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lunes, 25 de enero de 2016

Los embotellamientos de tránsito están matando silenciosamente, a muchísima gente

Antes, cuando creíamos que las únicas muertes por culpa del tráfico eran las de los accidentes, vivíamos más tranquilos. Bastaba con conducir con precaución, evitar a los pirados y tener un poco de suerte. Sabíamos cuándo y cómo alguien había desaparecido para siempre ­–veíamos el coche reventado, las sirenas de las ambulancias, las camillas– y estábamos casi seguros de que no nos tocaría a nosotros. Esa extraña tranquilidad es historia.


El motivo es que ya no se percibe claramente el momento en el que a alguien le está tocando la bola negra, porque la amenaza ni es espectacular ni genera un dolor tremendo e instantáneo. Con absoluto sigilo, las emisiones de los vehículos en los atascos segaron la vida de más de 3.000 personas al año a principios del siglo XXI en Estados Unidos, según un estudio de la Universidad de Harvard. En estos momentos, la contaminación del aire que producen sobre todo los embotellamientos está acabando con la vida de 9.500 vecinos de Londres cada doce meses. Los números de París, con niveles semejantes de polución, son probablemente igual de devastadores.

Esa lacra también afecta a los países emergentes. El Instituto de Salud y Sostenibilidad de Sao Paulo ha documentado el fallecimiento prematuro de 4.655 residentes en 2011 debido a la contaminación del aire, que proviene principalmente de las emisiones de los vehículos durante las aglomeraciones. Esto significa que es cuatro veces más probable morir intoxicado simplemente por respirar en un atasco que por un accidente de tráfico.

¿Pero qué es exactamente lo que nos mata y hace enfermar en los embotellamientos de tráfico? Básicamente, que estamos mucho más tiempo en la carretera tragando humo, que las emisiones tóxicas que respiramos están mucho más concentradas (su dispersión depende de la velocidad de los vehículos y desciende cuando avanzamos muy lentamente) y que los frenazos y acelerones pueden llegar a multiplicar por dos, tres y hasta cuatro las emisiones tóxicas de los vehículos. Como indican los investigadores Kai Zhang y Stuart Batterman, el riesgo de contraer enfermedades ligadas a la contaminación del aire se dispara en las horas punta y no solo afecta a los pasajeros de los coches, sino también a las poblaciones próximas a las vías donde se forman las colas.

Focos tóxicos
Las emisiones tóxicas no son solo desagradables retazos de humo gris y olores más o menos agobiantes. El microscopio revela sobre todo la peligrosa acción de las zarpas del dióxido de nitrógeno, de las pequeñas partículas (llamadas PM2,5 porque miden 2,5 micras) y de un tipo de ozono. El dióxido de nitrógeno irrita y araña los pulmones, debilita las defensas contra virus como la gripe y genera enfermedades respiratorias en los niños y ancianos. Las PM2,5 añaden a esos problemas respiratorios otros adicionales como el asma y a veces se cuelan en el torrente sanguíneo y aumentan así las probabilidades de sufrir un infarto. El ozono, que en este caso es básicamente el resultado del contacto entre los rayos del sol y algunas sustancias como el dióxido de nitrógeno, puede dañar irreparablemente los pulmones.


Estos son los lugares de Europa donde es más fácil morir y enfermar esencialmente por culpa de los atascos con la ayuda de las emisiones de calefacciones e industrias próximas: Londres, Stuttgart y París gracias al dióxido de nitrógeno; muchas de las principales ciudades polacas en el capítulo de las PM2,5; y, si hablamos de ozono, Italia se lleva la palma con localidades como Terni, Benevento o Siracusa

La situación en los países emergentes, por supuesto, es mucho más peligrosa. Aunque China e India siempre lideran los rankings por la terrible calidad de su aire, en ciudades como México DF es donde mejor se aprecia la contaminación que están creando las aglomeraciones de vehículos, porque allí son la principal fuente de emisiones tóxicas. En lugares como Pekín, en cambio, la industria pesada tiene un papel más importante. El TomTom Traffic Index ha destacado a la capital azteca como una de las ciudades del planeta donde el tráfico es más infernal. Tanto que las autoridades han decidido instalar unos teleféricos que llaman góndolas dentro de la red de transporte público para aligerar las carreteras. A pesar de eso, la niebla tóxica que producen coches, motos y camiones sigue envolviendo muchos días la urbe como un sucio y grasiento pañuelo.

Los deberes
Richard Fuller, presidente de la plataforma medioambientalista Pure Earth y con experiencia en México, cree que, para remediar esta situación e impedir más muertes en los países emergentes, no hay atajos: «Es imprescindible que se instalen buenos equipos para controlar la contaminación, que se mejore la calidad del combustible, que se introduzcan catalizadores [unos componentes del motor que ayudan a reducir la emisión de gases], que se acelere la transición hacia el vehículo eléctrico, que se limiten los atascos y el acceso a los cascos urbanos y que descienda el número de motos viejas».

Los países desarrollados también tienen que hacer sus deberes, según Arne Fellerman, responsable de política de transporte de Amigos de la Tierra en Alemania. Arne apuesta por iniciativas ambiciosas como «prohibir la circulación de vehículos diésel en determinadas áreas urbanas», «planificar zonas de bajas emisiones» y restringir la entrada a un núcleo urbano con «una tasa sobre la aglomeración, subiendo el precio de los parkings o reduciendo las plazas de aparcamiento disponibles». Todo ello debe ir acompañado, apunta, «de un buen sistema de transporte público y de vías para los ciclistas».

Una de las capitales con el aire más contaminado sobre todo por los embotellamientos y que ha realizado notables esfuerzos en los últimos años es Londres. Un estudio reciente elaborado por Amigos de la Tierra en Alemania y la Oficina Europea de Medio Ambiente muestra que no solo se han conformado con prohibir o dificultar la entrada en la ciudad de vehículos pesados con la excepción del transporte público, sino que se han atrevido a reformar cientos de autobuses o a imponer la retirada de los taxis con más de 15 años. Londres ha lanzado también, entre otras medidas, un programa de incentivos para que se compartan más vehículos y va a aumentar su capacidad ferroviaria en un 10%. Son conscientes de que las emisiones de los medios de transporte están matando a miles de personas todos los años… y parece que quieren decir basta.

A pesar de eso, la gravedad de la situación ha adquirido una magnitud tal que los expertos como Arne ya no creen que las iniciativas de la capital británica sean suficientes. La contaminación del aire que sufrimos, dicen, debería forzar a las ciudades a tomar decisiones mucho más drásticas para proteger la salud de sus ciudadanos y la de sus hijos y ancianos, que son más vulnerables a las enfermedades respiratorias.

Sin embargo, la gran pregunta es qué pueden hacer los alcaldes y los políticos si sus vecinos prefieren aceptar los atascos, asumir que miles de ellos van a morir y enfermar por su culpa, y seguir respirando a pleno plumón aire contaminado. Aunque los excesos de los ecologistas que predicen con regularidad el fin del mundo han minado su credibilidad, deberían escuchar sus señales de alarma esta vez y también las de los médicos y científicos que relacionan directamente las aglomeraciones de coches con más infartos, más asma y, en circunstancias extremas, más cáncer. 



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