domingo, 3 de junio de 2018

¿Comeríamos cualquier cosa si tuviésemos hambre?

«Un segundo plato había sido colocado sobre la mesa por los criados. Esta vez era una boa constrictor hervida y humeante guarnecida con hormigas fritas. Uno de los criados practicó una incisión en la parte central del reptil de la que brotó una masa de convulsas anguilas vidas».

Esta es parte de la descripción del granguiñolesco banquete que se sirve en la película Indiana Jones y el templo maldito, extraído de la adaptación literaria de James Kahn. El banquete se completa con escarabajos gigantes, sopas de globos oculares y otras viandas repugnantes.

¿Seríamos capaces de comer algo así si verdaderamente tuviéramos hambre? ¿Es cierto el mantra de algunos padres de que «ya comerá cuando tenga hambre»? ¿Podríamos llegar a morir de inanición antes de probar según qué alimento tabú?

El hambre
Decían que Rambo era capaz de comer cosas que harían vomitar a una cabra. En algunos relatos de supervivencia, las personas han debido comerse a otras personas. Sin embargo, alrededor de la necesidad de saciar el hambre hay muchos mitos. Por muchos borborigmos que emita nuestro estómago, al parecer, preferimos morir antes que comer determinadas cosas.

Lo que sabemos, según los estudios disponibles al respecto, es que tener hambre te permite ser un poco más flexible con los alimentos disponibles. Dicho de otro modo, la comida asquerosa puede resultar ligeramente más apetecible si llevamos muchas horas sin probar bocado.

Es lo que determinó un estudio de 2009 publicado en la revista Emotion cuando se privó de comida a un grupo de voluntarios durante quince horas. Al mostrar imágenes de comida poco apetitosa, como pulpa de espinaca, las personas más hambrientas presentaron menos actividad en el músculo elevador de la boca que indica asco. Y también ocurrió que al mostrar imágenes de comida muy apetitosa, como una pizza, entonces los sujetos más hambrientos mostraban mayor actividad en el músculo cigomático, que sirve para sonreír.

Pero ni toda el hambre del mundo puede transgredir todos los límites. La mayor parte de las personas del mundo desarrollado serían incapaces de comer globos oculares o perro aunque tuvieran mucha hambre.

De acuerdo, quienes vivimos en el Primer Mundo quizá nos hemos vuelto demasiado delicados. Un niño de un país en vías de desarrollo que sufre desnutrición sí que sería capaz de comer cualquier cosa, ¿verdad? Pues tampoco.


Plumpy’Nut


Hay una pasta a base de cacahuete llamada Plumpy’Nut, una especie de mantequilla de cacahuete superconcetrada, que ha resultado ser una alimento milagroso para proporcionar nutrientes a los niños de África. Fue concebida por André Briend, un nutricionista francés especializado en pediatría.

Al no requerir agua para su confección (como sí sucede con los preparados de leche en polvo), esta masa que se presenta en pequeños envases de aluminio se puede vaciar directamente en la boca. Esto es muy importante, porque el agua que suele usarse en estos países suele estar contaminada. Plumpy´Nut, sin embargo, ofrece nutrientes evitando el riesgo de hospitalización por consumo de agua insalubre.

Básicamente, este milagro para evitar la desnutrición es una pasta con base de cacahuete que contiene azúcar, grasa vegetal y leche desnatada enriquecida con vitaminas y minerales. También es rico en zinc y proteínas, lo que evita que los niños contraigan enfermedades fortaleciendo su sistema inmunológico. Una ración tiene 500 kilocalorías en 92 gramos. Resiste temperaturas extremas sin estropearse y tarda dos años en caducar.

Plumpy’Nut es uno de los ejemplos de los llamados alimentos terapéuticos listos para consumir (RUTF). Los RUTF de cacahuete se han convertido desde hace años en la principal forma de tratar la desnutrición infantil aguda en todo el mundo. Sin embargo, si bien los niños africanos aprecian el sabor a frutos secos y la textura pegajosa, no ocurre lo mismo entre los niños de Bangladesh.

Aquí el hambre infantil es tan insidiosa que el 46 % de los menores de cinco años sufren raquitismo. A pesar de todo, la pasta de cacahuete se considera que tiene una textura repugnante y un sabor extraño. Las madres odian el olor a cacahuete. El color marrón oscuro les recuerda también a los excrementos. Ante lo cual, no solo muchas madres rechazaban el alimento o prefierían usar otros menos nutritivos, sino que, de aceptarlo, debían forzar a sus hijos para que se lo comieran.

De los niños hambrientos que finalmente consumían el RUTF con base de cacahuete, un 37 % vomitó de asco.

Debido a esta reacción cultural, han tenido lugar diversos experimentos con alimentos terapéuticos basados en ingredientes locales como las semillas de sésamo o los garbanzos. Porque en un porcentaje importante, tanto los niños como sus madres prefieren perpetuar la desnutrición a alimentarse de algo que les parece repugnante. Tal y como abunda en ello la experta Bee Wilson en su libro El primer bocado: En la mayoría de situaciones en que aparecen alimentos inusuales, es fácil que el asco supere al hambre. Es falso que haya un estado de hambre absoluta en que los niños comerían cualquier cosa. Entre los niños más hambrientos del planeta, el hambre sigue siendo concreta y no abstracta. No la puede satisfacer cualquier cosa.

El hambre, pues, no es un mecanismo primario, sino un impulso complejo entreverado de cultura. No es sencillo calcular su agudeza, ni por nosotros mismos ni por experimentos hormonales. Y aliviarla no es como poner gasolina en un coche.

En conclusión, pues, no todos estamos preparados para ingerir calorías sin más a fin de evitar la muerte. Preferimos morir de hambre a que esas calorías provengan de lo que consideramos asqueroso, inaceptable o tabú, como el canibalismo. Cuando rechazamos un alimento no siempre hay detrás un remilgo burgués. Deberíamos tenerlo en cuenta la próxima vez que le digamos a un niño «si realmente tuvieras hambre…» ante el rechazo de un alimento.




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