domingo, 19 de febrero de 2017

Mi novia me abandonó y se equivocó con el desayuno

Sucedió una fría mañana de diciembre, concretamente a las 7:23 a.m. El zumbido eléctrico del timbre me sobresaltó y pensé que algún borracho matutino había recalado en el portal incorrecto.

Pero volvió a sonar. Escapé de mi envoltorio de sábanas y mantas como una mariposa abandona su crisálida, pero sin alas ni promesa alguna de tenerlas en el futuro. El frío me mordió con la saña de un pitbull y llegué al interfono. Tras una pausa valorativa que empleé en constatar lo sucio que estaba el aparato, tomé el auricular.

—¿Sí?—acerté a decir.
—Le traigo el desayuno —respondió una voz vagamente masculina que parecía proceder de un dibujo animado.

Sin pensarlo bien pulsé el botón de apertura y calculé que disponía de un minuto hasta que el individuo tomara el ascensor y alcanzara el último piso. Me refresqué la cara y me cubrí apresuradamente con un batín, y entonces unos nudillos golpearon la puerta con un ritmo que se me antojó remotamente tropical.

Abrí y traté de poner la mejor de mis caras.

—Desayuno para José Lastra.

Fueron las palabras que pronunció un tipo ridículamente pequeño, casi oculto tras la bandeja que me ofrecía, de la que emergía un majestuoso globo de helio en el que se podía leer «Feliz Cumpleaños». El día anterior mi novia me había dejado por otro, y al no poder dormir me había quedado trasnochando viendo varias temporadas de una serie de sicarios, por lo que, aún envuelto en los vapores de la duermevela, pensé que había llegado mi hora y que aquel individuo acabaría conmigo. Su poblado mostacho tapaba parcialmente un rostro enjuto y curtido que podría tener cualquier edad.

—Pero hoy no es mi cumpleaños…—protesté con un hilo de voz.
—Eso no importa —dijo arrastrando las palabras con marcado acento de Sinaloa.
—Y tampoco me llamo José Lastra.
—Déjeme hacer mi trabajo, ¿quiere? Y firme aquí —dijo mientras me tendía un dispositivo de pantalla táctil.

Cuando el tipo se hubo marchado me quedé a solas con la suntuosa bandeja, repleta de zumos naturales, cruasanes recién tostados, mermeladas, mantequilla, cereales, sobres de varios tipos de té y café, un termo con agua caliente, una taza de cerámica y una tarjeta medio sepultada por las vituallas en la que alguien había estampado sus labios con carmín rosado.

Esos labios me resultaron familiares. Procedí a retirar el celofán transparente que envolvía el conjunto. El globo de helio quedó liberado y trepó con rapidez hacia el techo irregular de la buhardilla, desde donde parecía saludar con su mensaje extemporáneo a cada una de las vigas de madera que sustentaban mi salón.

Leí la tarjeta:
Cariño, ayer rompí con Antonio de una vez por todas, creo que es el mejor regalo que te puedo hacer el día de tu cumpleaños. Ese idiota no volverá a interponerse entre nosotros, y yo no volveré a equivocarme con vuestras direcciones o con vuestros teléfonos o con vuestros horóscopos, ni susurraré su nombre en tu oído mientras me haces el amor. Tuya.
Han pasado semanas, pero el globo de helio se mantiene asombrosamente en forma, reptando por las paredes y techos. Es todo lo que me queda de ella, pero pronto será mi cumpleaños, y me pregunto si el tal José Lastra recibirá algún regalo destinado a mí.



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