domingo, 10 de junio de 2018

El miedo a ser enterrado vivo

El terror a no estar realmente muertos ha acompañado a los seres humanos desde hace siglos.

Pero hoy nadie tiene por qué temer que lo entierren vivo. La medicina y las prácticas de entierro han progresado demasiado como para que eso suceda.

Edgar Allan Poe, Hans Christian Andersen o Fedor Dostoievski tampoco estaban exentos de ese temor.

Entre los siglos XVII y XIX llegó a registrarse una verdadera ola de histeria, ya que al realizar exhumaciones se habían hallado cadáveres con arañazos, y algunos tenían las uñas y el cabello más largos que el día del entierro.

Como los médicos aún no conocían el estado de coma, solían divulgarse crónicas de personas aparentemente muertas que resucitaban. Muy pronto comenzaron a circular historias espeluznantes.

A los difuntos les ponían un espejo delante de la nariz y la boca para ver si los empañaban con su aliento y comprobar que estuviesen realmente muertos.

En algunas partes de Austria, hasta entrado el siglo XX se practicó el ‘pinchazo al corazón’ para impedir que el muerto volviera a la vida.

Algunas personas disponían que al enterrarlas les colocaran hilos en los dedos de los pies y de las manos que se conectaban a una campana de alarma en la superficie.

Prestar atención a los signos de la muerte
El médico berlinés Christoph Wilhelm Hufeland (1762-1836) intentó acabar con el pánico. Propuso que no se enterrara a los muertos precipitadamente y que se buscaran todos los rasgos de un deceso. Bajo su conducción, en 1792 se creó en Weimar la primera morgue.

Hoy en día, un médico debe examinar exhaustivamente el cadáver antes de expedir el acta de defunción. Sin embargo, sigue habiendo casos de diagnósticos errados.

En mayo de 2009 un médico alemán dio por muerta a una anciana de 89 años, pero el sepulturero se dio cuenta una hora más tarde que la mujer aún vivía. Cuatro días después murió de verdad.





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