domingo, 25 de junio de 2017

Tu memoria te miente (por suerte)

Nos pasamos la vida con una pareja que casi siempre nos miente. Su nombre es memoria. Aunque, para ser justos, hay que decir que en realidad no es que nos mienta, tan solo ficciona. Con lo que, para complicar más el asunto, debemos aceptar que la memoria nos dice la verdad. Solo que esa verdad es mentira.

Por eso, aunque se diga que el pasado no se puede cambiar, lo cierto es que nuestra memoria no para de hacerlo. Pero no con mala intención, todo lo contrario. Si actúa así es para facilitarnos la vida.

La cosa funciona como un algoritmo. Un algoritmo humano que, en palabras de Noah Harari, «opera mediante sensaciones, emociones y pensamientos». Las informaciones que recibimos continuamente entran en nuestra memoria reciente. Y ese algoritmo decide cuáles de ellas se eliminan y cuáles pasan a la memoria profunda. Entonces, es en el almacén de esa memoria profunda donde nuestros recuerdos se reconfiguran para ayudarnos a aceptar los errores, las indecisiones o los quebrantos del pasado.

Este proceso de reconfiguración funciona como un sistema de edición de vídeo. La memoria profunda posee todas los recuerdos seleccionados, pero los reedita continuamente conforme nuestras necesidades en cada momento. Eso nos ayuda no solo a llevarnos mejor con nosotros mismos, sino también, y como consecuencia de ello, a disfrutar de una existencia más llevadera.

Cuando el mecanismo no funciona con la eficacia que le caracteriza, vienen los problemas. Entonces un recuerdo que permanece incólume en nuestra memoria puede convertirse en en un profundo dolor o en un rabioso enemigo.

«Yo sé que tu recuerdo es mi desgracia», cantaba desgarradamente Chavela Vargas. Cuando el padecimiento es todavía reciente, como sucede en ocasiones con el desamor, la memoria profunda no ha tenido tiempo de hacer su trabajo. Por eso, casi todas las culturas han descubierto un sucedáneo para empujar al hipocampo, esa parte del cerebro encargada de tergiversar el pasado para hacerlo más digerible, a desarrollar su labor. El opio en Oriente o el alcohol en Occidente han sido, durante siglos, los encargados de asumir tal responsabilidad.

Porque lo cierto es que sin esa tergiversación no podríamos sobrevivir, pues nuestra mente, desprotegida frente la cruda realidad, sería incapaz de reprogramarse para seguir funcionando con soltura.

Esa es la razón por la que la función enajenante de la drogadicción ha sido utilizada desde siempre para acelerar el proceso de mixtificación de la realidad que generalmente realiza la memoria por su cuenta. Solo que como lo hace con calma, cuando el sufrimiento es insoportable, preferimos no esperar tanto. Entonces, algunos tequilas de más le echan una mano.

Esta función enajenante del alcohol, en apoyo de la mutación de la memoria, fue descrita ya en el Antiguo Testamento. Y más tarde, hace unos 400 años, nos descubrieron también la íntima relación entre la memoria y nuestro cerebro. Cuando Lady Macbeth intenta convencer a su marido para asesinar al rey Duncan expone, en apenas tres versos, los mismos conceptos que hoy desarrolla la psicología moderna:

«Con vino convenceré
de que la memoria, guardiana del cerebro
no es más que un gas, y el receptáculo de la razón»

No nos enfademos nunca con esta pareja llamada memoria que nos habla desde dentro. Es cierto que a veces nos miente. Pero lo hace tan solo para que sobrellevemos las cosas que sucedieron, cuando no fueron como quisimos.




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