¿Por qué se permitió fumar si desde el comienzo conocían el daño que éste hábito causa?

Ese momento decisivo en que la sociedad se concedió permiso para fumar podríamos encontrarlo en las palabras del botánico español Francisco Hernández de Boncalo, en el siglo XVI: “Aspirando el humo de la hierba del tabaco con boca y nariz cerradas, los haitianos provocan la expectoración, alivian el asma, se les embota el sentido de las penas y trabajos e invade el ánimo como un reposo que casi podría llamarse embriaguez. Además, no sienten los azotes ni otros suplicios e incrementan su vigor”.

¿Quién no iba a querer semejante antídoto contra casi todos los males? Así, los descubridores del Nuevo Mundo regresaban cargados de semillas de esta planta con virtudes asombrosas. El hábito indígena terminó convirtiéndose en un gesto refinado y distinguido en los ambientes más selectos de Occidente. Sin embargo, ya Boncalo sabía de la cara oscura de esta planta. Continúa el bontánico diciendo: “El abuso deja el rostro descolorido, la lengua sucia, la garganta palpitante y el hígado con ardor”.

Si se conocía tan pronto el daño que causaba, ¿por qué se permitió su consumo? El periodista Carlos Escolá investigó para encontrar la respuesta, y el resultado es el libro Licencia para matar, de la editorial Península.

Escolá documenta cómo el tabaco supuso una considerable fuente de ingresos tanto para el Estado como para la Iglesia. Y denuncia las malas prácticas de algunas empresas tabacaleras, juzgadas por pagar sumas millonarias a algunos investigadores para que “filtraran” sus informes sobre la peligrosidad del tabaco y “dulcificaran”, en cambio, las informaciones acerca del riesgo que corren los fumadores. Pero, además, si el tabaco llega, se queda. Su fuerte componente adictivo hace que fumar tenga difícil “cura”.

El doctor Francisco Camarelles, vicepresidente del Comité Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT), lo resume en una triple dependencia: “Dependencia biológica provocada por la nicotina; social, por el entorno en que se fuma; y psicológica, porque fumar no genera placer, sino que compensa el displacer de la angustia que crea la nicotina”. Fray Bartolomé de las Casas ya advertía en sus misivas a Colón de que la costumbre de fumar se estaba diseminando sin que estuviera en poder de los usuarios “rehusarse a ese gusto”. Pero hasta 1950 no se publicó el primer artículo que vincula el hábito de fumar y el cáncer de pulmón.

Es el primer aviso para las futuras campañas antitabaco. En esas fechas, la moda de fumar ya había calado en todas las capas sociales. En España, a finales del XVIII, fumaban los bandoleros, y las gitanas del barrio sevillano de Triana nunca tuvieron tanto glamour como cuando entraron a trabajar en la CAT, la primera tabacalera del mundo.

En tiempos de censura, el cigarrillo era una expresión carnal. No había escena más sensual que una actriz como Bette Davis fumando o pidiendo fuego.Pero no era un acto espontáneo. Según la Facultad de Medicina de la Universidad de California, Ligget & Myers gastó en 1946 el equivalente a 50 millones de dólares actuales en anuncios en Hollywood, más que todos los fondos invertidos por los estudios Paramount, 20th Century Fox, Warner Bros y Columbia Pictures para publicitar sus marcas. Las estrellas podían ganar hasta 5.000 dólares (75.000 dólares de hoy) por cabeza al año. Entre los artistas en “nómina” estaban Clark Gable, Spencer Tracy, Joan Crawford, John Wayne y Bette Davis, quienes –según los investigadores– apoyaron marcas tan conocidas como Lucky Strike, Chesterfield o Camel.

El Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades estima que solo en EE. UU., la exposición al tabaco en la gran pantalla podría haber reclutado en 2014 a más de 6 millones de nuevos fumadores jóvenes. Y así, no es difícil imaginar que cada vez que James Dean encendía un cigarro en escena, el mundo se llenaba de humo.


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