domingo, 22 de abril de 2018

Tener buena memoria te hará inmortal

En la antigua Grecia, la pérdida de memoria se relacionaba con la muerte. Y al revés: una buena memoria era un don que podía llevarte a la inmortalidad, pues recordar todo el pasado implicaba seguir en él.

Por eso no es de extrañar que en aquellos tiempos la memoria fuera considerada una divinidad, de nombre Mnemosyne, responsable de dar a luz a las nueve musas, esas fantásticas diosas encargadas de echarnos una mano cuando se trata de inspirarnos.

Platón, que las aprovechaba todas, se sirvió de aquella leyenda para darle consistencia a su sistema filosófico estableciendo, desde entonces hasta nuestros días, que aprender es equivalente a recordar.

Aunque, para ser justos, hay que decir que la culpa no fue solo de Platón. Al otro lado del planeta, en la mitología india, y más concretamente en el Dîghanikaya, se dice que los dioses caen del cielo cuando «les falla la memoria y su memoria se embrolla».

Ante tanta presión para ejercitar la memoria no es de extrañar que cuando en Grecia, por ejemplo, se propagó la escritura, muchos maestros advirtieron que esa maligna herramienta iba a facilitarle en exceso las cosas a los alumnos, pues no tendrían necesidad de recordar lo que ya estaba escrito.

Una queja esta que reapareció muchos siglos después, con la invención de la imprenta. Entonces fueron otros gurús los que señalaron que, con la proliferación de los libros, la gente perdería todas sus capacidades memorísticas.

Esta obsesión histórica de sobrevalorar la memoria es la que le ha hecho la vida imposible a generaciones y generaciones de estudiantes. Una obsesión que ha permanecido incólume casi hasta ahora mismo.

No hace tantas décadas que en los colegios de nuestro país el profesor de Ciencias Naturales exigía a niños de doce años aprenderse de memoria los períodos de la tierra (Cámbrico, Ordovicio, Silúrico, Devónico, Carbonífero, Pérmico, Triácico, Jurásico, Cretácico…) o la clasificación de los insectos (Ortópteros, dípteros, coleópteros, lepidópteros, himenópteros…) sin que ninguna de esas endemoniadas palabras significaran nada para ellos.

Pero, sin duda, el recitar tales listados era un alarde de retentiva que se veía recompensado en el examen final con una buena nota.

Todo este dislate comenzó a resquebrajarse con la labor de una vanguardia de profesores que comprendieron que es la capacidad de establecer conexiones mentales y no la memoria la que nos prepara mejor para el conocimiento y la comprensión de la realidad.

Pero el golpe de gracia definitivo a aquella milenaria exaltación de la memoria se la está dando, como todos sabemos, el smartphone y los buscadores. Los adolescentes de hoy ya han interiorizado estas herramientas como una parte indivisible de ellos mismos.

Estamos asistiendo al final de Funes, el memorioso, el personaje que, como escribía Borges en ese cuento, «había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos».

La memoria se está olvidando de nosotros y nosotros de ella. Un divorcio que con el tiempo alterará incluso la estructura de nuestro cerebro. Pero para cuando eso suceda todo estará guardado en esta otra memoria digital que, al permanecer incólume, nos hará inmortales.





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