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lunes, 16 de octubre de 2017

La oscura verdad detrás de "El Lobo Feroz"

"¡Que llega el lobo! ¡Que llega el lobo!"

Esta amenaza universal da título a un cuento infantil, escrito por Émile Jadoul, en el que primero un conejo, después un cerdo y finalmente un oso, anuncian a gritos "¡que llega el lobo!", para que el Gran Ciervo les abra las puertas de su casa. Todos esperamos, con miedo también infantil, que aparezca el lobo feroz y empiece el asedio a la casa.

Pero no pasa nada de esto: en realidad, el lobo era el invitado especial, y el resto de animales se escondían de él porque habían preparado una fiesta sorpresa para celebrar su cumpleaños. Jadoul juega con la ambigüedad del "¡que llega el lobo" para advertirnos de hasta qué punto los prejuicios trabajan en nosotros.

La mera mención del lobo evoca un imaginario que nos impide sentir empatía por él. No es un animal, es una bestia: mala, destructora y salvaje, que como explica el psicoanalista Bruno Bettelheim en su estudio sobre los cuentos de hadas, "representa las fuerzas asociales, inconscientes y devoradoras contra las que tenemos que aprender a protegernos, y a las que uno puede derrotar con la energía del propio yo".

Los lobos son siempre los otrosEn los cuentos clásicos, el lobo siempre simboliza lo otro, lo desconocido, una fuerza corrosiva que proviene del exterior. Pensemos en Los tres cerditos, en Caperucita roja o en El lobo y las siete cabritas. El lobo no es como nosotros: incluso cuando los protagonistas son también animales, el cuerpo del lobo sigue siendo un ente extraño, monstruoso, deformado. Es un ser bárbaro que no podemos dejar entrar en nuestras casas, que no puede compartir nuestra forma de vida porque le es desconocida.

El lobo es lo irracional y lo instintivo, pero también lo sexual. Como explica el mismo Bettelheim, la versión de Charles Perrault del cuento de Caperucita roja tiene una lectura que se ajusta muy claramente al imaginario erótico, en la medida que narra el descubrimiento de la sexualidad. Caperucita es seducida por el lobo, y el "hambre" que siente en ver a la niña solo puede ser saciado una vez eliminada la abuela —el elemento adulto—, por lo que entendemos que en realidad su hambre no tiene nada que ver con el alimento.

El mensaje que nos mandan estos cuentos es claro: el lobo feroz no puede dejar de ser feroz, está en su naturaleza. "¡Qué viene el lobo!" toma forma de advertencia en este contexto: implica la necesidad de buscar protección en la civilización frente a la brutalidad de lo animal. El cuento de Los tres cerditos lo ejemplifica a la perfección, dado que escenifica la gradación que va desde el lobo acosador hasta el cerdito de la casa de ladrillos: ilustra como el refinamiento cultural (la racionalidad, industriosidad, la previsión) nos aleja de lo primitivo.


¿Y si al lobo lo llevamos dentro?
Sin embargo, estos mismos cuentos también permiten otra lectura. El lobo no solo sería lo Otro que nos amenaza desde el exterior, una forma de demonizar la diferencia, sino que también podría ser lo Otro que llevamos dentro, esa oscuridad que aflora cuando nos reconocemos más con el lobo que con caperucita.

La escritora Djuana Barnes afirmaba que "los niños sienten algo que no pueden decir: ¡les gusta que el lobo y Caperucita estén en la cama!". Y Bruno Bettelheim lo explica así: "Es un animal malo porque desea destruir. La maldad del lobo es algo que el niño reconoce en su propio interior: su deseo de devorar, y sus consecuencias, es decir, la angustia ante la posibilidad de experimentar en sí mismo igual destino. Así pues, el lobo es una externalización, una proyección de la maldad del propio niño, y la historia muestra cómo ésta puede manejarse de modo constructivo."

Mejor pregúntale al lobo

El lobo feroz señala el límite de lo que no somos "nosotros" o de lo que no queremos ser. Razón por la cual se han escrito diversas versiones contemporáneas que aspiran a deconstruir su figura. El arquetipo de este relato sería El cuento del lobo, una revisión de Caperucita desde la perspectiva del animal que sirve como ejercicio educativo para explicar que preguntarse por los motivos del otro, y tratar de entenderlos, es el primer paso para humanizar a quienes son diferentes.

Una lógica que también encontramos en La auténtica historia de los tres cerditos, de Jon Scieszka, también narrada por el Sr. Lobo, quien, desde la cárcel, trata de explicar lo ocurrido. En su interior no hay maldad ni fiereza. Simplemente había ido a pedir una taza de azúcar para preparar un pastel para su querida abuelita, pero la paja y la madera con que los cerditos habían construido sus respectivas casas lo hacen estornudar. No hay violentos soplidos: es pura mala suerte que la prensa sensacionalista aprovecha para trazar su monstruoso relato.
Lobito aprende a ser malo, de Ian Whybrow, también cuestiona el mito: narra la historia de un pequeño cachorro bonachón, Lobi, que es mandado al colegio Malaúva para que consiga su insignia de Malo. Él no desea aventuras ni convertirse en una bestia solitaria, pero sus padres lo obligan a seguir las enseñanzas de su Tío Feroz.

Un último ejemplo lo encontramos en Brujas de viaje, la novela de Terry Pratchett, en la que aparece un lobo feroz que ya está harto de representar su papel: "— no te puedes imaginar cómo se siente — siguió— Llevo años vagando. Incapaz de ser humano, incapaz de ser lobo. No te puedes ni imaginar lo que es eso." El "final feliz" para el lobo es pedir un final, una suerte de eutanasia: sobrelleva el estigma de "lo feroz" como una enfermedad. Por esto pide que el leñador le corte la cabeza y acabe con su sufrimiento.

"Y ese fue el final del gran lobo feroz", concluye Pratchett.

El lobo y el estigma

La imagen del lobo suicida, cansado de acarrear el estigma, cierra el círculo. Escuchar la versión del lobo, y entender sus razones, no es solo una forma de corrección política. Nada que ver con las irónicas versiones de los cuentos infantiles que escribió Finn Garner para despojarlos de todos aquellos elementos violentos y oscuros que las nuevas pedagogías ven con malos ojos.

Estas versiones, por el contrario, nos enseñan hasta qué punto los dualismos bajo los cuales se construyen los cuentos clásicos, y sus moralejas maniqueas, forman parte de un imaginario que facilita la demonización del otro. No intentan enmendar los relatos originales, sino que tratan de desafiar el tipo de razonamiento que subyace a muchos planteamientos racistas y machistas: la reducción del diferente a una caricatura, a un ser primitivo que resta ligado a sus impulsos y emociones incontroladas.

El lobo que se niega a ser feroz no es una versión blanda y naif del mundo: es un llamamiento a escuchar a quienes creemos que no tienen nada que decirnos.





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