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jueves, 2 de abril de 2015

El museo de las especies extinguidas

Gorilas, leones, jirafas, cocodrilos, osos, patos y mucho más. Un gran y variado número de animales conviven en las 107 hectáreas de espacios verdes que forman el Bronx Zoo de Nueva York, uno de los zoológicos más grandes del mundo. En él residen más de 600 especies que muestran lo diversa que es la naturaleza.

Entre los feroces tigres, los divertidos monos y las escalofriantes serpientes, hay un pequeño rincón que no suelen tener otros zoológicos: un espacio que recuerda a los animales que ya no están. En él, se rinde homenaje a aquellas especies que, por la acción del hombre, han acabado extinguiéndose. No se trata de un museo para mostrar a los visitantes la historia de las criaturas desaparecidas ni de una simple placa conmemorativa en la entrada. El lugar elegido para recordar a las especies extinguidas es, en realidad, un cementerio.

El cementerio de las especies extinguidas forma parte de las actividades que realiza el zoo cada vez que llega Halloween. Situado en el césped del ‘Mouse House’ (‘La Casa del Ratón’, en español), una de las áreas en que se divide el zoo, los neoyorquinos descubren cada año las lápidas de algunas de las especies que dejaron nuestro mundo entre los siglos XVII y XX.

Estas lápidas muestran el lugar que solían habitar, así como el año en el que fueron vistas por última vez. La especie más lejana en el tiempo es el ave dodo
tal y como indica su lápida, en 1681 falleció el último ejemplar. Del tamaño de un cisne y con unas coloridas plumas, fue precisamente la codicia de los cazadores lo que provocó su extinción.

La desaparición más reciente tuvo lugar en 1989, año en que los científicos vieron por última vez al sapo dorado. Natural de Costa Rica, fue perdiendo su hábitat por el aumento de las temperaturas como consecuencia del calentamiento global hasta que un hongo que podía adherirse a su piel y asfixiarlo acabó con este peculiar anfibio.

Este cementerio permite pasear entre curiosos animales. Uno de ellos despareció en 1883, cuando fallecía en el Zoo de Ámsterdam el último quagga del mundo, un pariente de la cebra que tenía el pelo de color rojizo y en lugar de relinchar o graznar, parecía decir ‘quagga’.

El bandicut de pies de cerdo, una rata australiana con unas uñas delanteras parecidas a las de un gorrino, también tiene un hueco en el cementerio del Bronx Zoo. El último ejemplar de este pequeño marsupial fue capturado en 1901, pero en la década de los cincuenta desaparecieron completamente. La llegada de los colonos europeos a Australia y las costumbres que llevaron consigo alteraron las condiciones del suelo, dejando a los bandicutes de pies de cerdo sin alimento.

El cementerio del Bronx Zoo es desafortunadamente extenso. Otra lápida homenajea al tigre de Tasmania – no confundir con el famoso demonio de Tasmania. 
Conocido también como lobo marsupial, fue el último marsupial carnívoro que vivió en el Holoceno. Localizado en Tasmania, pero también en Australia y Nueva Guinea, este pequeño mamífero era capaz de devorar a un canguro.

En 1930, un granjero acababa con la vida del último tigre de Tasmania salvaje, sumándolo a la lista de especies extinguidas que ahora cuentan con una lápida en este peculiar rincón del zoo neoyorquino.






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