miércoles, 25 de enero de 2017

10 horas al día, 10 días a la semana: Los complicados relojes franceses

Ya en el colegio, los más pequeños aprenden que un día es una unidad de tiempo que dura 24 horas y estas, a su vez, están compuestas por 60 minutos de 60 segundos cada uno: el sistema sexagesimal tiene milenios de vida y hoy sigue presente en nuestras muñecas en forma de reloj. Sin embargo, no siempre ha sido así en todo el mundo. De hecho, en la Francia de finales del siglo XVIII, los días, las horas, los minutos e incluso las semanas y los meses vivieron un cambio insólito protagonizado por el número 10.


Sucedió tras la Revolución Francesa. En concreto, en 1793, solo 4 años después de la toma de la Bastilla. El viejo reloj vio la llegada del Tiempo Revolucionario Francés, una nueva forma de medir el paso de las horas y los días. Esta nueva medida de tiempo abrazaba el sistema decimal y, de esta forma, un día estaba compuesto por solo 10 horas que, eso sí, eran más largas de lo habitual: cada una de ellas tenía 100 minutos de 100 segundos cada uno.

Más allá de simbolizar con este radical cambio la llegada de un tiempo político nuevo, la llegada del tiempo decimal a Francia pretendía simplificar ciertos cálculos matemáticos a la hora de dividir un día. Por ejemplo, con un sistema de 10 horas es más sencillo afirmar de forma rápida cuál es el 70 % de una jornada: el final de la séptima hora.

Sin embargo, con la hora tradicional este cálculo implica una regla de tres que tiene como resultado las 16 horas y 48 minutos. Nada excesivamente complicado pero, desde luego, complejo si el objetivo es hacer el cálculo de cabeza. De esta forma, el único fin práctico del cambio horario no era otro que aplicar algo de elegancia matemática al cálculo del paso del tiempo.

Sin embargo, la costumbre pudo con esta supuesta solución matemática. Si bien comenzaron a fabricarse relojes especiales que permitían convertir la hora convencional al nuevo Tiempo Revolucionario Francés, esta nueva medida no fue precisamente longeva: a los 17 meses de vida, fue abandonada oficialmente.
Lo paradójico es que el sistema no fue algo improvisado, precisamente: aunque no llegó a estar en vigor ni un año y medio, sus creadores estuvieron trabajando en el concepto más de cuatro décadas. Una auténtica pérdida de tiempo.

¿Qué hay del calendario?

Si bien el 7 de abril de 1795 el Tiempo Revolucionario Francés se convertía en algo opcional, lo que sí disfrutó de una dilatada carrera fue el calendario republicano que, por la misma época, hizo del tiempo una cuestión aún más enrevesada en territorio francés. También a finales de 1793 se hizo oficial este singular calendario obra de un matemático, tres astrónomos y un poeta: se estableció que cada año estaba compuesto por 12 meses divididos cada uno en tres décadas de 10 días; o, lo que es lo mismo, grupos de 10 días que venían a sustituir a las tradicionales semanas. Los días sobrantes necesarios para llegar hasta los 365 días (o 366) de un año convencional se añadían a finales de año como días festivos.

Abrazar el sistema decimal no fue la única novedad de los calendarios franceses. De hecho, apenas coincidía en nada con el calendario gregoriano, y el comienzo del año lo marcaba el inicio astronómico de las estaciones. De esta forma, el primer día del año no era otro que nuestro 22 de septiembre, el día del equinoccio de otoño.

Además, la intención era acabar con cualquier referencia religiosa en la nueva forma de medir el paso del tiempo. Así las cosas, aquella época dejó de ser finales del siglo XVIII: el período comprendido entre 1792 y septiembre de 1793 (el nuevo fin de año) pasó a ser conocido como Año Uno de la Revolución. El nacimiento de Jesucristo dejó de marcar el inicio de una era.

Si fue necesaria la colaboración del poeta Fabre d’Églantine a la hora de crear esta nueva forma de medir el tiempo fue porque tanto los meses como los días necesitaban un nuevo nombre. El orden de los meses de este nuevo calendario era el siguiente: Vendimiario, Brumario, Frimario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor, Termidor y Fructidor.

En realidad, esos nombres no eran sino literarias referencias a los fenómenos meteorológicos y agrícolas de cada época. Así, el invierno (correspondiente a nuestros meses de diciembre, enero y febrero) estaba formado por los meses en los que más nieve, lluvia y viento se producía, respectivamente.

Los cambios, no obstante, no acababan ahí. Si el calendario gregoriano tiene asociado un santoral para cada día, en el republicano cada jornada se dedicaba a una planta, animal o mineral. Además, los diez días de cada década tenían, claro, otro nombre. Eran ‘primidi’, ‘duodi’, ‘tridi’, ‘quartidi’, ‘quintidi’, ‘sextidi’, ‘septidi’, ‘octidi’, ‘nonidi’ y ‘décadi’.

Si los relojes decimales no tuvieron mucho más de un año de vida, este calendario sobrevivió 12 años. Napoleón abolió su uso de forma oficial el primer día del año 1806. Dicho de otra forma, el 10 de nivoso del año XIV, el calendario republicano pasaba a mejor vida, enterrando con él uno de los símbolos de esta democracia temporal nacida tras la Revolución.



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