sábado, 1 de julio de 2017

¿Por qué odiamos tanto a los demás?

Exhibimos una tendencia natural a trazar fronteras con los demás, no tanto con los demás como individuos, sino como colectivos. Son muros a lo Trump que levantamos por los más arbitrarios motivos, pero que nos sirven para saber quiénes están con nosotros y quiénes, contra nosotros. Muros basados en la etnia, en el color de la piel, género, grupo lingüístico, religión, edad, estado socioeconómico… cualquier cosa sirve.

Son muros que levantamos con una notable rapidez y una eficacia cognitiva propios de los instintos labrados hace millones de años. Son muros que propician desde injurias y reyertas hasta auténticos baños de sangre.


Tú y yoUna parte de nuestro cerebro, el neocórtex, se encarga con mayor o menor fortuna de tratar de dotar de razones y argumentos muchos de nuestros actos guiados por el instinto o la emoción. Pero lo cierto es que no hay mucho raciocinio en el acto de trazar fronteras.

Una considerable evidencia sugiere que dividir el mundo en nosotros y ellos está profundamente conectado en nuestro cerebro más primitivo. Por esa razón, si medimos mediante una resonancia magnética funcional la actividad de diversas regiones de nuestro cerebro, descubriremos que catalogamos a la gente como «nuestra gente» o como «otra gente» en intervalos de tiempo que se miden en milisegundos.

Esto sucede, por ejemplo, con personas de etnia diferente a la nuestra. En promedio, hay activación preferencial de la amígdala, una región del cerebro asociada con el miedo, la ansiedad y la agresión. Es decir, que de forma natural, sin que medie el autocontrol y casi a nivel instantáneo, todos nosotros somos xenófobos. Además, las caras de otras etnia originan una menor activación en la corteza fusiforme que las caras de la misma etnia en la corteza fusiforme, lo que explicaría en parte por qué a los occidentales los chinos, por ejemplo, nos parecen que tienen rostros más uniformes.

Los otros con frecuencia también son vistos como más homogéneos que nosotros, con emociones más simples y menos sensibles al dolor. Esta pirueta cognitiva permitió que personas normales abrazaran la esclavitud. O el Holocausto.

Test de asociación implícita
Otra manera de medir nuestra tendencia natural a clasificar automáticamente a los demás como amigos o enemigos, como gente próxima a nuestra burbuja social y gente ajena a la misma, es el test de asocación implícita, concebido por de Anthony Greenwald, Debbie McGhee y Jordan Schwartz en 1998.

Básicamente el test consiste en asociar adjetivos a personas de una forma muy rápida, lo suficientemente rápida como para que no podamos reflexionar o mentir. En base a la velocidad de categorización de una persona en cada una de estas variantes se determina su grado de prejuicio implícito. Por ejemplo, si alguien asocia con más rapidez «afroamericano» con «malo» estamos ante un prejuicio racial implícito. Uno se puede autoevaluar en ese sentido en Project Implicit, de la Universidad de Harvard.

Nuestra forma de procesar información está tan imbricada con la clasificación de los demás que, incluso, una Inteligencia Artificial (IA) que trate de emular nuestra inteligencia puede incurrir también en un lenguaje racista y sexista, tal y como sugieren investigadores de la Universidad de Princeton y de la Universidad de Bath (en un reciente estudio publicado en Science). Y también afloran los prejuicios de los primates en un test de asociación implícita adaptado a monos Rhesus, que se caracterizan por ser territoriales y organizarse en clanes que luchan por los recursos contra clanes vecinos.

Por todo ello, somos capaces de discriminar a los demás por multitud de motivos, desde la belleza al tipo de trabajo que se desempeñan. Incluso en un estadio deportivo, alguien que vista con una sudadera que apoya a uno de los equipos recibirá más ayuda de otra persona si pertenece al equipo que se apoya que al contrario. Este favoritismo de grupo también tiene lugar, naturalmente, en partidos políticos, y en cualquier otra forma de organización social.

Cómo odiar menos
No hay recetas mágicas para ser más ecuánimes en el juicio que hacemos de los demás. Incluso las personas que están seguras de que no son racistas o machistas, por ejemplo, probablemente lo sean en muchos momentos de su vida de forma inconsciente.

En otras palabras, todo el que diga que no es racista, en realidad, miente o se está mintiendo a sí mismo: lo más que se puede afirmar es que hacemos lo posible para no ser racistas.

Por si esto fuera poco, quienes deciden abrazar a otro grupo social abandonando al que han pertenecido, a menudo son tratados con un desprecio incluso mayor. Los chiitas están a un bando y los sunitas al otro, por ejemplo, y lo mismo sucede con kurdos e iraquíes. Pasar de un lado al otro es anatema.

¿Y qué es lo posible? Básicamente se puede resumir en dos puntos: pensar un poco más antes de actuar o hablar, e interactuar más tiempo con aquellos a los que solemos despreciar.

Si bien todos nos mostramos racistas en el test de asociación implícita, ese sesgo es más acentuado a medida que debemos responder más rápidamente al test. Es decir, que si pensamos más lenta y reflexivamente sobre una cuestión.

Por su parte, en la década de 1950, el psicólogo Gordon Allport propuso la teoría de contacto para demostrar que las personas que nacen en un ambiente de diversidad también son menos proclives a generar prejuicios sobre los otros. Si somos racistas, pues, una buena forma de reducir nuestro racismo es trabajar codo con codo con un afroamericano, por ejemplo. Los grupos diversos, cuando trabajan juntos o deben pasar mucho tiempo juntos, van limando sus diferencias.

Aunque el contacto debe producirse en terreno neutro y se debe trabajar colectivamente por un bien mayor. Algo tan simple como los usuarios de un camping que, por ejemplo, deben colaborar para construir un muro que evite una posible inundación. Construir muros para derribar otros muros. Es una buena forma de empezar a ser mejores personas.




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