domingo, 19 de febrero de 2017

Los nombres propios también siguen las normas de ortografía (no importa cómo te llames)

Cuando supieron que iban a tener un hijo y que además era niño, la pareja pasó meses buscando para su futuro vástago el nombre ideal. Repasaron todas las listas del mundo con los nombres más comunes, pero no terminaban de encontrar uno que cuadrara con la idea que tenían. Tenía que ser un nombre especial aunque sonara extraño. Ya se acostumbraría el mundo a llamarle como ellos habían pensado.


Pero estaban convencidos de que debía ser un nombre sonoro, que no evocara nada pero que lo significara todo. Que todo el mundo, al oírlo pronunciar, se quedara prendado con la belleza de su sonido. Debía ser un nombre que pareciera épico aunque no tuviera ninguna historia detrás. Un nombre inventado exclusivamente para el más especial de los seres: su hijo.

Cuando el bebé nació, el padre fue al registro civil a inscribirlo y al preguntar el funcionario por el nombre del recién nacido, el padre, orgulloso, contestó: «Arabel». «¿Anabel?», preguntó el funcionario. «No, Arabel», respondió algo molesto el padre. «¿Y eso es con hache o sin hache?», volvió a preguntar el funcionario. «Sin hache», respondió el padre sin ocultar su malestar. «Y la tilde, ¿dónde va la tilde?», volvió a la carga el registrador. «No lleva», contestó aún más enfadado el padre. «Pero eso no puede ser, señor, ¿cómo sabrá la gente cómo pronunciar el nombre de su hijo si usted no le pone una tilde en el lugar correcto?», respondió sin inmutarse el escribano. «¡Mire!», respondió el padre totalmente fuera de sí, «¡póngale Antonio, como a mi abuelo, y déjeme en paz!».

Por supuesto que a tu hijo podrás llamarle como quieras (y el registro civil te permita, claro), pero eso de que los nombres propios no siguen las normas de ortografía ya lo puedes ir olvidando. Una cosa es que elijas entre Elena y Helena, o entre Gerónimo y Jerónimo, pero al menos en lo que a acentuación se refiere, o le pones la tilde correctamente al nombre o tendrás que resignarte a que la gente lo pronuncie como Dios le dé a entender. Por tanto, si quieres que a tu hijo le llamen Nicolás —y no Nícolas—, coloca la tilde donde le toca. Y si te parece que Garcia o Gonzalez quedan más glamurosos sin ella, escríbelos como te plazca, pero resígnate a que el resto del mundo te llame Gárcia o Gonzaléz.

Esto afecta también a la imaginación que puedas tener a la hora de combinar tu nombre cuando es compuesto. Que te quieres poner Mariángeles o Juanjosé, adelante, nada te lo impide. Eso sí, ten en cuenta a la hora de escribirlo qué tipo de palabra has creado y mira a ver dónde colocas las tildes. Y olvídate de escribirlos en minúscula (mariángeles), no te aprobarán el examen de lengua. A no ser que sean nombres extranjeros o de otras lenguas, que deberán conservar su formato original. Dice una leyenda urbana que si escribes Ángela Merkel con tilde en la ‘a’, viene una valkiria y te da así, en toda la cara y con la mano abierta.

Quedan excluidos de todo esto los diseñadores gráficos, que podrán escribir su nombre como les salga de la creatividad y a ver quién es el bravucón que les dice algo.



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