viernes, 29 de julio de 2016

¡Abrazo grupal!...y otras imágenes divertidas







El pececito de hierro que está ayudando a eliminar la anemia infantil en Camboya

En torno a 1.620 millones de personas sufren anemia ferropénica, es decir, carencia de hierro en su dieta. En consecuencia, casi un tercio de la población mundial está expuesto a “fatiga severa, mareos, dolor de pecho, cefaleas o complicaciones en el embarazo” por no tener acceso a una dieta suficientemente rica en hierro.

Sin la dosis apropiada de hierro, la sangre es incapaz de transportar oxígeno eficazmente a los tejidos del cuerpo. Insuficiente hierro significa insuficiente oxígeno. Esta modalidad de anemia es muy común en países en los que los alimentos con altos niveles de hierro -huevos, carne y hojas verdes- son poco comunes en la dieta. Por ejemplo, en Camboya, donde el 57% de los menores de 5 años en zonas urbanas y el 64% en zonas rurales eran anémicos.

Resolver un problema de estas dimensiones exige mucho esfuerzo… y algo de suerte. Afortunadamente, tenemos algo de suerte para compartir. En forma de pez.

El pececito de la foto está hecho de hierro y, obviamente, no es comestible. Sin embargo, si lo añades al agua de cocción del arroz con unas gotas de limón se convierte en una solución rápida y eficaz contra la anemia. Al hervirlo, el pez suelta una pequeña cantidad de hierro en la comida, suficiente para cubrir el 75% de las necesidades diarias de hierro recomendadas para un adulto, más aún para un niño”, según explica su creador, Christopher Charles.


Parece sencillo, pero es mucho más que sencillo: es ingenioso. Hacer algo sencillo no significa necesariamente que la gente lo va a usar; en realidad, el reto es lograr algo que cambie el comportamiento de la gente. Y ahí es donde brilla con luz propia el Pez de Hierro de la Suerte: “No existe una razón científica por la que un trozo de hierro tenga que tener forma de pez -escribe Now I Know-, cualquier pedazo de hierro puede servir igual. Sin embargo, cuando el Dr. Charles y su equipo distribuyeron discos de hierro como parte de su programa de investigación se encontraron con un problema: las mujeres eran reacias a cocinar con el disco, así que el grado de adopción fue muy bajo. La solución, aunque sencilla, no era intuitiva para ellas”.

En este punto, los investigadores tuvieron la genial idea de moldear la ciencia con un el cincel de la superstición. Dado que en Camboya existe la creencia de que ciertos tipos de pez dan buena suerte, decidieron capitalizar esta creencia y dar esa forma a los fragmentos de hierro. ¡Bingo!

“Según Charles, distribuyeron 400 peces en cinco comunidades y encontraron que un asombroso 90% de las familias utilizaba el pez a diario, relata Slate. Los análisis de sangre de los usuarios mostraron un 50% de descenso en la incidencia de anemia ferropénica y un incremento sustancial de los niveles de hierro en la sangre tras nueve meses de uso”.

El experimento sigue en marcha en Camboya y no deja de crecer en el resto del mundo. Según la página web Lucky Iron Fish, más de 30.000 pececillos de hierro han iniciado su singladura hacia Asia. La iniciativa ha recibido el reconocimiento de los creativos: el pez de la Fortuna fue galardonado con el Grand Prix de diseño en el último Festival de Creatividad de Cannes.



Ingenioso método para pesar la comida sin balanza.

No son pocas las veces que nos hemos propuesto seguir una dieta equilibrada y sana. Aunque en casa lo más sencillo para cumplir a rajatabla con nuestro propósito sea pesar los alimentos para calcular las cantidades idóneas, si salimos a comer fuera el asunto se nos complica un poco. Mil veces nos han hablado de las calorías de una porción de pizza, de un trozo de lasaña o de un vaso de vino pero… ¿Quién me asegura a mi que la cantidad que se prepara en los restaurantes corresponde con la porción que indican los nutricionistas? Gracias al método ideado por investigadores de la Universidad de Sydney, tendremos la medición del tamaño de todo tipo de manjares al alcance de nuestras manos. Nunca mejor dicho.

No cabe duda de que existen ya muchos y muy variados sistemas a nuestra disposición para estimar el peso de una porción de comida. El más preciso de todos pasa, evidentemente, por utilizar una báscula. Pero si no disponemos de una, como sucede cuando comemos o cenamos fuera, normalmente realizamos estimaciones basadas en percepciones subjetivas, llegando a aplicar los métodos de medición caseros (una taza de aquello, una cucharada de lo otro…) si nos toca cocinar sin un peso a mano.

Ahora, y para ayudarnos un poco, investigadores de la Universidad de Sydney han desarrollado un método para calcular el peso de forma sencilla estemos donde estemos. Y no, no se trata de una báscula portátil. Tampoco se trata de dar la lata al cocinero para que nos confiese la cantidad de calorías de su plato. El truco lo tenemos en nuestras propias manos: utilicemos los dedos como regla para medir las dimensiones de las comidas y calcular así su volumen.




Después de analizar diversos métodos, los investigadores se dieron cuenta de que nada de lo que desarrollaran iba a ser lo suficientemente útil si involucraba un objeto que tuviéramos que llevar siempre con nosotros. Tenía que ser más práctico, más sencillo. Algo que pudiéramos hacer con nuestras propias manos. Dicho y hecho.

Comprendieron entonces que, en realidad, las comidas se ajustan a ciertas formas. Por ejemplo, una lasaña podría compararse con un prisma rectangular, una copa de vino con un cilindro, y una porción de sandía con un prisma triangular. Creyeron por tanto que, si eran capaces de medir las dimensiones, y aplicando la fórmula de cada una de ellas para calcular el volumen, podrían estimar el peso de los alimentos de manera objetiva y bastante precisa.

En este video explicativo Alice Gibson, la directora del proyecto, estima el volumen de los alimentos según su forma. Para que lo entendamos mejor, utiliza un trozo de lasaña. Al ser un prisma de forma triangular la fórmula para hallar su volumen es multiplicar el ancho, por el largo y por la altura.

Sal del Himalaya, para cocinar "a la última moda"

La alta, nueva o cualquier calificativo que se le quiera poner a la cocina con un poquito de postureo no deja de sorprendernos. No son solo los platos sofisticados que alimentan más por los ojos que por la boca (si es que llegan a satisfacernos). Ni siquiera la quinoa, los ‘smoothies’ y demás comidas hípsters. No. No es la sal gorda en la que se guardan los jamones de la matanza invernal o la sal fina que le echas a la barrita de tomate que cada mañana te pides en la cafetería de la esquina. La sal rosa budista del Himalaya se extrae de unas minas localizadas en Punjab, en Pakistán. Allí es conocida como “oro blanco”.

De esos terruños saltó al resto del mundo hace unos años y ahora la tenemos en las cocinas más elegantes de cualquier ciudad. Se pueden encontrar en tiendas de comidas artesanal hasta en tratamientos de spa o incluso en tiendas de diseño, porque mucha gente la ha usado para crear lámparas.

En Estados Unidos, uno de los países donde se ha popularizado, grandes cadenas como Amazon o Walmart venden sal rosa del Himalaya a un precio que puede llegar a ser 20 veces mayor que el de la sal convencional. La sal rosa tiene su origen hace 200 millones de años, cuando la lava cubrió unos lechos de sal marina cristalizada en el Himalaya. Durante este tiempo, la sal permaneció bajo la nieve y el hielo, que la protegieron de cualquier tipo de contaminación.

Ahora, se está extrayendo a mano, sin procesar, lo que la convierte en una de las sales más puras del planeta. Gracias a ello contiene cerca de 80 minerales, como fósforo y zinc. Incluso tiene menos sodio que la sal convencional. Y claro, con ese batiburrilo de componentes, no podía dejar de aparecer quien creyera que hay beneficios para la salud o para el cuerpo humano de todo tipo. Entre dichos beneficios están ventajas para el sistema respiratorio o los huesos, pero también para aumentar la libido.

Por internet se pueden encontrar otras muchas supuestas propiedades que dan un poco de miedo, sobre todo si dudas y no piensas directamente que es un engaño y a otra cosa, mariposa. Así, algunos cuentan que la sal del Himalaya equilibra el exceso de acidez de las células, sobre todo de las células del cerebro, y contribuye a la generación de energía hidroeléctrica en las células del cuerpo, como si tu esqueleto fuese una represa hidroeléctrica.

Ahora bien, los nutricionistas no están tan de acuerdo. Entre otras razones porque, a pesar de su abundancia de minerales, estos se encuentran en cantidades muy pequeñas. Podemos encontrarlos en mayor cantidad en otros alimentos, como la carne, las verduras o los cereales. Además, la sal de mesa trae en muchas ocasiones yodo, muy necesario para el metabolismo y la tiroides.

Modelos de Playboy fotografiadas décadas después

Pocas revistas para hombres son tan icónicas como Playboy. Fue fundada en Chicago en 1953 por Hugh Hefner, quien tuvo que tomar 1.000 $ prestados de su madre para poner en marcha la revista.

La revista ha sido responsable de lanzar y promocionar las carreras de miles de modelos durante años, y algunas de ellas estuvieron de acuerdo en posar de nuevo años después de su primera aparición en sus páginas. Ocupando 3 décadas, desde Miss Marzo 1954 hasta Miss Enero 1979, las modelos fueron fotografiadas por el fotógrafo Nadav Kander para un reciente artículo en New York Mag.

1. Helena Antonaccio, 65 años, Miss Junio 1969. Abogada en un centro de cuidado de perros



2. Laura Aldridge, 59 años, Miss Febrero 1976. Estilista decoradora

3. Dolores del Monte, 82 años, Miss Marzo 1954. Relaciones públicas

4. Marilyn Cole Lownes, 65 años, Miss Enero 1972. Periodista

5. Candace Jordan, 60 años, Miss Diciembre 1979. Columnista de sociedad

6. Janet Lupo, 64 años, Miss Noviembre 1975. Agente inmobiliaria, emprendedora



¡Indudablemente, esto, no se ve todo los días!







Wtf! es la expresión correcta para estas imágenes







Escafismo: método inhumano de tortura

Este suplicio utilizado por los antiguos persas es uno de los más crueles de la historia.

La foto asusta, pero no hay que dejarse impresionar: proviene de una recreación de esta salvajada para un documental.

Conocido en Occidente gracias a las crónicas escritas por Plutarco en el siglo I y los relatos de otros griegos que visitaron el Imperio persa, el escafismo es uno de los métodos de tortura más inhumanos que se han conocido. 

Aunque existieron diversas variantes, la más utilizada consistía en introducir a la persona en un cajón de madera con varios agujeros, por los que el condenado sacaba obligatoriamente sus extremidades. Estas eran untadas con leche y miel, para que los insectos se acercaran a alimentarse y, ya de paso, depositaran sus larvas sobre la piel. Mientras, se obligaba al condenado a ingerir alimentos en mal estado para provocarle continuas diarreas que, por supuesto, no se limpiaban y quedaban en el interior de la caja.

Con el objetivo de aumentar su agonía, se le obligaba a beber agua para evitar que muriera deshidratado

Estos residuos atraían a más insectos, lo que convertía el cuerpo de la víctima en el sustento de todo tipo de larvas, que iban alimentándose de su carne y eclosionando ante sus ojos. Con el objetivo de aumentar su agonía, se le obligaba a beber agua para evitar que muriera deshidratado, a la vez que se le iban proporcionando algunos alimentos en mejor estado.

Otra variante, todavía peor si cabe, consistía en sustituir el cajón de madera por el cuerpo de un caballo muerto, lo que incrementaba el proceso de putrefacción y la llegada de los insectos necrófagos.


La tarde en la que terminó el mundo (Cuento)



La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás.

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban.

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día.

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos.

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz.




Humor revisado







Esta planta embotellada no ha sido regada en 44 años

El domingo de Pascuas de 1960, un hombre llamado David Latimer plantó una semilla en una botella de vidrio. Solo sentía curiosidad por el proceso; quería saber si la planta crecería un poco y cuánto viviría. Más de medio siglo más tarde, la planta es un hermoso jardín en miniatura, de hojas verdes, saludables y frescas. Pero esto no es todo.


La última vez que Latimer regó la planta fue en 1972, hace ya 44 años. ¿Cómo es posible?

La planta embotellada o terrario
A pesar de ya tener 56 años, la planta crece vigorosamente y llena de belleza bucólica la enorme botella redonda en la que Latimer decidió colocar aquella semilla, hace ya tanto tiempo. Recordando el proceso de fabricación de este terrario, Latimer cuenta que primero puso algunas piedras en el fondo de la botella, para que las raíces que luego crecerían tuvieran un espacio firme para desarrollarse. Por encima de eso colocó un poco de abono.

Con la ayuda de un alambre, plantó una semilla y luego puso un poco menos de un litro de agua. Selló la botella y la dejó en un rincón soleado de su casa. La última vez que regó la planta fue en 1972 y, desde entonces, el terrario se ha mantenido en vida, a pesar de estar completamente cortado del acceso a agua o a oxígeno.

¿Magia? Para nada. Se trata simplemente de un proceso del que todos oímos hablar alguna vez, probablemente en la escuela: la fotosíntesis.

Un microcosmos de la Tierra
De esta manera, la planta formó su propio eco-sistema autosuficiente. Mediante el proceso de fotosíntesis, las plantas absorben la luz solar y, de ella, extraen toda la energía que necesitan para mantenerse en vida. En este proceso, crean oxígeno y humedad. La humedad se acumula dentro de la botella y "llueve" hacia la tierra, alimentando las raíces.

Cuando sus hojas se marchitan y caen, éstas se pudren y se convierten en dióxido de carbono que, a su vez, alimenta la planta y permite el proceso de fotosíntesis.

¿Qué pasará en el futuro? Actualmente Latimer tiene 80 años, por lo que ya ha dicho que su intención es dejarle la planta a sus hijos y nietos.





Si trabajas sentado 8 horas tu riesgo de muerte es muy alto

¿Pasas sentado muchas horas en el trabajo?

Cuando terminas, ¿estás tan agotado que lo último que te apetece es moverte?

Si alguna vez te ha pasado esto, probablemente te interesa saber que una nueva investigación apunta que el riesgo de muerte aumenta entre aquellas personas que pasan alrededor de 8 horas trabajando sentados. Sin embargo, los que se mueven mínimo una hora al día, ya sea andando o en bicicleta, no están expuestos a esta probabilidad, ya que compensan los efectos nocivos de la inactividad.

A pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda 150 minutos de ejercicio a la semana, esta investigación, realizada en base a 18 estudios en los que se ha analizado la experiencia de más de un millón de personas, indica que es insuficiente para muchos.

"No es necesario hacer deporte, no es necesario ir al gimnasio. Está bien caminar un poco a paso ligero. Tal vez por la mañana, durante el almuerzo, después de cenar. También se puede dividir a lo largo del día, pero hay que invertir al menos una hora", detalla el autor principal de la investigación y profesor de la Escuela Noruega de Ciencias del Deporte y de la Universidad de Cambridge, Ulf Ekelund.

A pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda 150 minutos de ejercicio a la semana, esta investigación apunta que no es suficiente para muchos

A pesar de todo, Euklend es consciente que la presión que muchos trabajos implican no deja demasiado margen de tiempo para el descanso. Por ello, señala que una pausa de 5 minutos cada hora, incluso para ir a la impresora, es beneficiosa.


Las mejores fotos astronómicas del año

El Real Observatorio de Greenwich acaba de anunciar los nominados de este año en el concurso de fotografía astronómica Insight Astronomy Photographer of the Year. Con sus nebulosas y sus auroras, sus brotes estelares y sus eclipses solares, estas fotos consiguen reavivar nuestra capacidad de maravillarnos.

El premio de este año es el más competido hasta la fecha. Los jueces del ROG han tenido que revisar minuciosamente las cerca de 4.500 imágenes enviadas por aficionados y profesionales de más de 80 países. Los ganadores de las nueve categorías del concurso se darán a conocer el próximo 15 de septiembre y sus imágenes serán exhibidas en una exposición gratuita del centro de astronomía del observatorio.

Un tenedor, una cuchara y una luna
Tomada en Hawke’s Bay, Nueva Zelanda. Fotógrafo: Andrew Caldwell (Nueva Zelanda)


Por encima del mundo
Tomada en Mount Cook National Park, Nueva Zelanda. Fotógrafo: Lee Cook (Reino Unido)

Solo

Tomada en Mount Cook National Park, Nueva Zelanda. Fotógrafo: Lee Cook (Reino Unido)

Estación espacial antárticaTomada en la base Halley VI de la Antártida. Fotógrafo: Richard Inman (Reino Unido)

Ave aurora
Tomada en Olderdalen, Noruega. Fotógrafo: Jan R Olsen (Noruega)

Nuggets de aurora

Tomada en Nugget Point, Nueva Zelanda. Fotógrafo: Stephen Voss (Nueva Zelanda)