domingo, 23 de julio de 2017

El arte de cambiar de opinión

Paris. Año 2012

Noche de sábado. Julie apura un cigarrillo a las puertas de una sala de conciertos. Antonio se le acerca sutilmente. «Excuse moi, je peut te demander une cigarrette?». Acompaña su petición con un fuerte acento español, mirada seductora y peculiar ternura.

—Sí, el tipo quizás sea un caradura que solo quiera acostarse conmigo, o un gorrón —se dice Julie a sí misma—. Pero hay algo en el fondo de sus ojos que me hace confiar en él.

Así que le da un cigarrillo, se enciende otro y se los fuman juntos.

Hablan de música, del concierto que acaban de presenciar, de esto, de lo otro. 


Luego llega el silencio, el primer silencio incómodo. El último, tal vez. Ella se despide.

Bueno, pues ya nos veremos en algún otro concierto.
– Sí, sí. Claro. ¿Vendrás al del mes que viene?
– Es probable. ¿Y tú?

Entonces, Antonio decide pegarle una patada al destino. Probar suerte. Le pide a Julie el teléfono.

Ella duda. Se enfría. Le incomoda darle su número a un tipo que acaba de robarle un cigarrillo y con el que apenas ha conversado diez minutos seguidos. Actúa de la manera más razonable y le responde que no.

Él afronta la respuesta con elegancia, le da las gracias por el cigarrillo y se aleja calle abajo.

Ella se despide también, camina hacia su moto, la arranca y se va.

Nunca vuelven a verse.

Final de la historia.

De hecho, no. No es verdad. La historia no acabó aquí.

Sí, Julie se montó en su moto y miró de reojo a Antonio. Le vio alejarse despacio deshaciendo, paso a paso, todo rastro de un eventual futuro que pudieran construir juntos.

Arrancó en dirección contraria asumiendo que, seguramente, no volverían a verse más.

Pero, tras recorrer varios metros, Julie se detuvo. En un segundo decidió que no le apetecía asumir las consecuencias de lo que acababa de decidir. Y, consecuentemente —siendo plenamente inconsecuente con su decisión inicial— hizo algo imprevisto, ilógico y bastante poco razonable: Julie giró 180 grados su motocicleta, cruzó la calle en dirección a Antonio y se detuvo a su lado.

—He cambiado de opinión. He pensado que sí que te voy a dar mi teléfono.

La historia continuó.

París. Año 2017

Una madrugada de febrero nace Lea, la hija de Antonio y Julie. Juntos planean conciertos futuros. Pisos. Cenas. Vidas. Un precioso universo, rico y complejo, que no existiría si ella no hubiera cambiado de opinión.

Barcelona. Moraleja final

Recuerdo frecuentemente esta historia. Me encanta la valentía de Julie. Su flexibilidad. Su coraje. No es fácil dar media vuelta y tener la valentía de decir «¿Sabes qué? Cambié de opinión. Antes dije que no y ahora digo que sí».
Julie tiene razón. Ahora más que nunca, ante las nubes de fragilidad e incertidumbres que nos acechan, tenemos que aprender a desaprender cosas. A cambiar de rumbo sobre la marcha. A dar saltos sin red.

Tenemos que perderle el miedo a parecer ilógicos, débiles o inconsistentes.

Tenemos que frecuentar más las dudas, hacernos fuertes en ellas.

Tenemos que engrandecernos al hacernos chicos, al perdernos.

Sí, tenemos que retomar el arte del toqueteo, de dar media vuelta, volver atrás, probar otra vez. El arte de cambiar de opinión, reescribir el guion, seguir por un nuevo camino.

Y, finalmente, tenemos que formarnos en el sutil y precioso arte de darle nuestro teléfono a desconocidos.

Porque solo así recibiremos llamadas que nos toquen el alma.




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