domingo, 13 de mayo de 2018

Redes sociales las máquinas de "verdades alternativas" (o fábricas de mentiras)

Desde la invención de la imprenta hasta la eclosión de las redes sociales, los medios de comunicación de masas han sufrido numerosas transformaciones. Y cada una de ellas ha supuesto la hegemonía de alguno de esos medios en particular. Con sus características tecnológicas, sus capacidades comunicativas y su peculiar forma de mentir.

Porque todos ellos han mentido en el pasado y mienten en el presente. Pero cada uno lo ha hecho con su propio estilo. La prensa, en sus comienzos, mintió sobre todo por omisión. Lo que no interesaba que se supiera no se decía y punto.

La radio, de verbo más meloso, incorporó la mentira manipulada. Es decir, se sirvió de la música, los efectos y la voz para acrecentar la credibilidad de la mentira. Todos conocemos el famoso programa de Orson Welles La guerra de los mundos en el que consiguió convencer a la mitad de los estadounidenses de que estaban sufriendo un ataque alienígena.

Y llegó la televisión. Su nivel de penetración y su capacidad audiovisual la convirtieron en la herramienta perfecta para una nueva clase de mentira: la mentira emocional. Probablemente nadie fue capaz de contar el salto cualitativo que supuso esta nueva tecnología como Joe McGinniss en su famoso libro Cómo se vende un presidente.

Pero esa tecnología tenía un problema. La fuerza de la imagen era tan incontrovertible que podía usarse también para desmontar la mentira emocional. Por eso, cuando las imágenes de la guerra de Vietnam ya no podían ocultarse (como en la prensa) ni manipularse (como en la radio), la televisión tuvo que usar una nueva estrategia: abrumar con millones de imágenes de las atrocidades bélicas hasta conseguir que estas perdieran todo interés informativo y toda carga emocional.

Las cosas cambiaron de nuevo con la implantación de las redes sociales. Sin duda, este soporte informativo está siendo el más poderoso, pero también el más inmanejable dada la masificación de las fuentes de información. De ahí que su forma de mentir haya precisado de una nueva estrategia mucho más sofisticada: la posverdad.

La posverdad no pretende ocultar la noticia ni manipularla ni descafeinarla. Lo que busca es desvirtuarla a base de publicar un sinfín de verdades alternativas que consigan que resulte imposible identificar cuál es la auténtica. Funciona como los sistemas de contramedidas de los cazas militares, donde los misiles son incapaces de detectar la verdadera posición del avión porque en el radar todos los objetos metálicos lanzados por él les desorientan.

Todo acto de mentir es dañino. Pero la posverdad es, además, invasiva. Prueba de ello es que los anteriores modos de mentir no acabaron con los medios de comunicación que les precedieron. Sin embargo, este sistema de manipulación a través de las redes sociales precisa eliminar cualquier otro medio informativo que pueda delatarles.

Por eso el ISIS asesinó recientemente a nueve periodistas en un atentado en Kabul sin importarles las consecuencias mediáticas. Y por eso también Donald Trump, el adalid de la posverdad, se ha atrevido a dar por «muerta» la cena de la asociación de corresponsales y a describirla como «vergüenza» para EEUU.

Cuando un presidente llega tan lejos (antes solo Ronald Reagan faltó a una cena con la prensa y fue porque atentaron contra su vida) es porque está seguro de contar con el arma definitiva en el ancestral arte de mentir: la posverdad, las redes sociales y el teclado de su ordenador en la Casa Blanca.





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