domingo, 20 de mayo de 2018

10 crímenes reales magistralmente resueltos como en las series de TV

De la chistera de los detectives televisivos han salido cientos de trucos increíbles para truncar los planes de los criminales. Deducciones asombrosas sobre el tirador que efectuó un disparo en base a la trayectoria de la bala, alucinantes muestras de ADN sacadas del objeto menos previsible, pistas que aparecen en aquel lugar de la escena de un crimen que a nadie se le hubiera ocurrido revisar…


El repertorio de los agentes de CSI y el resto de series policíacas parece inagotable, pero lo cierto es que los guionistas lo tienen más fácil de lo que parece para dar con las historias más rocambolescas. Solo tienen que fijarse en la realidad, esa que a menudo supera a la ficción, para encontrar casos resueltos con una foto de WhatsApp, un puñado de purpurina o la barriga de un mosquito atiborrado de sangre. Estos son algunos de los crímenes resueltos en la vida real que podrían servir de inspiración para las aventuras de Grissom y compañía:

Los bichos del parabrisas

Parecía la coartada perfecta. Vincent Brothers viajó de California a Ohio para visitar a su hermano, pero al llegar alquiló un coche, dio la vuelta, asesinó a su mujer, hijos y suegra, preparó la casa para que luciera como un robo y regresó a su supuesto destino creyéndose a salvo. La Policía sospechó de él enseguida, pero no pudo detenerlo: estaba fuera cuando sucedió la tragedia y su billete de avión (de ida) lo demostraba.

El cuentakilómetros del vehículo alquilado resultaba sospechoso, pero no era concluyente. La respuesta se encontraba, sin embargo, en el parabrisas. Como sucede cuando se hace un viaje largo, estaba lleno de bichos, así que encargaron a un experto entomólogo que lo inspeccionara. Y halló una especie de insecto que solo habita al Oeste de los Estados Unidos, situando al pérfido Brothers más cerca de la escena del crimen que de casa de su hermano.

El árbol herido

Cuando encontraron el cadáver de una madre soltera en 1992, los policías de Arizona no tenían nada a lo que aferrarse para resolver el delito: ni pelo, ni saliva… Ni rastro de ADN. La única pista que podían seguir era un busca que pertenecía al camionero Mark Bogan, que decía haber recogido a la víctima cuando estaba haciendo autostop. Según su testimonio, habían ligado y ella trató de robarle el busca y la cartera cuando estaban en el asiento trasero de su vehículo, pero solo pudo huir con lo primero.

Sonaba poco convincente, pero nada situaba a Bogan en la escena del crimen. Lo que sí había en el lugar de los hechos era un buen montón de árboles, y uno de ellos tenía un arañazo. Uno de los investigadores recordó que era del mismo tipo que unos restos hallados en el camión, pero con eso no podía hacer nada. Por suerte, un genetista fue capaz de demostrar que el ADN de las semillas encontradas en el vehículo era exactamente las mismas que las del árbol que tenía el rasguño. Al final sí que había ADN, solo que no era tan evidente.

La purpurina inconfundible

Seguramente te parece que ese polvo brillante que se relaciona con las fiestas de disfraces es siempre más o menos el mismo. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que un solo pedacito de este llamativo adorno fue suficiente para resolver un delito de abuso sexual en Alemania. Tras encontrar purpurina en la ropa de uno de los sospechosos, las autoridades pudieron demostrar que se trataba exactamente de la misma que decoraba el vestido de la víctima. Y no ha sido la única ocasión: otros cuantos casos (reales) se han resuelto gracias a estas inconfundibles brillantinas.


El mosquito soplón

El héroe que dio caza a un criminal que abandonó el coche robado en el arcén de una carretera en Finlandia no fue de carne y hueso. Cuando hallaron el vehículo y parecía no haber indicio alguno, un diminuto mosquito apareció dentro. El análisis del ADN del insecto, que se había atiborrado de sangre, reveló la identidad de un individuo ya fichado que tenía todas las papeletas de ser el delincuente. Según la Policía de aquel país, era “la primera vez” que se usaba un insecto “para resolver un crimen”.

La huella en una foto de WhatsApp

La Policía de Gales del Sur (Reino Unido) pudo relacionar a un sospechoso de narcotráfico con sus delitos gracias a una foto de WhatsApp guardada en su móvil. La imagen, en la que se veía una mano abierta sosteniendo un puñado de pastillas estupefacientes, era insuficiente como para buscar coincidencias de la huella dactilar en la base de datos de las autoridades, pero sí daba como para compararla con la huella del detenido. Y así le pillaron, lo que demuestra no solo lo mucho que la tecnología ayuda en la lucha contra el crimen, sino también lo factible que es extraer datos biométricos de una simple foto tomada con el móvil.

El viejo truco del ‘zoom’

Si hay una escena que estamos cansados de ver en las películas y series policiacas es la del agente pidiendo a los técnicos que amplíen cierta parte de una imagen en busca de una matrícula, un reflejo en la ventana o la fecha de un periódico que se ve en el quiosco para determinar el día de los hechos. Parece poco realista, pero lo cierto es que también sucede fuera de la ficción. En 2012, la Policía danesa cazó a un pedófilo gracias a un par de detalles en las fotos de sus atrocidades: un bote de medicamentos con su apellido escrito, primero, y las huellas dactilares de su mano, después. Gracias al viejo ‘zoom’ y a la pericia de las fuerzas del orden, el criminal fue sentenciado a 110 años de prisión.

El tatuaje delator

Serio candidato al premio al criminal más descuidado de la historia, Anthony García, miembro de la banda criminal ‘Rivera-13’, fue descubierto cuando unos agentes estaban revisando un puñado de fotos de tatuajes de mafiosos. Cuál sería la sorpresa de los policías cuando se toparon con un dibujo en el pecho de este genio que era el relato pormenorizado (con un nivel de detalle que era imposible conocer si no había estado allí) de un tiroteo que acabó con el asesinato de un componente de la banda rival. Fue un crimen sin resolver durante cuatro largos años, hasta que un buen día el ego de García le costó la libertad.

El sicario del disfraz

Cuando un ama de casa de mediana edad de Phoenix quiso acabar con la vida de su marido en 1990, decidió dejar el homicidio en manos de profesionales. Por aquel entonces no había internet oscura ni Wallapop, así que hallar un buen sicario que se hiciera cargo del trabajo no era fácil. Lo único que se le ocurrió fue buscar en las Páginas Amarillas. Encontró una empresa prometedora que se llamaba ‘Gunsmoke, Guns for Hire’ (‘Humo de pistola, Asesinos a Sueldo’), así que llamó varias veces durante los días sucesivos con la intención de contratar a un asesino. Al aparato, el dueño de una empresa de ocio especializada en fiestas temáticas, que ya tenía experiencia con las bromas telefónicas. Aunque de primeras lo dejó correr, tanta insistencia acabó por alarmarle y dio el aviso a las autoridades, que se hicieron pasar por el sicario y tendieron una trampa a la viuda negra en potencia.

El robo de película

Puede que hayas visto la película ‘The Town (Ciudad de ladrones)’, en la que Ben Affleck y Jeremy Renner hacen de ladrones que se disfrazan de policías para robar un banco. En la cinta, los atracadores se aseguran la cooperación de los rehenes dándoles las señas de sus casas y amenazando con hacer daño a su familia. En la vida real, un trío de lumbreras trataron de emular el crimen. Lo tenían todo: máscaras de goma para ocultar su identidad, lejía para cubrir sus huellas y no dejar rastro de ADN… Solo se les olvidó un detalle. Uno de ellos se dejó tirada la foto de la vivienda de una de las trabajadoras que había usado para amendrentarla. La Policía pudo averiguar en qué reprografía había sido impresa y desbarató, así, lo que por un momento pareció un crimen perfecto.

El culo inquieto

El dudoso honor de ser los delincuentes menos espabilados de cuantos han sido cazados de formas que parecen propias de CSI es para Nathan Teklemariam y Carson Rinehart, dos tontos muy tontos que trataron de robar un coche en 2013. Mientras se estaban colando en el vehículo, el móvil de uno de ellos, guardado en el bolsillo trasero de su pantalón, marcó el teléfono de emergencias. Literalmente, había llamado a la Policía con el culo. La persona que descolgó el teléfono escuchó durante unos instantes la conversación, pensando que podía haber alguien en apuros. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió que la llamada procedía de los propios maleantes, que se quedaron estupefactos al saber que ellos mismos se habían delatado.




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