domingo, 22 de abril de 2018

¿Comerías carne humana?

¿Cuál es el límite de lo humanamente tolerable? La respuesta es «no lo sabemos». De hecho, existe una maldición que dice «que Dios te dé todo lo que eres capaz de soportar», haciéndonos ver que la imaginación no permite atisbar los límites de nuestra adaptación al horror.

Hay quien, a las puertas del ese infinito agujero negro que nos muestra la entrada al espanto, reacciona con ironía. Así lo hizo Jonathan Swift en 1729, cuando escribió su ensayo satírico Una modesta proposición, en el que planteaba como solución a la hambruna irlandesa de la época el comer carne de niño pobre. O los hermanos Grimm, cuando en 1812 escribieron el cuento de Hänsel y Gretel, donde la bruja engordaba a los dos hermanos para que le sirvieran de alimento.

Todo ello es pura ficción. Como pura ficción eran los casos de canibalismo que relata la Biblia. Por ejemplo, el castigo a los israelitas por desobedecer a Dios, que debían comer la carne de sus propios hijos (Levítico). Incluso mucho antes, en la mitología griega, la manía de Cronos de devorar a todos sus descendientes hasta que su esposa Rea, lógicamente, tomó partido por la camada.

Pero lo cierto es que la práctica del canibalismo lleva instaurada en nuestra especie desde hace 800.000 años, cuando el Homo Antecessor decidió que la carne de sus congéneres resultaba menos complicada de conseguir que la de un mamut cabreado. Luego, para justificarlo (nos pasamos la vida justificando nuestras atrocidades) se establecieron toda clase de ritos en los que se decía que al comerte a un enemigo la fuerza de su espíritu reforzaba el tuyo. Un argumento que difícilmente serviría hoy para vender hamburguesas.

Después, durante mucho tiempo, optamos por negar tales atrocidades hasta que el famoso accidente aéreo de los Andes en 1972 nos devolvió a esta realidad: cuando el hambre aprieta no hay semejante que esté a salvo.

Pero lo más increíble de aquella tragedia fue el cinismo o la ignorancia con que se trató el tema, pues el canibalismo jamás desapareció de nuestra sociedad. Se practicó durante la primera guerra mundial y se volvió a practicar durante la segunda, entre otros lugares durante el sitio de Leningrado.

Pero especialmente horrorosa, masiva y desconocida fue la tragedia que devastó el interior ruso entre 1921 y 1922. Conocida como la hambruna de Povolzhye, dejó millones de muertos, lo que obligó a muchos campesinos, como cuenta Ivan Legchilin, a preparar la carne humana en salchichas para hacer el tema algo más soportable.

La humanidad no ha abandonado jamás el canibalismo. Lo ocultamos de forma vergonzosa hasta que la siguiente tragedia de dimensiones apocalípticas lo hace reaparecer. Mientras tanto, nos limitamos a horrorizarnos ante algunas escenas de ficción, como cuando el Dr. Hannibal Lecter se prepara unos riñones en El silencio de los corderos, calificando la película como una obra de arte. Y con ello, sin darnos cuenta, hacemos buenos los versos de Rilke en las Elegías de Duino:
Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos.




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