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jueves, 31 de marzo de 2016

El sorprendente caso del mago que evitó una revolución

Un mago debe dejar con la boca abierta a niños y adultos en los espectáculos que organiza. La chistera, la varita o la baraja de cartas son los elementos más clásicos para ello. Además, algunos de ellos pueden ser de vital importancia si el Gobierno del país del mago le pide un favor fuera de lo común. Eso fue lo que le sucedió a Jean-Eugène Robert-Houdin (El que le inspiró su nombre a Harry Houdini) cuando Francia le rogó que hiciera unos trucos muy especiales nada más y nada menos que en la Argelia colonial.

En septiembre de 1856, los franceses tenían problemas en la otra orilla del Mediterráneo. Varias de las tribus de Argelia estaban intentando llevar a cabo una revolución en la colonia y la administración gala no sabía qué hacer. El Gobierno de Napoleón III decidió probar una táctica que se alejaba de cualquier método militar clásico e incluso de estratagemas de los más avezados generales de entonces: llevar a un mago.

¿Y por qué a un mago? Porque solo un Jorge Blass o un Juan Tamariz de mediados del siglo XIX podría enfrentarse a sus colegas los brujos de las tribus africanas con sus mismas armas y dejar boquiabiertos a estos y al resto de su comunidad. Y para ello, confiaron en uno de los mejores de aquel entonces.

Aunque estaba retirado, París convenció a Jean-Eugène Robert-Houdin, considerado el padre de la magia moderna, para que viajara a Argelia y ejecutara sus trucos ante los magos tribales, que eran quienes estaban liderando el levantamiento para expulsar a los franceses. Años más tarde escribiría en su biografía que estaba “orgulloso de poder prestar un servicio a mi país”. El objetivo del viaje era desacreditar a los magos sagrados de las tribus, que usaban trucos propios de los faquires, como comer cristales, caminar sobre fuego o encantar a serpientes, para asombrar a sus vecinos y criticar a los franceses.

A finales del mes siguiente, el día 28 de octubre, 60 jefes tribales y sus séquitos acudieron a un teatro de Argel. En él les esperaba el mago Robert-Houdin para sorprenderles. Para comenzar, se sirvió de un truco clásico que aún puede verse en la actualidad: sacar un ramo de flores de un sombrero. Por si eso pudiera parecer poco, del complemento también llegó a extraer una bala de cañón.

El espectáculo continuó, ante la atónita audiencia. El galo tiró unas monedas al aire, que aparecieron en una caja de cristal suspendida sobre las cabezas de los asistentes. Luego, una ponchera que estaba vacía se llenó de vapor con olor a café. ¿De dónde había surgido eso? Además, Robert-Houdin hizo desaparecer a una persona del público y atrapó una bala con los dientes, dos números que muchísimos magos han imitado hasta nuestros días.

Mago con sombrero
Además, Robert-Houdin intentó aniquilar el orgullo de los asistentes. Tras estos clásicos trucos, llevó al escenario una caja fuerte con una especie de anilla. Pidió que subiera un voluntario fuerte. Uno de los miembros de las tribus lo hizo. Cuando el mago le pidió que alzara la caja sujetando la anilla, este lo hizo con facilidad. Acto seguido, la soltó y el mago le apuntó con su varita. “Ahora eres más débil”, dijo, “intenta levantar la caja”.

Los argelinos asistieron entonces a un momento desasosegante: el voluntario cogió la anilla de nuevo y quiso levantar la caja fuerte, pero no lo consiguió. Lo intentó numerosas veces, mientras sus compañeros lo jaleaban, pero terminó dándose por vencido. Es más, de repente sufrió un espasmo que le hizo soltar la argolla y caer al suelo. Viendo todas estas proezas y cuando el espectáculo terminaba, los líderes tribales salieron huyendo del teatro mientras gritaban “¡Shaitán!”, o lo que es lo mismo: Satán, el demonio en árabe.

El mago revela sus trucos

Más tarde, Robert-Houdin pidió a los traductores que explicaran que no había nada sobrenatural en lo que había hecho, tan solo teatro y ciencia. Es más: contraviniendo una de las máximas de la magia (un mago nunca revela sus trucos), llegó a confesar algunos de ellos. Así, el motivo por el que el voluntario no pudo levantar la caja en su segundo intento no era otro que la atracción ejercida por el potente imán situado bajo el escenario, puesto después de la primera subida. Y la razón por la que el hombre soltó la anilla de repente fue que recibió una pequeña descarga eléctrica.

Tres días después de aquello, 30 jefes tribales se presentaron ante él para alabar su arte. Pero también para lo que había sido el objetivo del viaje del mago: prometer lealtad a Francia.

Robert-Houdin (1805-1871) está considerado el padre de la magia moderna, como quedó demostrado por usar trucos y elementos que han llegado hasta nuestros días, como los sombreros mágicos o las monedas que llegan a sitios totalmente imprevistos. Además, intentó tener ese aspecto pulcro y elegante que algunos siguen imitando en la actualidad. Por otra parte, optó por actuar en teatros o fiestas, alejándose así de quienes hasta entonces lo hacían en ferias.

De profesión relojero, abandonó las agujas cuando alcanzó el éxito con sus trucos y autómatas, que creó tras leer un libro sobre espiritismo e interesarse por esos temas. Se retiró en 1855, pero apenas unos meses después tuvo que regresar cuando se lo pidió el Gobierno galo. Escribió su vida en una autobiografía, ‘Las memorias de Robert-Houdin’, que años más tarde, en 1890, leería otro gran ilusionista.

Un tal Ehrich Weiss quedó tan impresionado por las proezas de este mago que decidió tomar parte de su apellido para su nombre artístico. Así, Weiss se convirtió en (Harry) Houdini. Al parecer, le añadió una “i” porque creía que en francés eso significaba ‘igual a’. Más tarde, sin embargo, renegó de él, porque creía que se había apropiado del trabajo de otros ilusionistas. En cualquier caso, ambos magos demostraron su importancia en la historia del ilusionismo. Para entretener gente o para sofocar revoluciones.



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