domingo, 25 de marzo de 2018

El miedo histórico a la vagina

En 1972, se lanzó al espacio la sonda espacial Pioneer. La nave contenía unas placas inscritas con un mensaje. Así, un hipotético encuentro extraterrestre con la sonda daría una idea aproximada del tipo de seres que enviaban la nave y, vista la naturaleza del mensaje, de su calaña.

Las placas fueron diseñadas por Carl Sagan y Frank Drake, y dibujadas por Lisa Salzman Sagan. Mostraban un esquema que permitía situar a la Tierra en el universo –más o menos– y la representación de dos figuras humanas: una masculina y otra femenina.

A la masculina le cuelga un escroto y un pene. Todo en orden. Bueno, ya me entiendes. Sin embargo, cuando un marciano venga a la Tierra a ver un Madrid-Barça o un concierto de C. Tangana y se encuentre, por el motivo que sea, a una mujer desnuda ante sí, comprobará con estupor que «¡esto no es lo que prometía el catálogo que recibimos en la Pioneer!».

Ahí donde debería existir una representación simbólica de un aparato reproductor femenino, no hay nada. Vacío. Blanco. Como en las muñecas de Famosa.

La leyenda cuenta que Carl Sagan pensó que la NASA habría rechazado un dibujo más explícito. Analicemos: Carl Sagan pensó que si dibujaba una rayica vertical o algo similar para denotar que había una vulva ahí abajo, alguien en la NASA se escandalizaría y el dibujo no formaría parte del contenido de la Pioneer.

Imagina que algún extraterrestre se encuentra luego el dibujo y pregunta indignado: «¿Pero qué mierda extremadamente explícita y ofensiva es esta que nos hace llegar esta remota civilización? ¡Aniquilemos a esos cerdos con nuestros rayos Z!». Suena lógico.

Esa aprensión histórica a la vulva femenina es el tema central del cómic sueco El fruto prohibido, escrito y dibujado por Liv Strömquist y lanzado en febrero por Reservoir Books.




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