sábado, 16 de junio de 2018

El misterio de los niños refugiados que entran en coma cuando son expulsados de Suecia

Sucede solo en Suecia y nadie sabe exactamente por qué. Cientos de niños caen en un estado de coma a partir del momento en que sus familias son informadas de que no se les concede el derecho de asilo y deben regresar a sus países. El primer caso se registró en 1998, desde entonces ha ido en aumento y solo entre 2015 y 2016, la Junta Nacional de Salud de Suecia declaró diagnosticadas 169 de estas patologías.


El sistema sanitario sueco ha denominado el fenómeno “histeria epidémica” o “Síndrome de Resignación”. También hay un grupo de investigadores que utiliza la expresión “Síndrome de Blancanieves”. 

Uno de esos psiquiatras, el doctor Karl Sallin, pediatra del Hospital Infantil Astrid Lindgren, que es parte del Hospital de la Universidad Karolinska en Estocolmo, lo explica diciento que estos chicos, casi todos adolescentes, “han estado viviendo historias durísimas, pero protegidos por su psicología infantil, esa maravillosa imaginación de los niños que les permite vivir un poco en sus juegos, fuera de la realidad, pero que al llegar a la adolescencia y tomar realmente conciencia de cuál es su situación y la de su familia, colapsan. Y ese colapso suele coincidir con la grave crisis que se desencadena en las familias en el momento en que son informadas de que se les deniega el derecho de asilo y que van a ser expulsadas de Suecia”

El doctor Sallin utiliza para explicarlo el cuento de Blancanieves, esa princesa que pierde todo lo que era su vida y que al morder esa última manzana envenenada cae en un profundo sueño. En el cuento hay un príncipe azul que la despierta, en Suecia solo algunos han despertado e incluso se dan casos de reincidencia, de recuperación durante unas semanas y después vuelven al letargo.

Es un proceso. Los niños de entrada no padecen ningún problema físico ni neurológico, pero en cuestión de semanas pierden las ganas, se vuelven más apáticos, retraídos, pasivos, incontinentes, tiene que llevar pañal, luego ya inmóviles, mudos, incapaces de comer y beber, y finalmente no despiertan. Reaccionan solo levemente ante los estímulos físicos o el dolor. Sus constantes vitales se mantienen muy leves aunque varían por ejemplo si hay mucha gente en la habitación… pero no se sabe si escuchan lo que se les dice.

Todos los enfermos tienen entre 7 y 19 años de edad, ¿por qué no sufren este síndrome los adultos? Göran Bodegård, director de la unidad psiquiátrica para niños del Hospital universitario Karolinska, la ha analizado desde el punto de vista de la teoría del estrés y cree que los adultos, precisamente por el instinto de proteger a los niños, la responsabilidad de sacar a sus hijos adelante les da fuerza suficiente para no sucumbir, mientras que a edades más tempranas, en las que no se siente esa responsabilidad, en el cerebro prevalece un instinto de protección que pone el cuerpo en letargo, a la espera de que de alguna forma pase el horror. Otra de las conclusiones del estudio de Bodegard es que estos niños internalizan o somatizan los patrones de conducta que se están dando en Suecia. Es decir, que cuanto más han odio hablar del síndrome más propensos parecen a sufrirlo y esto entraña un peligro de efecto dominó que las autoridades suecas no saben cómo enfrentar. El dilema moral al que se enfrenta el sistema sanitario sueco es que, si no se les diera un tratamiento (alimentación por sonda, medicamentos) morirían; pero han comprobado que el hecho de atenderlos y mantenerlos con vida da pie a que aparezcan nuevos casos.

La junta sueca de salud y bienestar ha publicado una guía de 63 páginas para tratar el síndrome en los centros sanitarios locales en la que se aconseja como el tratamiento más efectivo: otorgar permisos de residencia permanente a las familias. A partir de 2017, cuando se empiezaron a publicar noticias sobre estos casos, la enfermedad ha movilizado a gran parte de la población sueca en manifestaciones de protesta porque, pese al creciente número de niños enfermos, las deportaciones seguían llevándose a cabo. Cinco de los siete partidos políticos más importantes del país han pedido amnistía para las víctimas y más de 60.000 ciudadanos suecos han firmado una petición para detener la deportación de los niños enfermos y por tanto sus familias, de manera que el Parlamento sueco se ha visto forzado a permitir que se revise la solicitud de estancia de 30.000 familias.

Es cierto que ha habido casos puntuales de fraude en que adolescentes fingían el síndrome con la esperanza de que se permitiese a sus familias permanecer en Suecia, pero son los menos. Hay que tener en cuenta que se trata de niños que permanecen en coma durante periodos de varios años y fingir tanto tiempo es prácticamente imposible. También ha habido muchos rumores sobre que los padres les dan algún tipo de droga, química, para que caigan en coma, pero igualmente esta hipótesis ha sido descartada por falta de pruebas después de tener a niños en coma monitorizados durante años. Hoy hay un gran consenso sobre la idea de que esta enfermedad demuestra que el trauma de la pérdida, de la exclusión y el hostigamiento social es mucho más feroz en los niños de lo que lo que teóricos y psicoanalistas pudieron nunca prever.






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