domingo, 5 de marzo de 2017

Efecto Flynn: el mundo se está volviendo mas inteligente

James R. Flynn
El efecto Flynn es la subida continua, año por año, de las puntuaciones de cociente intelectual, un efecto visto en la mayor parte del mundo, aunque con unas tasas de crecimiento que varían considerablemente, que varía de los tres puntos de CI por década en los Estados Unidos a los diez puntos en Kenia.

Fue llamado así por Richard Herrnstein y Charles Murray en su libro The Bell Curve para hacer referencia al investigador político neozelandés James R. Flynn, que fue quien dedicó el mayor interés al fenómeno y lo documentó para todas las culturas. Estableció también que no aumenta toda la inteligencia de igual forma. En concreto, de esos tres puntos de CI, dos y medio se deben a Gf (inteligencia fluida) y solamente medio punto se debe a Gc (inteligencia cristalizada).

Entre las explicaciones que se han dado a este fenómeno podemos encontrar una mejor nutrición, una mejor educación, una mayor complejidad en el ambiente y la heterosis (Heterosis es un término utilizado en genética para la crianza y mejoramiento selectivo). Aunque hay autores que afirman que los elementos más relevantes que explican el fenómeno son las influencias médicas y las nutricionales.



El efecto Flynn implica, que en promedio, un niño obtendrá en los tests de inteligencia unos 10 puntos más que sus padres a la misma edad. Por tanto, nuestros descendientes de finales de siglo nos llevarán una ventaja de 30 puntos, lo que según criterios actuales correspondería a la diferencia entre una inteligencia media y la del 2%, la de los superdotados, al menos si el efecto Flynn continuase como hasta ahora….

En palabras de Furnham (2010): “Una puntuación buena en 1990 era una puntuación brillante en 1970 y solo una puntuación media en 2005“.

Flynn recurre a una analogía mecánica para describir la interacción a largo plazo entre mente y cultura: “En 1900, la velocidad de los automóviles era ridícula porque las carreteras eran nefastas. Con los vehículos actuales, en ellas nos haríamos pedazos”. Pero las carreteras y los coches coevolucionaron. A medida que mejoraron las primeras, también lo hicieron los segundos. A su vez, los avances en automoción espolearon a los ingenieros para construir mejores carreteras. Nuestra mente y la cultura se hallan ligadas por un bucle de retroalimentación parecido. Estamos creando un mundo en el que la información adopta formas y velocidades inconcebibles hace sólo unas décadas. Cada avance técnico exige mentes capaces de acomodarse a los cambios; estas, una vez adaptadas, vuelven a perfilar el mundo. No parece probable que el efecto Flynn se detenga durante este siglo, lo cual presagia un futuro en el que los habitantes de principios del siglo XXI seremos considerados premodernos y carentes de imaginación. Por supuesto, los cambios en nuestra mente no se limitan a los que dejan su huella en un test de inteligencia”.

Tal vez el efecto Flynn no debería causarnos tanta sorpresa. Más llamativa sería su ausencia, pues eso significaría que habríamos dejado de responder al mundo que hemos creado. Por sí mismo, el efecto Flynn no es bueno ni malo: refleja nuestra capacidad de adaptación. Las destrezas que ello revela pueden emplearse tanto para destruir como para crear. Con suerte, tal vez sigamos creando un mundo que nos haga cada vez más inteligentes, uno en el que nuestros descendientes se maravillen de nuestra candidez.


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