza es fruto de la disciplina” o “La fuerza es fruto de la acción” o “La fuerza es fruto del orgullo”. Se autodenominaron como La Tercera Ola.

¿Qué ocurrió? Los alumnos se sentían cada vez más poderosos, más especiales, más importantes. Empezaron a reclutar a alumnos de otras clases. Ron Jones, deseoso de llevar su experimento hasta el final, convocó a todos los miembros de La Tercera Ola en la sala de actos del instituto, les puso un discurso de Hitler y les dijo que tenían que realizar una revolución social.

¿Qué querían investigar? Era 1971. Ron Jones quería demostrar lo sencillo que es manipular a las masas, como lo hizo Hitler. Al final del experimento, que duró apenas cinco días, les dijo a sus alumnos: “Habéis sido empujados por vuestros propios deseos hasta donde os encontráis ahora. La Tercera Ola solo ha sido un experimento. Habéis sido usados. Manipulados. No sois peores ni mejores que los nazis que hemos estudiado”.

Obedecer hasta la muerte
En 1961, el psicólogo Stanley Milgram, de la Universidad de Yale, reclutó a voluntarios para un experimento sobre memoria y aprendizaje. Los interesados llegaban a la sala donde les esperaba un científico y otro supuesto voluntario que, en realidad, era un colaborador. El investigador comentaba que quería medir la cantidad de castigo necesaria para mejorar la capacidad de aprendizaje. Para ello, el secuaz del investigador (que hacía de alumno) debía memorizar palabras que los voluntarios reales le leerían. Luego, estos leían la primera palabra del par y el alumno debía recordar la palabra asociada. Si fallaba, los maestros accionaban una llave para aplicar una descarga eléctrica. 

¿Qué pasó? El “alumno” fallaba, claro, porque era parte del experimento, y recibía descargas más intensas (no eran descargas reales, pero se quejaba como si lo fueran). Gritaba y se retorcía de dolor. Los voluntarios le decían al científico que, quizá, debían parar. Él les ordenaba que continuaran, que era su obligación. El 62,5% de los participantes aplicaron 450 voltios, a pesar de que a partir de los 300, el alumno se hacía el desmayado. ¿Qué querían investigar? En esa época, el mundo asistía al juicio contra Adolf Eichmann, responsable de la política de exterminio nazi contra los judíos. Eichmann nunca negó los hechos que se le imputaban, pero se defendía: “La persecución solo podía decidirla un gobierno, pero en ningún caso yo. En aquella época era exigida la obediencia”. Con este experimento, Milgram quiso explorar hasta qué punto nos podemos sentir obligados a seguir órdenes que pueden acabar con la vida de una persona.

El efecto espectador.
¿Paseas por una calle concurrida y una persona cae, ¿la ayudarías? En 1969, los psicólogos estadounidenses Bibb Latané y John Darley realizaron un experimento para descubrirlo. Los voluntarios se quedaban solos en una habitación; a veces, con un cómplice del psicólogo. Este decía que tenía que salir un momento. Los voluntarios esperaban, pero de repente oían mucho ruido en la sala de al lado.

Escuchaban que alguien gritaba y se lamentaba de dolor. ¿Qué hicieron los voluntarios? Si estaban solos, el 70% de ellos iba a la otra sala a prestar su ayuda. Si estaban acompañados, solo un 7% de los voluntarios se decidía a ayudar.

¿Qué querían investigar? Los psicólogos querían poner a prueba el efecto espectador en casos de emergencias. Estas situaciones, como la del grito en la sala vecina, son excepcionales y, en ocasiones, ambiguas.“En estas circunstancias buscamos elementos que nos den pistas, y habitualmente lo que hacemos es mirar qué hacen los demás”. Preferimos ser espectadores antes que protagonistas.

La cárcel de Stanford
Unos iban a jugar a ser guardias y otros a ser presos. Philip Zimbardo, psicólogo de la Universidad de Stanford, contrató en 1971 a un grupo de 24 estudiantes universitarios. Todos ellos, según un estudio previo, emocionalmente estables. Así que un buen día carceleros y delincuentes llegaron al que iba a ser su hábitat: un espacio de 10,5 m en el sótano del edificio de Psicología. Como escribió Zimbardo: “Se mandó desnudar a todos los presos, se les roció con un preparado despiojador y se les hizo estar de pie y solos, en cueros, durante cierto tiempo en el patio del sótano. Después de darles el uniforme y tomarles una fotografía, se llevó a cada uno a su celda y se les ordenó estar callados”. Les dieron un número. Los guardias, también voluntarios y emocionalmente estables, decidieron por su cuenta que si un preso se portaba mal, perdería un privilegio (como hablar con otros). Y fueron aumentando los castigos: les prohibían comer, dormir o les obligaban a estar incomunicados. A las 48 horas, algunos presos intentaron amotinarse. Varios presos empezaron a padecer pensamiento desorganizado y síntomas de depresión. Así que Zimbardo canceló el experimento a los seis días. Tenía previsto que durara dos semanas.

¿Qué querían investigar? Por qué muchas personas son tan sádicas en algunas situaciones. Que los presos se convirtieran en números permitió que los vigilantes sintieran que tenían delante a un ser que era menos persona. Deshumanizaron a los presos y les despojaron de sus derechos.

A prisión por un verbo
Imagina que tu futuro depende de la memoria de un testigo. ¿Quieres saber si sus recuerdos son fiables? A mediados de la década de 1970, los psicólogos estadounidenses John Palmer y Elizabeth Loftus pusieron en marcha este experimento. Siete personas veían los mismos vídeos sobre siete accidentes de tráfico. La clave era la pregunta que les hicieron después de verlos. Los investigadores tenían la hipótesis de que el verbo usado en la cuestión podía desempeñar un papel fundamental en la respuesta que dieran los testigos.

Por tanto, formularon la misma pregunta con cinco verbos diferentes: “¿A qué velocidad iba el coche cuando se estrelló/chocó/se cruzó/colisionó/entró en contacto?” Esta es la velocidad media a la que iba el coche según las respuestas de los voluntarios en función del verbo: estrellarse (65,65 km/h), chocar (63,23 km/h), cruzarse (61,30 km/h), colisionar (54,71 km/h) y entrar en contacto (51,17 km/h). Cuanto más suave era el verbo, más lento iba el auto.

¿Qué querían investigar? Las distorsiones de nuestra memoria. ¿Cuántas personas están en la cárcel por un error de memoria de un testigo? Según el presidente de la Asociación Americana de Psicología Legal, Gary L. Wells, las malas identificaciones causan el 80% de las condenas erróneas en Estados Unidos.

Aterrorizar a un niño
¿Qué pasaría si a un niño que no le tiene miedo a las ratas blancas le presentamos una y al mismo tiempo hacemos un ruido muy fuerte? En 1919 John B. Watson, psicólogo de la Universidad Johns Hopkins y uno de los padres del conductismo, se hizo esta pregunta.

Para su investigación eligió a Little Albert, un niño de un año, sano y feliz, que no le temía a estos roedores.

En su experimento, cada vez que el pequeño Albert se acercaba a acariciar a la rata, Watson provocaba un ruido muy intenso. Tiempo después, el niño lloraba asustado cuando veía a la rata blanca, a pesar de no escuchar ningún ruido.

¿Cuál era el propósito?
¿Recuerdas el famoso experimento del perro de Pavlov? Sí, aquel que llevó a cabo a principios del siglo XX el psicólogo ruso Iván Pavlov. Consistía en hacer sonar una campana cada vez que le presentaba comida a un perro. El perro salivaba por la comida. Pero en su mente fue asociando la comida al sonido de la campana. Y finalmente, salivaba con solo oír el sonido de la campana. Watson tuvo la cruel idea de ponerlo en práctica con un niño.

Monos ejecutivos
Para este experimento utilizaron seis monos rhesus, especie muy común en estas investigaciones porque su comportamiento y emociones son muy similares a los humanos.

Los primates estaban encerrados por parejas en diferentes jaulas. Y recibían descargas eléctricas durante dos sesiones de seis horas cada una y un par de veces al día. Un miembro de cada pareja podía accionar una palanca para impedir las descargas. Algunos aprendieron a hacerlo. Pero, ¿qué les pasó? Todos los que aprendieron a accionar la palanca desarrollaron una úlcera gastrointestinal.

¿Qué se quería investigar? Lo malo que es el estrés. Joseph Brady, el psicólogo estadounidense que realizó esta prueba en 1958, bautizó a los participantes como “monos ejecutivos”. Y demostró que el estrés nos puede enfermar. En este caso, ocasionado por saberse responsables de poder evitar las descargas eléctricas.

Enemigos y amigos
En 1954, el psicólogo Muzafer Sherif, considerado uno de los fundadores de la psicología social, tuvo la idea de llevar a dos grupos, cada uno de 11 niños, a un campamento de verano en Oklahoma, Estados Unidos.

Los menores no se conocían entre sí. Uno de los grupos era el de las Águilas y el otro el de las Serpientes de Cascabel. Para empezar, no mantuvieron contacto entre ellos. Realizaban actividades como montañismo. De este modo, los niños fortalecían los vínculos con los miembros de su grupo. Pero pasados unos días, Sherif puso a competir a los dos equipos en actividades deportivas. La rivalidad era atroz. Algunos niños, incluso, robaban víveres del equipo contrario.

Sherif se planteó que quizá era tan fácil enfrentar a dos grupos como reconciliarlos. Llevó a cabo actividades no competitivas para calmar los ánimos. Nada. Así que se le ocurrió plantearles un reto que les afectara a ambos. Averió el camión que llevaba la comida al campamento. Así que si querían cenar esa noche, los dos grupos tenían que empujar el camión. Y lo hicieron en equipo. Otro día, el psicólogo cortó el suministro de agua. En unas horas, ambos grupos
se habían organizado y consiguieron arreglar el problema.

¿Qué querían investigar?
Dinámicas entre grupos rivales. Y qué fácil es hacer las paces cuando hay intereses comunes. Como escribió Sherif: “La hostilidad desaparece cuando los grupos se unen para alcanzar metas dominantes, que son reales y apremiantes para todas las personas en cuestión”.

Resistir la tentación
Paciencia” y “niños” son dos palabras que no suelen ir juntas. Pero en 1968 el psicólogo Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, quiso poner a prueba el autocontrol de varios infantes. El experimento fue el siguiente: los niños entraban en la sala en la que estaba el científico. Este les señalaba una golosina que había dejado encima de la mesa. Los niños, claro, abrían los ojos como platos. Pero el investigador les decía que tenía que salir un momento. Y que si a su vuelta no se habían comido el dulce, les daría otro. Algunos niños lograban reprimirse (se tapaban los ojos, por ejemplo, o se ponían a cantar para distraerse), algunos aguantaban un rato, y otros se lanzaban por la golosina enseguida.

¿Qué querían investigar? La importancia del autocontrol. Walter Mischel realizó un seguimiento de los chicos que habían participado en su experimento durante varios años. Y descubrió que aquellos que habían sido pacientes y resistieron la tentación obtenían puntuaciones por encima de la media en una prueba de aptitud escolar. Además, sus padres decían que tenían más autoestima.

Es decir, la capacidad de tolerar la frustración en la infancia es un buen termómetro de la salud mental en la edad adulta.





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