lunes, 30 de enero de 2017

Para aprender a comunicarnos con los extraterrestres primero debemos lograrlo con los pulpos

Los pulpos y sus parientes (las sepias y los calamares) representan una isla de complejidad mental en el mar de los animales invertebrados. A pesar de la distancia evolutiva que nos separa, al interactuar con ellos uno llega a admirar el grado de destreza e inteligencia que han adquirido. Nuestro ancestro común más reciente es tan distante (más de dos veces más antiguo que los primeros dinosaurios) que a efectos evolutivos tanto de cerebros grandes como de comportamientos complejos, estas criaturas representan un experimento totalmente independiente. Si podemos conectar con ellos como seres conscientes, no se deberá a una historia compartida ni al parentesco, sino a que la evolución logró construir mentes en dos ocasiones. Probablemente son lo más parecido que nos encontraremos en nuestro planeta a un alien inteligente.

Los peces, las sepias y los calamares pertenecen a una clase de moluscos marinos llamados cefalópodos, a la que pertenecieron otras criaturas extintas llamadas amonitas y belemnitas. El registro fósil de los pulpos sigue siendo escaso. Al tratarse de los únicos cefalópodos que carecen de cáscara externa o interna, así como de partes duras (excepto un pico) sus restos no se conservan bien. Pero en algún momento de su evolución se extendieron y diversificaron formando las alrededor de 300 especies que se conocen en la actualidad, incluidas las que habitan en aguas profundas y en arrecifes. Sus longitudes varían desde unos pocos centímetros, hasta la que alcanza el pulpo gigante del Pacífico, que pesa unos 50 kilos y puede extender sus tentáculos de punta a punta por encima de los 6 metros.

A medida que el cuerpo de los cefalópodos evolucionó hacia las formas modernas (internalizando la concha o perdiéndola por completo) se produjo otra transformación: algunos de los cefalópodos se hicieron inteligentes, si bien “inteligente” es un término polémico que conviene usar con cautela. En primer lugar, estos animales desarrollaron grandes sistemas nerviosos, incluyendo cerebros grandes. Grande ¿en qué sentido? Un pulpo común (Octopus vulgaris) tiene alrededor de 500 millones de neuronas en su cuerpo. Eso es mucho casi para cualquier estándar. Los seres humanos tienen muchas más – alrededor de 100 mil millones – pero el pulpo está en el mismo rango que varios mamíferos, muy cerca por ejemplo de los perros, y los cefalópodos cuentan con sistemas nerviosos mucho más grandes que el del resto de los invertebrados.

El tamaño absoluto es importante, pero generalmente se considera a este parámetro como menos informativo que el del tamaño relativo (es decir el tamaño del cerebro como fracción del tamaño corporal). Esto nos indica el grado en que un animal “invierte” en su cerebro. En base a esta medida, los pulpos también obtienen una puntuación alta, que les sitúa aproximadamente en el rango de vertebrados, aunque no tan alto como los mamíferos. Sin embargo, los biólogos consideran todas estas evaluaciones sobre el tamaño solo como una guía para aproximarse a la capacidad intelectual de un animal. Algunos cerebros se organizan de manera diferente a los demás, con más o menos sinapsis, que también pueden ser más o menos complejas. De hecho, el hallazgo más sorprendente en los trabajos recientes sobre inteligencia animal ha tenido que ver con algunas aves, especialmente loros y cuervos. Las aves tienen cerebros muy pequeños en términos absolutos, aunque muy potentes, de modo que como vemos, en cuestión de cerebros inteligentes, a veces el tamaño no importa.
¿Queremos que nuestros astrobiólogos practiquen comunicación con especies alienígenas inteligentes? Bien, mientras llega el momento del contacto… empecemos por los pulpos.



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