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sábado, 30 de abril de 2016

El viaje en globo que casi llegó al espacio

Las palomas muertas deberían haber sido una advertencia para James Glaisher.

El 5 de septiembre de 1862, el científico realizaba uno de sus primeros vuelos en globo junto a brújulas, termómetros, botellas de coñac y seis aves.

"Una de ellas fue lanzada a la altura de 5 kilómetros", escribió más tarde Glaisher.

"Cuando extendió sus alas descendió como una hoja de papel. La segunda, a 6,5 kilómetros, voló dando vueltas vigorosamente", escribió.

"Una tercera fue lanzada entre 7 y 8 kilómetros de altura y cayó hacia abajo como una piedra", anotó Glaisher.

El límite
Tan pronto tomó nota de estas observaciones, empezó a sentir la "enfermedad del globo".

Su brazo estaba apoyado sobre la mesa, pero no respondió cuando trató de levantarlo.

Alarmado, intentó llamar a su aeronauta, Henry Coxwell, pero las palabras se congelaron en su boca y su cabeza cayó a un lado sin poder hacer nada.

Glaisher sabía que el final estaba cerca.

"En un momento, la oscuridad me superó. Yo creía que no iba a experimentar nada más que la muerte si no descendíamos rápidamente".

Sorprendentemente, tanto Coxwell como Glaisher sobrevivieron gracias a un golpe de suerte de último minuto que los salvo de morir.

Su situación límite es una de las historias más temerarias en la aviación y tal vez también un vistazo adelantado del futuro de los viajes espaciales.

En las nubesGlaisher apuntó la mirada hacia el cielo infinito por primera vez mientras sobrevolaba Irlanda, haciendo el mapeo de los contornos más altos de sus picos.

"A menudo me vi obligado a permanecer largos períodos por encima o envuelto en la nube", escribió.

"Eso me llevó a estudiar los colores del cielo, los delicados matices de las nubes, el movimiento de masas opacas, las formas de los cristales de la nieve", anotó.

Su interés alcanzó su punto máximo cuando se trasladó a los grandes observatorios de Cambridge y Greenwich.

"A menudo, cuando una barrera de nubes oculta de repente las estrellas de la vista, he deseado conocer la causa de su rápida formación y los procesos de acción en torno a ellas".

El océano aéreo
Los vuelos en globo habían progresado algo desde que los hermanos Roberts trataron de guiar sus vuelos con remos y sombrillas a finales del siglo XVIII.

Volar en globo ya era una actividad de creciente interés para científicos como Glaisher.

En contraste con los globos de aire caliente de hoy en día, sus naves estaban llenas de un gas ligero, como el hidrógeno, permitiendo que los aeronautas se elevaran, en palabras de Glaisher, "con la facilidad de un vapor ascendente (...) impulsados por el gas aprisionado".

Para elevarse, tendrían que arrojar los sacos de arena fuera de la cesta y para descender abrir una válvula que permitiría la lenta salida del gas.

Una vez estaban lo suficientemente cerca de tocar tierra, bajaban un ancla "que podía engancharse a un árbol o a unos arbustos", explica John Baker, el archivista de la Librería y Museo del Globo Británico.

Mientras los demás mantenían la mirada hacia abajo, James Glaisher quería llegar a lo más alto.

Y así explorar el "océano aéreo" que ofrecía un auténtico "mar sin límites de la investigación".

El mundo desde el cielo

Después de persuadir a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia para financiar sus viajes, Glaisher se asoció con el aeronauta experto Henry Coxwell para hacer esos viajes hacia lo desconocido.

Después de algunos contratiempos iniciales, la pareja hizo su primer vuelo el 17 de julio de 1862, que despegaba de Wolverhampton a las 9:43 de la mañana.

En 12 minutos ya habían alcanzado y pasado a través de las nubes.

Bajo el calor del sol, el globo -una enorme construcción que almacena 2.500 metros cúbicos de gas- se llenó hasta volverse una esfera casi perfecta.

El cielo, escribió Glaisher, había tomado un "profundo color azul de Prusia".

Con los baratos y accesibles vuelos de hoy, es fácil olvidar el romance de viajar miles de metros por encima del suelo.

En 1862, sin embargo, Glaisher era parte de un pequeño grupo de personas que habían visto el mundo de esta manera y sus descripciones líricas nos sirven para imaginar aquellos vuelos con nuevos ojos.

Él describe la "belleza suprema" de las nubes que "se presentan en escenas de montaña de infinita variedad y grandeza".

La sombra del globo en las nubes por debajo estaba "rodeada de una especie de corona teñida con los colores del prisma".

Sus vuelos posteriores partieron del Crystal Palace en Londres, que ofrece una vista única de la capital británica.

"Las esferas iluminadas de reloj de Westminster eran como dos lunas aburridas," escribió Glaisher.

Mientras que Commercial Road "apareció como una línea de fuego brillante".

La comparación más cercana, pensó Glaisher, era la Vía Láctea en una noche clara.

Aquel 5 de septiembre de 1862
El célebre vuelo del 5 de septiembre (de nuevo desde Wolverhampton) comenzó de forma prometedora.

"Una inundación de luz solar intensa estalló sobre nosotros con un hermoso cielo azul y debajo de nosotros se extendía un magnífico mar de nubes, su superficie variada con interminables colinas, cerros y cadenas montañosas".

Pero pronto el idílico viaje se transformó.

Cuando superaron las cinco millas de altura, la temperatura cayó por debajo de -20ºC y Glaisher empezó a notar dificultades con su visión.

"No pude ver bien la columna de mercurio en el termómetro ni las manecillas del reloj, ni las divisiones finas en los instrumentos".

Claramente debían descender. Sin embargo, el control de la válvula del globo se había enredado en las otras cuerdas.

Coxwell tuvo que salir de la canasta para liberarlo y, mientras estaba trepando peligrosamente para volver dentro, Glaisher perdía lentamente la conciencia.

De vuelta en la canasta, Coxwell sintió que él también perdía el control de sus extremidades.

Al darse cuenta de que su vida estaba en peligro, él se agarró del control de la válvula con los dientes y jaló con su cabeza varias veces.

Para su inmenso alivio, la válvula se abrió y comenzaron el descenso.

Glaisher despertó al oír a Coxwell murmurar.

"He sido un inconsciente", dijo aquella vez.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que Glaisher retornara a sus experimentos.

De las palomas, solamente una permaneció con ellos hasta el momento que retornaron al suelo.

Parecía tan traumatizada por la experiencia que se aferró a la mano de Glaisher durante 15 minutos antes de poder tomar el vuelo.

Se estima que ascendieron 11 kilómetros, la altitud más alta que un vuelo tripulado había alcanzado hasta ese momento.

Ni Glaisher ni Coxwell podrían haber comprendido plenamente la causa de la "enfermedad del globo".

El frío y la falta de oxígeno contribuyeron, sin duda, pero un artículo reciente en la revista Neurology Journal sugiere que también podrían haber estado sufriendo lo que experimentan los buzos si salen a la superficie demasiado rápido.

Gracias a la caída de presión durante el rápido ascenso, gases como el nitrógeno y el oxígeno se liberan en la sangre formando burbujas en el tejido neural.

El resultado son las náuseas, parálisis y pérdida de conciencia.

Ciudadanos del cielo
Glaisher reportó, con algo de estoicismo, que salió ileso del incidente.

"Ningún inconveniente siguió a mi inconsciencia".

Glaisher realizó otros 21 vuelos registrando observaciones que fueron cruciales para nuestra comprensión de clima.

Descubrió, por ejemplo, la manera en la que las gotas de agua se forman recogiendo la humedad mientras descienden a tierra.

Hoy en día, este tipo de mediciones se hace en globos meteorológicos no tripulados.

"Parecería que somos ciudadanos del cielo, separados de la Tierra por una barrera que parece insuperable", escribió sobre sus experiencias en globo.

"En el mundo superior, al que parecemos no pertenecer, el silencio y la tranquilidad son tan intensos que la paz y la calma parecen reinar solas".



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