domingo, 13 de mayo de 2018

El fenómeno de la "cumbia rebajada" (cuando un error tiene éxito)

Había una vez en un lugar muy lejano (ni tanto)había un grupo de colombianos. Eran los años 60 y la ciudad de Monterrey, en México, parecía estar desierta: todo el mundo estaba celebrando las Navidades. Nuestro pequeño grupo de colombianos deambulaba por las desoladas calles hasta que unos lugareños les invitaron a pasar las fiestas en su casa. Ellos aceptaron y unas horas más tarde se presentaron, no con un postre o un vino, sino con unos cuantos discos de cumbia bajo el brazo. Cuenta la leyenda que esos discos nunca salieron de Monterrey, que fueron circulando por toda la ciudad, pasando de mano en mano, de fiesta en fiesta. Y así, la cumbia se convirtió en una música popular en esta zona de México.

Puede que esta anécdota tenga más de fábula que de realidad, pero es una de las muchas teorías que explican un fenómeno difícilmente explicable: el éxito de un estilo netamente colombiano en la ciudad norteña de Monterrey. Darío Blanco, antropólogo, sociólogo y autor de la tesis La cumbia como matriz sonora de Latinoamérica, tiene una explicación menos romántica.

«La música caribeña colombiana es interpelada por los grupos populares latinoamericanos y genera dinámicas identitarias y contestatarias muy similares en todos lados», explica. «En general, sus bailadores y escuchas son los mismos: los grandes grupos de migrantes que dejan el campo para instalarse en las ciudades hacia la mitad del siglo XX, gente que se establece en las periferias bajo condiciones de pobreza y marginación».

Este fenómeno casa perfectamente con lo vivido en Monterrey, con el barrio obrero de La Independencia como cuna de este estilo, pero no consigue explicar cómo la apropiación de estos ritmos ha dado como resultado uno de los estilos más peculiares de toda Sudamérica.



La cumbia rebajada no se baila en conciertos ni se graba en estudios, es un estilo que solo se puede escuchar en un tocadiscos o un casete. «Son canciones reproducidas con menos revoluciones de las normales, de esta manera se escucha la música más lenta, como si a una grabadora se le estuvieran acabando las pilas», explica Blanco. Los ritmos siguen siendo tropicales y alegres pero más lentos, más narcóticos, casi como una cumbia escuchada bajo el agua.

«Esta variación regiomontana posee gran aceptación entre los seguidores del género ya que argumentan que de esta manera se disfruta más la música, entiende con mayor facilidad la letra y se amainan los rápidos ritmos caribeños», explica Blanco. Al preguntarle por el origen de este peculiar género, el sociólogo responde con un nombre propio: Gabriel Dueñez.

Peina canas pero raramente se le ven, pues suele ir tocado con un sombrero mexicano que en otra persona parecería un cliché. En Monterrey lo conocen como Sonidero Dueñez, la profesión sustituyendo a su nombre de pila. «Un sonidero sería como un DJ del pueblo», explica, «con la diferencia de que nosotros solo tocamos música colombiana». Sobre el incidente que dio lugar al nacimiento de un nuevo género, Dueñez recuerda un día concreto en una fiesta. «De tanto tocar, de cinco a seis horas, el equipo se calentó provocando que diera menos revoluciones al disco, y así llegó el tono rebajado. Ya después trate de reparar la tornamesa y, pues no pude, mejor así la dejé».

A la gente pareció gustarle, así que Dueñez empezó a grabar casetes y recopilatorios con este particular ritmo submarino, las voces arrastradas, los acordeones escupiendo notas graves como trombones. Otros sonideros se sumaron a la moda y los cumpleaños, las quinceañeras y las fiestas callejeras empezaron a moverse a un ritmo más pausado.

«Nosotros los sonideros fuimos la principal causa de expansión de este género», explica Dueñez mientras repasa la importancia de la cumbia rebajada en su ciudad. «Hay muchos jovencitos que se identifican con esta música, estudiantes, adultos, señoras, muchachos que andan en pandillas que se les llama cholombianitos… En general, a estos últimos les gusta mucho la cumbia rebajada».


Fue este grupo, el de los cholombianos, el que dió un nuevo impulso, en los primeros compases del siglo XXI, a la cumbia rebajada. Esta tribu urbana del norte de México combinaba el estilo de los cholos chicanos de California, la cumbia colombiana y sus propios códigos. Tenían un estilo inconfundible. Llevaban unas patillas que iban engordando a base de gomina, y que perdían toda la propiedad de su nombre hasta convertirse en gruesos manojos capilares que caían, pesados como filetes, a los lados de la cara. Vestían ropas anchas, influencia quizá del movimiento hip hop de sus vecinos del norte. Pero en lugar de lucir marcas deportivas, en sus prendas destacaban imágenes de la virgen. Lucían escapularios sobre sus camisas, gorras de béisbol sobre sus estrafalarios peinados. Sí. Tenían un estilo inconfundible. Y convirtieron la cumbia rebajada en su seña de identidad.

La cumbia se asociaba con las clases menos pudientes y dentro de estas, los cholombianos eran los últimos de la fila. Fueron durante un tiempo uno de los sectores más marginados de Monterrey. Hasta que desaparecieron. Kombo Kolombia, un grupo musical muy representativo del movimiento cholombiano, fue asesinado por los Zetas, acusados de tocar en fiestas de un grupo mafioso rival. El suceso, acaecido en 2013, agudizó el estigma social que por años había perseguido a los cholombianos. Se empezó a entender esta estética como una amenaza social y el grupo se fue difuminando.

Sin embargo, la cumbia rebajada les sobrevivió. «La música no desaparece con el desvanecimiento o movimiento de su contexto original», explica Blanco. «Lo social es dúctil, en constante cambio y movimiento».

Celso Piña va más allá y asegura que el grupo sigue vivo. «Esta tribu o subcultura sigue latente y creciendo. Tienen sus códigos muy arraigados y los siguen religiosamente sobre todo en las tocadas y bailes», asegura. Y si lo dice alguien apodado El rebelde del acordeón habrá que darle la razón. Con 27 discos publicados, este acordeonista regiomontano está considerado como una de las máximas autoridades de la cumbia. En una de las anécdotas más recordadas de su carrera, se le recuerda como el hombre que hizo bailar a Gabriel García Márquez.

Piña se crió en el barrio de La Independencia. Fue de los primeros mexicanos en descubrir el potencial de la cumbia, y de los primeros en entenderla como una materia prima de la que se podían derivar muchos otros ritmos. Empezó tocando cumbia pura, «claro que con un toque regio de Monterrey», matiza. Fue después, a principios del siglo XXI, cuando empezó a fusionarla con otras músicas del mundo. Desde entonces ha sido el mejor embajador de este género, con giras por todo el mundo y colaboraciones con todo tipo de artistas, de Elefantes a Julieta Venegas o Carlos Vives.

El mayor representante de la cumbia actual creció adorando el rock. Fueron los sonideros los que, a través de fiestas y reuniones, le introdujeron en los ritmos colombianos. Piña atribuye solo a ellos el éxito de este género, quitando importancia a nuevos grupos que intentan tocar este género. «No suena igual», opina, «la cumbia rebajada viene de una cumbia normal que se baja de tempo y pitch para lograr el sonido rebajado. No se tiene una fórmula para rebajar el disco más que la del oído hasta que suena chido. La técnica es lo que hace sonar distinto y no creo que se pueda igualar».

Más allá de las modas, de las tribus urbanas y de su origen, Piña lanza una última advertencia: «La cumbia normal y rebajada ahora se empieza a escuchar en discotecas de todo el mundo. Habrá que ver hasta dónde llega y cómo evoluciona».







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